Monográfico
TSN nº 15, 2023. ISSN: 2530-8521
EL EXILIO EN EL REINO UNIDO: IDEAS SOBRE ESPAÑA Y EUROPA DE ARTURO BAREA, JOSÉ CASTILLEJO, ALBERTO JIMÉNEZ FRAUD Y SALVADOR DE MADARIAGA (1936-1951)
Exile in the United Kingdom: Arturo Barea, José Castillejo, Alberto Jiménez Fraud and Salvador de Madariaga, and their Ideas on Spain and Europe (1936-1951)
Stephen Roberts
Universidad de Nottingham (Reino Unido)

RESUMEN

El exilio en el Reino Unido sigue siendo relativamente desconocido en contraste con el de Francia, México o Argentina, y sin embargo un importante número de figuras destacadas de la vida política, cultural e intelectual española acabaría refugiándose en las islas británicas. Este artículo se centrará, primeramente, en la identificación de estas figuras y de las razones por las cuales eligieron el Reino Unido como destino y, en segundo lugar, se realizará un breve análisis de la evolución a lo largo de la primera etapa de exilio (1936/1939-1951) de las ideas sobre España y Europa de cuatro figuras clave: Arturo Barea, José Castillejo, Alberto Jiménez Fraud y Salvador de Madariaga.

Palabras clave: Exilio, Inglaterra, España, Europa, Barea, Castillejo, Jiménez Fraud, Madariaga

ABSTRACT

Despite the fact that there is relatively little written on the Spanish exiles from the Civil War who went to the United Kingdom, especially when compared with those who went to France, Mexico or Argentina, a large number of leading political, cultural and intellectual figures did in fact end up taking refuge there. This article will, first of all, identify these figures and the reasons for their choosing the United Kingdom as their place of exile, and, secondly, it will offer a brief analysis of the evolution of the ideas on Spain and Europe found in the work of four key figures (Arturo Barea, José Castillejo, Alberto Jiménez Fraud and Salvador de Madariaga) over the first stage of their exile (1936/1939-1951).

Keywords: Exile, England, Spain, Europe, Barea, Castillejo, Jiménez Fraud, Madariaga
• Contenido •

Entre los países de acogida de exiliados de la guerra civil española, el caso del Reino Unido sigue siendo relativamente desconocido en contraste con el de Francia, México o Argentina. Existen algunos importantes estudios sobre los cuatro mil niños vascos refugiados en las islas británicas (véanse, entre otros, Legarreta, 1985; Benjamín, 2007; y Powell, 2022) y sobre la relación entre la confederación de sindicatos británicos (la Trades Union) y la guerra civil y sus exiliados (véase Buchanan, 1991), pero, no obstante, escasean las obras dedicadas a los refugiados más conocidos 1. En sendos libros de conjunto sobre el exilio español tras la guerra civil, Alicia Alted (2005, pp. 260-264) y Vicente Llorens (2006, pp. 316-320) dedican escasas páginas a los exiliados que eligieron el Reino Unido como destino. El libro de Luis Monferrer Catalán titulado Odisea en Albión. Los republicanos españoles exiliados en Gran Bretaña, 1936-1977 (2007) proporciona valiosos datos acerca de las actividades de tales exiliados y de las instituciones que fueron creando, aunque sin ofrecer un análisis detallado de sus obras ni de la evolución de su ideario a lo largo de su estancia en el país.

Una de las razones que hay detrás de esta relativa falta de atención reside en la bien fundada suposición de que el Reino Unido, o por lo menos su Gobierno, era poco amigo de la Segunda República española, y por ende de sus refugiados. Como ha demostrado Enrique Moradiellos (1996), los Gobiernos conservadores de la «pérfida Albión», encabezados en primer lugar por Stanley Baldwin (1935-1937) y seguidamente por Neville Chamberlain (1937-1940), actuaron de forma harto ambigua durante la guerra civil, e impulsaron una inflexible política de no intervención para intentar evitar otra guerra europea, política que acabaría favoreciendo a Franco y a sus aliados alemanes e italianos. No hay duda de que los tories más reaccionarios prefirieron la posibilidad de una victoria franquista a lo que interpretaban como amenaza de una revolución izquierdista, de modo que primaron los intereses económicos sobre los democráticos en el Partido Conservador de la época (como continuaría sucediendo en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial incluso bajo el Gobierno laborista de Clement Attlee; véase Sharman, 2021, pp. 140-145).

En tales circunstancias y con el control crecientemente férreo de la inmigración en el Reino Unido en los meses inmediatamente anteriores a la Segunda Guerra Mundial, no era de extrañar una escasa acogida a refugiados españoles. Aun así, a pesar de otras consideraciones como el desconocimiento del idioma, la falta de ofertas de trabajo y lo poco atractivos que eran para algunos la forma de vida y el clima británicos, está claro que un importante número de figuras destacadas de la vida política, cultural e intelectual española acabaría refugiándose en las islas. Algunos se quedaron; otros vinieron de paso para luego, después de la Segunda Guerra Mundial, seguir camino hacia otros destinos, como Suiza, México o Estados Unidos. Este artículo se centrará, primeramente, en la identificación de estas figuras y de las razones por las cuales eligieron Reino Unido como destino y, en segundo lugar, se realizará un breve análisis de las ideas sobre España y Europa de cuatro figuras clave entre estos exiliados: Arturo Barea, José Castillejo, Alberto Jiménez Fraud y Salvador de Madariaga.

Entre los refugiados pertenecientes a la clase política, es de notar la presencia en el Reino Unido de varios destacados dirigentes republicanos que llegaron poco después de la victoria franquista, así como más tarde, a mediados de 1940, tras la caída de París (su primer destino) en manos de las tropas nazis. Entre los primeros se encuentran líderes del ala anticomunista del socialismo, hombres como Segismundo Casado, Wenceslao Carrillo y Luis Araquistáin, que se habían opuesto en los últimos meses de la guerra al Gobierno de Juan Negrín. Casado, que había ayudado a formar el Consejo Nacional de Defensa en marzo de 1939 con el fin de explorar la idea de una paz pactada con las fuerzas franquistas, fue el líder más visible del «golpe de Estado» contra el Gobierno socialista-comunista de Negrín, el cual precipitaría la capitulación republicana y el final de la guerra civil. Casado se refugió en Inglaterra en marzo de 1939 con el apoyo del Foreign Office, quizá como señal de apoyo a su declarado anticomunismo, y permaneció en Londres hasta su partida hacia Colombia en 1947. Wenceslao Carrillo, aliado de Francisco Largo Caballero y también miembro del Consejo Nacional de Defensa de Casado, que ocasionaría en su hijo, el futuro líder comunista Santiago Carrillo, un violento rechazo, se refugió en Londres en 1939 antes de trasladarse a Bélgica al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Luis Araquistáin, otro socialista largocaballerista que se opuso a Negrín y a los comunistas, se exilió en 1939 a Inglaterra, país donde había vivido durante la década de 1910, cuando, junto con Ramiro de Maeztu, había entrado en contacto con los socialistas reformistas de la Fabian Society. Durante su exilio inglés y hasta su traslado en 1952 a Ginebra, Araquistáin seguiría luchando activamente a favor de un socialismo anticomunista. Otro socialista, el escritor Arturo Barea, que había desempeñado un importante papel como propagandista y censor en la radio y prensa del Madrid sitiado, se refugiaría en Francia en 1938 para después, a partir de 1939, asentarse en Inglaterra para el resto de su vida, país donde escribió los tres tomos de The Forging of a Rebel (publicados en inglés entre 1941 y 1946).

Entre los dirigentes políticos que se establecieron en Inglaterra después de la caída de Francia en junio de 1940, se encuentra, de forma preeminente, Juan Negrín, el último primer ministro de la República, que a partir de esa fecha habitaría el mismo espacio geográfico que sus antiguos enemigos políticos Casado, Carrillo y Araquistáin. Durante la Segunda Guerra Mundial, Negrín intentó sin mucho éxito imponer su autoridad como jefe del Gobierno republicano en el exilio y continuaría liderando desde Londres el Servicio de Evacuación de Refugiados Españoles. En tal empresa, Negrín contó con la importante ayuda de Pablo de Azcárate, jurista y diplomático que había trabajado como secretario general adjunto en la Sociedad de las Naciones en Ginebra (1933-1936) y como embajador de la España republicana en Londres durante la guerra civil. Azcárate, que vivió en Londres desde 1940 hasta su traslado a Ginebra en 1952, colaboró con Negrín en la fundación del Instituto Español republicano, que, entre 1944 y 1950, ofreció en la capital británica una visión más liberal de la cultura española que la brindada por el régimen franquista. En Londres, Negrín y Azcárate continuaron dialogando también con los dirigentes exiliados de otros partidos e ideologías, tales como el ex primer ministro Santiago Casares Quiroga, de la Izquierda Republicana azañista (cuyo exilio inglés duró de 1940 a 1945); Manuel de Irujo, uno de los líderes del Partido Nacionalista Vasco (1940-1945); y Carles Pi i Sunyer, expresidente de Esquerra Republicana de Catalunya (1939-1952). Con la victoria de los aliados en 1945, Negrín buscaría crear una alianza entre las distintas fuerzas políticas en el exilio con el fin de hacer frente al régimen franquista y ganar el apoyo de Reino Unido, Francia y Estados Unidos, empresa que finalmente fracasó, lo que causó su expulsión, al año siguiente, del Partido Socialista. Negrín vivió el resto de su vida entre México y París, donde murió en noviembre de 1956.

En cuanto a la clase literaria y artística, el refugiado en Inglaterra de más renombre fue el poeta Luis Cernuda. Este impartió clases de español en una escuela internacional en el condado de Surrey (1938-1939), así como en las universidades de Glasgow (1939-1943) y Cambridge (1943-1947), y también vivió temporadas en Londres, donde trabajaría a partir de 1945 para el Instituto Español fundado por Negrín y Azcárate, antes de mudarse a Estados Unidos en 1947 y de allí en 1952 a México. Se ha confirmado también que Antonio Machado, al salir de España en enero de 1939, tenía planeado exiliarse en Inglaterra, desde donde había recibido, entre otras ofertas, una invitación para trabajar como lector de español en la Universidad de Cambridge 2. Esta posibilidad no llegó a realizarse por la muerte del poeta a finales de febrero del mismo año, aunque nos permite imaginar a los más destacados representantes de dos generaciones poéticas coincidiendo en el mismo lugar. Otros escritores que sí llegaron a su exilio en Inglaterra fueron Rafael Martínez Nadal (1936-2001), amigo íntimo de Lorca y guardián de su legado poético (y de ciertos manuscritos clave), y los periodistas y novelistas Manuel Chaves Nogales (1940-1944) y Esteban Salazar Chapela (1937-1965). Junto a ellos se refugiarían otras notables figuras del mundo de las artes, como los pintores Gregorio Prieto (1936?-1949) y Enrique Garrán (1939-195?) y los musicólogos y compositores Eduardo Martínez Torner (1936-1955) y Roberto Gerhard (1939-1970).

Finalmente, entre la clase académica e intelectual, encontramos a tres anglófilos que se refugiaron en Inglaterra en los primeros meses de la guerra española. Tanto José Castillejo como Alberto Jiménez Fraud, ambos discípulos de Francisco Giner de los Ríos, habían hecho viajes de investigación al Reino Unido en la primera década del siglo XX para estudiar el sistema educativo británico, experiencia que les sirvió para convertirse, en el caso de Castillejo, en secretario de la Junta para Ampliación de Estudios (1907-1936) y, en el de Jiménez Fraud, en director de la Residencia de Estudiantes en Madrid (1910-1936). Ambos vivirían en Inglaterra desde 1936 hasta el final de sus vidas (1945 y 1964, respectivamente). Por otra parte, la relación de Salvador de Madariaga con Inglaterra tuvo raíces aún más fuertes, ya que había vivido en el país durante la Primera Guerra Mundial, cuando colaboró, junto con Luis Araquistáin, con los servicios de propaganda británicos, y de nuevo durante los años 1928 a 1931, cuando regentó la Cátedra Alfonso XIII de Estudios Españoles en la Universidad de Oxford. Con la llegada de la República, Madariaga trabajó como embajador de España en Estados Unidos (1931) y en Francia (1932-1934), además de ser ministro de Instrucción Pública en el Gobierno derechista de Alejandro Lerroux (1934), y durante estos años también siguió colaborando con la Sociedad de las Naciones, donde había mantenido un puesto permanente entre 1921 y 1927. Madariaga vivió en Inglaterra desde 1936 hasta 1973, cuando se trasladó a Suiza. Junto con estas tres señeras figuras del mundo académico e intelectual español, se refugió en Inglaterra también un buen número de profesores universitarios de la talla de Lorenzo Luzuriaga (1939-1946), catedrático de Pedagogía de la Universidad de Madrid; y Luis Portillo (1939-1993), catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Salamanca, miembro destacado de la Izquierda Republicana azañista y, en 1937, viceministro de Justicia. En Londres, Portillo trabajaría como traductor y periodista, ayudando, entre otras cosas, a crear la versión más difundida del encuentro entre Unamuno y Millán Astray el 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca.

Muchas de las figuras mencionadas encontraron trabajo durante su exilio en diferentes universidades británicas: Castillejo en Liverpool, Jiménez Fraud en Oxford, Cernuda y Luzuriaga en Glasgow, y Martínez Nadal en King’s College (Londres). Mención aparte merece la Universidad de Cambridge, donde el catedrático J. B. Trend, estudioso de la cul tura y música españolas y asiduo amigo de la Residencia de Estudiantes, no solamente facilitó la entrada en Inglaterra de Jiménez Fraud y de su mujer Natalia de Cossío, sino que también ayudó a contratar, como lectores de español, a figuras como Cernuda y Salazar Chapela. En 1946, Helen Grant, destacada hispanista que había trabajado durante la Segunda Guerra Mundial en la Sección Española de la BBC, consiguió un puesto como profesora de español en Cambridge, y a partir de esa fecha Grant ampliaría sus contactos con destacadas figuras culturales españolas, tanto del exilio como del interior de España (véase Mora y Roberts, 2020).

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, algunos de los más destacados refugiados españoles comenzaron a colaborar con la labor propagandística de la BBC. El caso mejor documentado es el de Arturo Barea, que, al ser conocido en la España franquista como locutor de la radio «roja» durante la guerra civil, fue considerado por la BBC un elemento potencialmente divisivo en el ámbito español y por ello tuvo que contentarse con trabajar para la Sección Latinoamericana, en lugar de la Española (véanse Monferrer Catalán, 2007, pp. 397-435; Eaude, 2011, pp. 108-159; y Nieto McAvoy, 2011). A partir de octubre de 1940, Barea, con el seudónimo «Juan de Castilla», ofreció programas semanales para el mundo latinoamericano que pretendían contrarrestar la propaganda antianglosajona de las radios fascistas y nazis, y subrayar los valores democráticos y la tradición de tolerancia de su país anfitrión. En lugar de ofrecer frías tesis académicas, Barea prefirió hablar de las idiosincrasias de la vida británica, y ofrecía relatos basados frecuentemente en sus conversaciones con hombres y mujeres que frecuentaban su pub local. En este sentido, la detallada e íntima visión que brindaba Barea de Inglaterra se parecía a la ofrecida por George Orwell en ensayos como «The Lion and the Unicorn: Socialism and the English Genius», de 1940 (Orwell, 1984, pp. 74-134). Barea y Orwell, que también trabajó durante la guerra para la BBC, vivieron muchas experiencias similares, incluidas experiencias traumáticas durante la guerra civil española y una creciente desilusión con las tendencias cada vez más totalitarias de algunos partidos de izquierdas; sin embargo, parece ser que nunca llegaron a conocerse personalmente (a pesar de que Orwell leyó y elogió el primer volumen de The Forging of a Rebel).

El refugiado español que probablemente tuvo mayor influencia en el mundo español a través de sus programas para la BBC fue Rafael Martínez Nadal. Al igual que Barea, Martínez Nadal había sido de joven un activista socialista (miembro del ala moderada de las Juventudes Socialistas), pero sus experiencias en el Madrid de los primeros meses de la guerra civil, especialmente las sacas y «paseos», produjeron en él un rechazo visceral hacia la violencia de ambos extremos ideológicos. Según sus propias palabras, llegó a Inglaterra en octubre de 1936 «como neutral de la guerra civil y neutral me mantuve durante toda la contienda». Añadió que, al empezar la Segunda Guerra Mundial, «esta se me apareció como mi guerra» (Martínez Nadal, 1989, p. 28). Esta «neutralidad», junto con sus claros dones retóricos y comunicativos, le convirtió en el candidato idóneo para ser la voz de la BBC para España. Entre noviembre de 1940 y julio de 1944, bajo el seudónimo «Antonio Torres», Martínez Nadal escribió y presentó cientos de programas practicando un estilo que mezclaba lo coloquial y lo culto, lo serio y lo irónico (véase Martínez Nadal, 1989). Como la neutralidad española era prioritaria para el Foreign Office británico durante la guerra, a Martínez Nadal no le permitían ninguna referencia directa al régimen franquista, así que, en su lugar, disertaba sobre los regímenes nazi y fascista, y los contrastaba con el sistema y los valores democráticos del Reino Unido y los aliados. En tal empeño, Martínez Nadal empleó principalmente la parodia, el humor y la ironía, armas muy efectivas contra la tiranía y los totalitarismos que se ganaron el cariño de miles de radioyentes españoles y, a su vez, cosecharon numerosas quejas por parte de las autoridades franquistas. Martínez Nadal finalmente dimitió de su puesto de la BBC en julio de 1944 al toparse con la oposición del embajador británico en Madrid, sir Samuel Hoare, quien creía que las parodias hitlerianas y mussolinianas, con sus poco velados paralelos con la situación española, estaban dificultando su delicada relación con las autoridades franquistas. Martínez Nadal incluso vio en este episodio el nacimiento de la política de «no intervención» que caracterizaría la actitud británica frente al régimen franquista en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial y en la inmediata postguerra (Martínez Nadal, 1989, p. 185). Además de Martínez Nadal —y en ocasiones gracias a él—, muchos otros exiliados españoles, entre ellos Castillejo, Jiménez Fraud, Natalia de Cossío, Araquistáin, Casado, Carrillo, Portillo, Madariaga y el cura liberal vasco Alberto Onaindía, ofrecieron programas para la BBC e intentaban también compartir con los radioyentes de España obras y conmemoraciones españolas, tales como las nuevas composiciones del compositor Eduardo Martínez Torner o la representación de la Égloga del nacimiento de Juan del Encina, así como diversos autos sacramentales medievales y una celebración del milenario de Castilla entre finales de 1943 y principios de 1944 que incluyó presentaciones de Luis Cernuda, Pío del Río-Hortega, Enrique Moreno, Castillejo y Alberto Jiménez Fraud, entre otros.

A partir de su fundación en 1944 por Negrín y Azcárate, el Instituto Español republicano —situado en el número 58 de Prince’s Gate, en Kensington— ofreció trabajo a exiliados culturales como Luis Cernuda y Esteban Salazar Chapela y sacó un Boletín en el que, entre 1947 y 1950, un gran número de escritores y académicos exiliados pudieron publicar su trabajo. En 1946, a una milla escasa del Instituto republicano, la embajada franquista fundó su propio Instituto de España en Eaton Square. A pesar del abismo ideológico que separaba a los dos institutos, estos terminarían abriendo vías de comunicación tanto entre las «dos Españas» como entre los exiliados y los escritores que se habían quedado en España. En sus memorias, Felicidad Blanc describe la estrecha relación entre su marido Leopoldo Panero, vicedirector del instituto franquista, y el pariente de este Pablo de Azcárate, fundador del instituto republicano, y rememora con especial cariño los domingos que las dos familias pasaban juntas en la casa de campo de los Azcárate, en el pueblo de Taplow (Blanc, 1977, pp. 161-162). Durante su estancia en Londres, Panero comenzó lo que Felicidad Blanc llama su «labor de aproximación a los exilados», estableciendo contacto, entre otros, con el coronel Casado, Madariaga y el pintor Gregorio Prieto. Para el poeta Panero, tuvo especial resonancia su encuentro con Luis Cernuda, como también la posibilidad de invitar a Dámaso Alonso a venir desde España y poder presenciar la reunión entre este y Cernuda, dos destacados miembros de la brillante generación poética de 1927, que se había desintegrado a raíz de la guerra civil 3.

Esta segunda parte del artículo ofrece un breve análisis de obras clave de cuatro exiliados españoles en el Reino Unido: Arturo Barea, José Castillejo, Alberto Jiménez Fraud y Salvador de Madariaga, y se centra en su particular visión, durante su primera etapa de exilio inglés (1936-1951), sobre el futuro de España y del continente europeo.

A diferencia de las otras tres figuras, Arturo Barea llegó a Inglaterra cual socialista convencido, aunque, como deja claro en el tercer volumen de The Forging of a Rebel (Barea, 1984, pp. 323-366), durante la guerra civil había sentido también una gran decepción con respecto a la tendencia autoritaria y doctrinaria por parte de los socialistas españoles más radicales y de los comunistas (tanto españoles como extranjeros). Al mismo tiempo, Barea estaba convencido de que el futuro de España dependía del resultado de la Segunda Guerra Mundial y, en el caso de una deseada victoria de los aliados, de la política que adoptasen estos en relación al régimen franquista. Este es el contexto que nos permitirá entender dos largos ensayos políticos publicados por Arturo Barea y su esposa, la activista socialista Ilsa Barea (Pollak), desde su exilio inglés: Struggle for the Spanish Soul, publicado por Secker & Warburg (Londres) en 1941, y Spain in the Post-War World, publicado por Fabian Publications (Londres) en agosto de 1945, esto es, poco después del final de la Segunda Guerra Mundial y un mes escaso tras la victoria del Partido Laborista en las elecciones generales. No hay duda de que ambos ensayos contienen múltiples diatribas contra el régimen franquista y un llamamiento para que el Reino Unido y los aliados lo tratasen como a un enemigo aliado de la Alemania nazi y de la Italia fascista. Sin embargo, Barea no pierde de vista ni las especificidades del caso español ni la necesidad de convencer a sus lectores británicos de la posibilidad de un futuro régimen español que fuese de signo moderado en lugar de radical o revolucionario.

En su aspecto propagandístico, Struggle for the Spanish Soul sorprende por su lectura matizada de la situación española y su crítica hacia todos los bandos. Las diatribas más feroces van dirigidas a las fuerzas vivas (el Ejército, los terratenientes, la Iglesia, la Falange) que constituyen lo que los Barea llaman la «casta» que ha posibilitado el establecimiento del régimen franquista (Barea y Barea, 2021, pp. 60-68), pero también dejan claro su desprecio hacia la fratricidal party strife (la «lucha fratricida entre los partidos» del bando republicano), que contribuyó a la derrota de la República, así como hacia la hipócrita política de no intervención por parte de los Gobiernos británico y francés que tanto favoreció a los sublevados 4. Lo que quieren subrayar los Barea en esta obra es que los españoles republicanos ven en la lucha de Inglaterra contra los totalitarismos una continuación de su propia lucha contra Franco y que muchos otros españoles del interior podrían llegar a compartir esta visión con tal de que Inglaterra comunicara claramente tanto su credo democrático como su antifranquismo 5. Sin embargo, los autores del ensayo son conscientes de que tanto las autoridades británicas como muchos británicos de a pie, incluso entre las izquierdas, temen que la eliminación de Franco lleve a otra guerra civil en España y quizá al establecimiento de un régimen totalitario comunista. Por esta razón, los Barea dedican el capítulo titulado «What of the Spanish Left?» («¿Qué ocurre con la izquierda española?») a ensalzar no a los partidos políticos españoles de izquierdas, incapaces, según ellos, de liderar a las masas en los momentos más críticos de la guerra civil, sino a «the people who formed the inner core of those shapeless leaderless multitudes [which] are the most important and most constructive elements of the Spanish left, the Spanish labour movement, and the Spanish state of the future» («la gente que constituyó el verdadero núcleo de esas multitudes sin forma ni líderes [que] representan los elementos más importantes y constructivos de la izquierda española, del sindicalismo español y del Estado español del futuro») 6. Para Arturo e Ilsa Barea, son los sindicalistas militantes, y no los partidos o movimientos políticos, quienes supieron organizar la resistencia al levantamiento militar al transformarse a sí mismos en una nueva especie de movimiento popular, «the nucleus of a social democracy, in which the old principles of Anarchism and the new doctrines of Communism are swallowed up by a fierce urge towards a cooperative social freedom» («el núcleo de una democracia social, en la cual los viejos principios del anarquismo y las nuevas doctrinas del comunismo se ven subsumidos en un impulso feroz hacia una libertad social cooperativa») 7; por esta razón, concluyen, las viejas formas de la izquierda española pertenecen ya al pasado, aunque este tenga mucho que enseñar, principalmente en la acción colectiva y la administración comunal que aparecieron durante la guerra civil, y son las nuevas formas las que terminarán surgiendo de las condiciones psicológicas y sociales que imperan en el momento actual 8.

Esta defensa de un socialismo democrático, no dogmático y cooperativo por parte de los Barea, basada en una visión idealista y algo romántica del common people of Spain («el pueblo llano de España») 9 —visión que permea también en el libro que publicaría Arturo Barea en 1944 sobre Federico García Lorca (Barea, 1944)— no aparece en las páginas del segundo ensayo, Spain in the Post-War World (1945), donde los Barea intentan convencer a sus lectores británicos, y especialmente a los laboristas, que acababan de ganar las elecciones generales, de la necesidad de un cambio de régimen en España. Lo que Arturo e Ilsa subrayan aquí son la continuada influencia de la Falange (y a través de ella, de la cosmovisión nazi) sobre el régimen de Franco, así como su convicción de que el supuesto nuevo antifascismo de ciertos sectores del régimen franquista no es más que una farsa. Conscientes tanto de la creciente tendencia hacia la no intervención entre la clase política británica, tendencia que también había intuido Rafael Martínez Nadal, como de la arraigada creencia entre los opositores británicos a Franco de que la solución a los males españoles se encontraba en una restauración monárquica, los autores subrayan las inclinaciones reaccionarias de la monarquía española y, en su lugar, abogan por una transformación pacífica hacia un moderado régimen republicano, liberado de la influencia de la izquierda radical (Barea y Barea, 2021, p. 187). En esta obra, por lo tanto, los Barea muestran una creciente moderación en sus convicciones políticas, definidas ahora a través de palabras clave como democracia, libertad y tolerancia 10, y defienden la necesidad de una vuelta al espíritu de los primeros años progresistas de la Segunda República, cuando los Gobiernos liberal-socialistas llevaron a cabo reformas en cuestiones relacionadas con la seguridad social, las condiciones laborales, la autonomía regional, la educación y la administración pública. Esta no había sido una república obrera, subrayan, aunque fueran los obreros, junto a campesinos, intelectuales y buena parte de las clases comerciantes quienes habían luchado por «a planned, humanitarian and socialistic society which would overcome misery, ignorance and corruption» («una sociedad planeada, humanitaria y socializante que venciera a la miseria, la ignorancia y la corrupción») 11. Vana esperanza la de Arturo e Ilsa Barea y de tantos otros exiliados españoles en los años que siguieron al final de la Segunda Guerra Mundial. En su desgarradora novela The Broken Root, publicada en 1951, Arturo Barea expresa tanto su profunda desilusión política como su convicción de que ya no es posible para exiliados como él volver a vivir en España, país que, como descubre el protagonista de la novela, alter ego de su autor, ya ni le pertenece ni reconoce. A partir de entonces, le quedarían a Barea sus recuerdos y el ejemplo de escritores como Miguel de Unamuno, quien, como dice Barea al final de su estudio sobre el pensador vasco, «teaches how to turn conflict, contradiction and despair into a source of strength» («enseña cómo transformar el conflicto, la contradicción y la desesperación en una fuente de fortaleza», Barea, 1952, p. 58).

En contraste con las convicciones socialistas (si bien, moderadas) de Arturo Barea, las de José Castillejo, Alberto Jiménez Fraud y Salvador de Madariaga eran de corte liberal o más bien liberal-conservador. Las experiencias de estos hombres durante los primeros meses de la guerra civil, considerando que tanto Castillejo como Jiménez Fraud se sintieron amenazados de muerte en el Madrid de los milicianos, tuvieron una influencia decisiva en su decisión de buscar refugio en Inglaterra y en su posterior relación con la República. Pablo de Azcárate, en sus memorias tituladas Mi embajada en Londres durante la guerra civil española, reserva algunas de sus palabras más duras para estos tres hombres, a pesar de la relación tan estrecha que había mantenido en el pasado con cada uno de ellos. Siendo aquel sobrino de uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza, fue discípulo, junto a Castillejo y a Jiménez Fraud, de Francisco Giner de los Ríos, y trabajaría en los años veinte y treinta con Madariaga como parte de la representación española en la Sociedad de las Naciones. Pese a sus fuertes vínculos personales e intelectuales con estos hombres, Azcárate arremete contra la actitud de estos durante la contienda española, incluso dando a entender que él, como embajador de la República en tiempos de guerra, llegaría a sentirse traicionado por ellos. Azcárate se muestra más suave en su comentario sobre Castillejo, del cual ensalza su labor como secretario de la Junta para Ampliación de Estudios y como «hombre clave del gran esfuerzo de renovación cultural, científica y universitaria realizado por ella», y se limita a mencionar lacónicamente su «actitud de absoluta neutralidad entre los dos contendientes de la guerra civil». Con Jiménez Fraud, sin embargo, Azcárate es mucho más duro, pues lo acusa de haber abandonado la Residencia de Estudiantes en septiembre de 1936 preso de un pánico infundado y de haber evitado, una vez en Inglaterra, cualquier relación oficial o personal con él, a pesar de mantener una relación frecuente y cordial con el duque de Alba, representante oficioso de Franco en Londres 12. Tampoco esconde Azcárate su inquina por Salvador de Madariaga, quien, dice, evitó todo contacto con él y con la embajada republicana durante la guerra civil. A diferencia de Castillejo y de Jiménez Fraud, añade Azcárate, Madariaga «no se contentó con adoptar una actitud de discreta y expectante neutralidad, sino que aspiró a colocarse au dessus de la mêlée y, más que copiando, parodiando a Erasmo en el siglo XVI y a Romain Rolland en la guerra de 1914, desempeñar el papel de amigable componedor entre las dos partes contendientes» —sin darse cuenta Madariaga de que carecía del suficiente prestigio político, autoridad moral y consideración general, tanto entre los españoles del interior como los del exilio, para llevar tal empresa a buen puerto—. Los tres, concluye Azcárate, habrían hecho bien en recordar la famosa ley de Solón que castigaba «al que en medio de una sedición no optaba por alguno de los bandos combatientes» (De Azcárate, 2012, pp. 61-65).

La exagerada dureza de las palabras del embajador de la República se explica en parte por las difíciles circunstancias que las originaron. Lo cierto es que, a pesar de su aparente neutralidad, tanto Castillejo como Jiménez Fraud y Madariaga, cada uno a su manera, habrían seguido buscando desde su exilio inglés posibles soluciones para la tragedia que había destrozado su país y puesto fin a sus duros esfuerzos por reformarlo y modernizarlo. Por su parte, José Castillejo publicaría en 1937 Wars of Ideas in Spain: Philosophy, Politics and Education, libro muy sugerente que, dirigido a un público angloparlante, pretende narrar la historia de España (y hasta cierto punto explicar las causas de la guerra civil) a través de un sucinto análisis de las aportaciones españolas a la filosofía y a la pedagogía.

En los primeros capítulos del libro, Castillejo identifica los momentos cumbre en la ciencia, filosofía y pedagogía españolas desde tiempos de los romanos (Quintiliano) y de los pensadores musulmanes y judíos (Ibn Arabi, Aben Ezra, Averroes) hasta la escuela de Toledo, la corte de Alfonso X y los pensadores de los siglos XVI, XVII y XVIII (Vitoria, Vives, Feijoo) (Castillejo, 2009, pp. 5-62). En esta celebración de la riqueza de ideas originadas en España, Castillejo también subraya los momentos históricos, tanto bajo musulmanes como cristianos, cuando predominaba una ortodoxia religiosa acompañada de una falta de libertad de expresión, e incluso llega a identificar una tendencia intolerante en la tradición española cuyo origen achaca, en un aparte algo ilógico, a los visigodos: «La venenosa semilla [de la intolerancia religiosa] no era española; fue importada y plantada por los conquistadores nórdicos» 13. Como es de esperar, no es sino en el capítulo que trata sobre el siglo XIX cuando detalla los conflictos entre pensadores progresistas y reaccionarios, conflictos que el escritor transforma en símbolo y prueba de la existencia de dos Españas enfrentadas. Debido a la constante oscilación (y a menudo guerras) entre estos dos extremos ideológicos, llegó a ser imposible, afirma Castillejo, generar y asegurar la mezcla de continuidad y experimentación pedagógicas que tanto necesitaba España 14, hasta la llegada del krausismo, de Francisco Giner de los Ríos y de la Institución Libre de Enseñanza. En el capítulo 8 del libro, titulado «Un llamamiento a la libertad, a la paz y a la educación» 15, Castillejo se expande con entrañable entusiasmo sobre la generosidad intelectual y espiritual de su maestro Giner, recalcando la importancia que tenía para su maestro el respeto por supuestos contrarios, tales como el alma y el cuerpo, la religión (no institucional) y la ciencia, y la tradición y el progreso. El educador Giner, explica Castillejo en una formulación algo sorprendente, «en sus sentimientos, era socialista, y en sus acciones, por su optimismo y su fe en la libertad, era liberal», y su empresa tuvo como principal meta la búsqueda de «una posición inmune ante las tentaciones de poder e igualmente severa con las violencias de la derecha como con las de la izquierda», lo cual ayuda a explicar la oposición, tanto por parte de la Iglesia como de los partidos de izquierda, que recibió a lo largo de su vida 16.

Hasta aquí Castillejo nos ha regalado una visión ortodoxamente krausista e institucionista de la historia de la filosofía y de la pedagogía españolas, que rubrica con una breve descripción de la misión de la Junta para Ampliación de Estudios y de la Residencia de Estudiantes 17. En los tres últimos capítulos del libro, el escritor se centra en la historia más reciente de España, desde la dictadura de Primo de Rivera hasta el estallido de la guerra civil, y es aquí donde Castillejo aclara su posición frente a la contienda del momento y sugiere también una posible solución. Castillejo critica duramente la dictadura primorriverista, subrayando su naturaleza «absolutista» y «totalitaria», además de su opresión de la libertad de expresión 18, y, sin embargo, es igualmente crítico con la Segunda República, sobre todo la República reformista de 1931 a 1933, la cual, asegura, pronto se mostró incapaz de solucionar los múltiples problemas económicos, sociales y pedagógicos que afrontaba el país. Según Castillejo, la República de los primeros años se transformó en un régimen impaciente que intentaba introducir reformas sin el apoyo de la mayoría de los españoles, a la vez que demagógico, ya que no toleraba ningún tipo de disconformidad 19. En el ámbito educativo, afirma Castillejo, la República tuvo algunos aciertos, tales como la construcción de nuevas escuelas y la labor cultural de las Misiones Pedagógicas, aunque también «abandonó el lento proceso de libre competencia entre el Estado y las escuelas privadas, abogado por Giner, y procedió a la supresión de las escuelas que estaban en manos de las órdenes religiosas», ejerciendo, así pues, una política «iliberal» y «totalitaria» que tuvo como consecuencia la radicalización de las fuerzas opuestas a los valores republicanos 20.

Y así llegamos a la guerra civil, cuyo origen achaca Castillejo a la incapacidad de la República para crear un «terreno firme» donde pudieran encontrarse las tendencias opuestas y reunirse todos los españoles. En el siglo XIX, explica, las reformas liberales rompieron la unidad de España que, durante siglos, había descansado sobre una fe religiosa y moral dominante, «pero la libertad y las disputas no desembocaron en la anarquía porque en el fondo había un sistema común: el gran sistema de la legislación romana, como baluarte de los derechos individuales». La Segunda República trajo nuevos cambios, «pero no se señaló ningún otro terreno firme que tomase el lugar del derecho privado que estaba yéndose a pique. Jactarse de que todo en el país pertenecía a la comunidad y que estaba a su servicio no era una declaración alentadora para los propietarios, ni lo suficientemente prometedora ni rápida para las masas hambrientas» 21. La República, según Castillejo, fracasó en su intento de crear una nueva base social, ya que «la estructura liberal y democrática cedió antes de que otra estuviese preparada para tomar su lugar»; y añade que, aunque el carácter español es poco proclive a un régimen rígido de signo comunista o fascista, la guerra y sus miserias «obstaculizarán la libertad seguramente por largo tiempo, a menos que una división del país haga posible una cierta agrupación de la población de acuerdo con la afinidad de ideas, y que abra el camino a una futura unidad basada en la libre determinación y en los intereses comunes» 22.

Esta sorprendente conclusión, basada en la idea profundamente inquietante de imponer en España una imposible coincidencia geográfica e ideológica, revela la desesperación de un hombre que presencia desde lejos la autodestrucción de su propio país. No obstante, pese a su naturaleza altamente cuestionable, está claro que la idea en sí responde al énfasis krausista e institucionista en la necesidad de buscar diálogo y armonía entre opuestos y contrarios. Por esta razón, no es de extrañar que, en las últimas páginas de su libro, Castillejo vuelva al tema de la educación y a la idea de que esta podría servir para crear «el terreno básico común de una vida espiritual» 23. Como bien sabe Castillejo, el problema mayor es que la reforma de una sociedad por medio de la educación necesita paz, estabilidad y tiempo, factores claramente carentes en la España del momento. «Los ideales liberales de Giner han sido desterrados —concluye con profundo pesimismo— y no habrá lugar para ellos mientras resuene el eco de la revolución o de la política totalitaria» 24.

Mientras José Castillejo se centró en Wars of Ideas en el papel de la filosofía, la educación y la pedagogía en la historia de España, su correligionario institucionista Alberto Jiménez Fraud dedicó sus esfuerzos durante los doce primeros años de su exilio inglés a la composición de los tres volúmenes que componen su Historia de la universidad española, publicados en México (bajo el nombre de «Alberto Jiménez» para ocultar la identidad de su autor) entre 1944 y 1948. Al igual que Castillejo, Jiménez Fraud organiza su temática de forma cronológica, cubriendo el período que media entre la fundación de las universidades de Palencia, Salamanca y Valladolid en el siglo XIII y su época como director de la Residencia de Estudiantes (1910-1936). Jiménez Fraud resalta los momentos más brillantes de esta historia, tales como la influencia de los pensadores musulmanes de Al-Ándalus en la ciencia europea medieval y en la creación de las primeras universidades europeas, el esplendor de la corte de Alfonso X y los logros de la Universidad de Alcalá y de la Escuela de Salamanca en la primera mitad del siglo XVI. Jiménez Fraud trata también los acontecimientos históricos caracterizados por el oscurantismo y la falta de libertad de expresión, además de la decadencia de la universidad española en los siglos XVIII y XIX. El relato que ofrece el autor del siglo XIX es muy parecido al de Castillejo, en su énfasis sobre el creciente conflicto entre una España liberal y otra tradicionalista y sobre la represión ejercida por la monarquía restaurada de 1876 en el área de la educación universitaria. Jiménez Fraud nos presenta a unos krausistas creadores de un nuevo sistema educativo que se mantendría independiente tanto del Estado como de la Iglesia y que intentaría superar los supuestos conflictos entre la razón y la fe, así como entre el progreso y la tradición (Jiménez, 1971, pp. 312-374). También ofrece un conmovedor retrato personal de Giner de los Ríos, maestro de maestros, motivado por su amor a España y por una «prodigalidad amorosa» y un «buen querer constante» 25, además de mostrarnos también un apasionado elogio de la Junta para Ampliación de Estudios y de su secretario, José Castillejo, quien murió mientras Jiménez Fraud estaba preparando este tercer volumen del libro 26.

Los últimos capítulos del libro ofrecen una detallada descripción de la fundación, filosofía y logros de la Residencia de Estudiantes 27. Jiménez Fraud cita un folleto de 1914 donde explicaba que «la Residencia quiere ser el hogar espiritual donde se fragüe y depure, en corazones jóvenes, el sentimiento profundo de amor a la España que se está haciendo, a la que dentro de poco tendremos que hacer con nuestras manos» 28. La función de la Residencia, añade, consistió en ofrecer una educación técnica o especializada, esto es, en formar técnicos de toda clase de disciplinas 29, y en esta misión pudo contar con la colaboración de los mayores expertos universitarios españoles, además de destacadas figuras de la cultura nacional e internacional, como Unamuno, Federico de Onís, Juan Ramón Jiménez u Ortega, Marie Curie, Einstein, Le Corbusier, Wells o Valéry. «De las muchas cosas que deshizo la segunda gran guerra —escribe—, nada fue más dañino y peligroso que esta destrucción radical de la extensa comunidad espiritual que iba formándose por encima de los prejuicios, limitaciones e intereses nacionales, y que trataba de construir una sociedad de los espíritus capaz de elaborar una cultura total basada en intereses comunes humanos» 30. Tales palabras sirven para revelar que la cosmovisión de Alberto Jiménez Fraud se basa en una concepción esencialmente educativa y cultural de la vida colectiva. En su visión personal, tanto España como Europa y la humanidad entera cobran sentido bajo la perspectiva de una «sociedad de los espíritus» 31, esto es, como una proyección de la propia Residencia de Estudiantes, institución que había conseguido crear una comunidad de pensadores, científicos y artistas inspirados en el puro saber y en el ideal de la armonía entre opuestos.

En su encuentro en Oxford hacia el año 1947 con un antiguo estudiante de la Residencia, Jiménez Fraud aplica esta cosmovisión al estado de su país, lamentando «la falta de una visión superior que hiciera de nuevo posible la vida de convivencia, visión que a mi entender debía ser expresada por quienes tuviesen capacidad para elaborarla en forma de ideas y sugerirlas como normas de gobierno» 32. Jiménez Fraud está de acuerdo con el antiguo residente cuando este dice que el propósito de la Residencia fue formar una clase directora, aunque disiente con su afirmación de que «fracasó en su intento» 33. Lo que preocupa a Jiménez Fraud es el significado del concepto de «clase directora» y su convicción de que la causa del estado caótico actual (tanto en España como en el resto de Europa) no se encuentra en una falta de conocimientos, ya que «la ciencia ha puesto en nuestras manos poderes y medios regios, dignos de ser manejados por manos de dioses; y la tragedia está en que entregamos estos inmensos poderes a manos pueriles, temblorosas de imbecilidad moral», si no en una carencia de sabiduría, de sentido moral, y de discreción y bondad humanas 34. Para él, la educación que deben recibir las nuevas clases directoras es una educación general y profundamente liberal que abarque tanto la ciencia como el arte y, fundamentalmente, la moral, y que sirva para poner a estas clases directoras en relación directa con la «masa común», esto es, con la sociedad a la cual tiene el deber de servir 35.

A pesar del aparente pesimismo que siente Jiménez Fraud acerca de la posibilidad de un pronto cambio en España, el escritor y pedagogo se reafirma en su convicción de que la sociedad de los espíritus con que sueña «se va reconstruyendo» entre los escombros de la recién terminada Segunda Guerra Mundial 36. Aunque la Residencia de Estudiantes haya dejado de existir, ha quedado en pie «lo más esencial, lo único importante: el espíritu de colaboración, tolerancia e inteligente discernimiento y culta información sembrado en las varias generaciones residenciales» 37. Y no hay duda de que el propio Jiménez Fraud desempeñaría un importante papel en el mantenimiento de esta sociedad de los espíritus, especialmente a través de su Epistolario, el cual representa posiblemente la obra más significativa entre todas las obras producidas por los exiliados del Reino Unido. Las páginas de este Epistolario revelan la labor que realizó Jiménez Fraud a lo largo de su exilio por mantener vivos los lazos entre los antiguos colegas y estudiantes de la Residencia más allá de las convicciones políticas de cada uno (véase, por ejemplo, la correspondencia con Manuel García Morente, entusiasta simpatizante del levantamiento militar, y la relación de este durante los primeros años de la guerra civil con Juan Negrín, a la sazón ministro de Hacienda en el Gobierno de Largo Caballero: en Jiménez Fraud, 2017, II, pp. 72-134 passim). El Epistolario documenta también la primera y única incursión de Jiménez Fraud en el mundo de la política, al participar este, entre mediados de 1945 y finales de 1947, en el intento por parte de José Giral y Rodolfo Llopis, sucesivos presidentes del Gobierno republicano en el exilio; de Julio López Oliván, representante del pretendiente don Juan; y de políticos e intelectuales como Indalecio Prieto, José María Gil Robles y Madariaga de formar un movimiento de conciliación que, con el apoyo del Reino Unido, Francia y Estados Unidos, pudiera reemplazar al régimen de Franco por una monarquía constitucional 38. Durante esta campaña y en una reunión que tuvo lugar en la casa de Madariaga en Oxford el 14 de junio de 1947, Jiménez Fraud manifestó a López Oliván que «todavía existía una clase directora dispersa que unida con la más joven inédita podrían devolver a España el decoro que todos habíamos conocido y en el que nos habíamos criado» y que era necesario «establecer inmediatamente un “contacto humano” entre los mejores para derribar la grotesca parodia de Estado que nos deshonra y empezar la labor reconstructiva» (p. 728). A pesar del fracaso de este intento de formar un frente unido entre republicanos y monárquicos antifranquistas y de la creciente improbabilidad de un pronto cambio de régimen en España, Jiménez Fraud, como aseveró a Fernando de los Ríos en una carta del 12 de diciembre de 1947, nunca perdería su convicción de que «el problema de España no puede solucionarse sin la formación previa de una minoría directora familiarizada con los problemas mundiales modernos, antidoctrinaria y con sentido solidario y de responsabilidad» 39; y a lo largo de los diecisiete años que le quedaban de vida, no cejaría en su esfuerzo por establecer ese «contacto humano» tanto con antiguos residentes como con los jóvenes promesas de la cultura española asentados en España, como Julio Caro Baroja o José Ángel Valente.

Salvador de Madariaga comparte con Arturo Barea, José Castillejo y Alberto Jiménez Fraud su rechazo a los extremos ideológicos que habían dominado la reciente historia de España. En el último capítulo de la tercera edición de su libro España. Ensayo de historia contemporánea, publicada en Buenos Aires en 1942, Madariaga ofrece una crítica tanto de la actitud del Ejército y de la Iglesia como de los partidos de izquierda, subrayando ante todo la impaciencia de todas estas instituciones y partidos por imponer su punto de vista y la imperativa de que el país aprenda a desarrollar «la cooperación, la continuidad, la técnica, el método, el sentido del crecimiento, de la necesidad del tiempo, para que maduren las cosas de la vida colectiva» (De Madariaga, 1942, p. 759). Según Madariaga, hay que evitar sobre todo que España regrese «a la extrema izquierda de su viaje a la extrema derecha» para así impedir la continua oscilación del péndulo ideológico 40. A diferencia de sus tres compatriotas, que buscan soluciones para la situación de España en un socialismo moderado y reformado (Barea) o en una gradual reforma educacional y pedagógica fundada en las ideas de Giner de los Ríos, la Junta para Ampliación de Estudios y la Residencia de Estudiantes (Castillejo y Jiménez Fraud), Salvador de Madariaga, como ya había hecho desde el principio de su carrera, sigue insistiendo en ver España desde una perspectiva europea 41. No es ni mucho menos que ignore las especificidades españolas, sino que cree que estas solamente tienen importancia y validez consideradas desde un contexto mucho más amplio que él denomina «el organismo vivo de Europa» 42.

Desde sus primeras obras, Madariaga había indagado en la personalidad de España contrastándola con la de otras naciones europeas, principalmente Inglaterra y Francia. En Englishmen, French men, Spaniards (1928), por ejemplo, Madariaga, heredero de Taine, así como de Unamuno, Maeztu, Azorín y otros escritores españoles finiseculares, investiga la influencia de lo que él denomina raza, clima y condiciones económicas sobre la psicología de cada nación. «A nation is a fact of psychology» («Una nación es un hecho psicológico», en Madariaga, 1949, XI), afirma el intelectual antes de llevar a cabo un estudio del carácter o tipo inglés, francés y español basado en el supuesto a priori de que la tendencia predominante en cada uno es, respectivamente, la acción, el pensamiento y la pasión. Tales generalizaciones tan típicas del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX concernientes al supuesto carácter nacional de los países vuelven a aparecer en el libro titulado Bosquejo de Europa, que Madariaga publicaría en México en 1951. En esta obra, Madariaga analiza la aportación de los cinco países que él considera clave en la construcción de Europa: Francia, Italia, Inglaterra, España y Alemania, afirmando que, mientras los dos primeros han proporcionado las reglas y el andamiaje del escenario europeo, Inglaterra, España y Alemania, por su parte, habrían creado los personajes que actúan sobre ese escenario: en el caso de Inglaterra, Hamlet, el hombre de la acción y la duda; en el de España, don Quijote, el hombre de la pasión, y don Juan, el representante de la libertad individual absoluta; y en el de Alemania, Fausto, el hombre del intelecto, así como de las reglas y las leyes (Madariaga, 2010, pp. 77-196).

A pesar de la lectura matizada que Bosquejo de Europa ofrece sobre estos arquetipos literarios y de lo que supuestamente representan y revelan acerca de sus países de origen, tal formulación y su uso de estereotipos y clichés más propios del siglo XIX que del XX parecen fuera de lugar en un libro escrito en la estela de la conflagración mundial. Aun así, como indica el título del libro, el interés de Madariaga radica en la idea de Europa y en el papel que debería desempeñar cada nación en la construcción de una nueva Europa tras los desastres de la Segunda Guerra Mundial. Aunque Madariaga no incluye a todas las naciones europeas en esta empresa, ya que, como afirma en el primer párrafo del prólogo, «amenazada desde fuera y desde dentro, por el Gengis Kan mecanizado de Moscú y por sus propias tendencias suicidas, Europa está hoy en peligro mortal» 43. Esta declaración extrema y xenófoba sirve para situar el libro en su contexto preciso: el del miedo de la Europa occidental (miedo compartido por los Estados Unidos del macartismo) frente a la amenaza del comunismo soviético. Dentro de este contexto, Madariaga hace una loa a la Europa occidental liberal y democrática, de raíces cristianas, que sabrá resistir el empuje de las ideas comunistas desde dentro y fuera de su territorio. Esta Europa es múltiple, como revelan las tensiones existentes entre las específicas cualidades de cada una de sus naciones constituyentes 44, pero «la vida y por lo tanto la lucha seguirán, si bien en campos que la razón cerca y deslinda; de modo que estas tensiones, un tiempo causas de guerra, se integren en la vida general de Europa, de que serán estímulo y aliño» 45.

Bosquejo de Europa es un libro excesivamente eurocéntrico que, a veces, sugiere la superioridad de Europa no solamente sobre la Rusia soviética, sino también sobre el resto del mundo (aparte de las excolonias inglesas y españolas). Además, al ensalzar la importancia del humanismo socrático y del cristianismo en la creación de la cultura europea 46, minimiza consecuentemente la importancia de otras culturas, tendencias y religiones. Sin embargo, también es este un libro que, a pesar de sus miedos y prejuicios tan tristemente típicos de la época, aboga por una Europa que sea capaz de encontrar un dinamismo a través del cultivo, en lugar de la supresión, de sus diferencias internas. En este sentido, Bosquejo de Europa es la creación de un hombre que, desde sus inicios en la Sociedad de las Naciones a principios de los años veinte, ha luchado por el diálogo pacífico entre naciones y quien, tan pronto como en 1942, ha pregonado la necesidad de una futura Constitución de Europa 47. Desde este europeísmo, Madariaga encontraría una esfera de acción que, tras las decepciones políticas causadas por el fracaso de las discusiones entre republicanos y monárquicos a finales de los años cuarenta, fuese capaz de situarle por encima de los problemas específicos tanto de su país natal como de su país anfitrión, y de generar, pocos años después, resultados más inmediatos y concretos, y quizá, por ende, un mayor consuelo y esperanza que el socialismo de Barea o la política educativa de Jiménez Fraud.

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1  La excepción en este sentido es Arturo Barea, quien ha recibido considerable atención crítica. Véase, por ejemplo, Eaude, 2011.

2  Véanse Dennis, 1975; Monferrer Catalán, 2007, p. 33; y Saiz, 2022. En realidad, la invitación de Cambridge llegaría demasiado tarde. El artículo de Dennis (pp. 448-449) contiene una copia de la carta del 24 de febrero de 1939 en la cual José Machado acusa recibo de la invitación que le había brindado a su hermano Antonio el profesor J. B. Trend desde la Universidad de Cambridge, invitación que llegó dos días después de la muerte de este. El profesor José Luis Mora recibió una copia de esta carta de César Gutiérrez, propietario de la Librería Torreón de Rueda, en Segovia.

3 Ib., pp. 161-172.

4 Ib., pp. 82-83.

5 Ib., p. 83.

6 Ib., p. 117.

7 Ib., pp. 118-121.

8 Ib., pp. 132-133.

9 Ib., p. 129.

10 Ib., pp. 189-190.

11 Ib., pp. 191-192.

12  En realidad, Jiménez Fraud había tenido una larga y fructífera relación con el duque de Alba desde el año 1923, cuando este llegó a ser presidente del Comité Hispano-Inglés de la Residencia de Estudiantes.

13 Ib., p. 12.

14 Ib., p. 64.

15 Ib., pp. 69-78.

16 Ib., pp. 68, 71 y 77.

17 Ib., pp. 91-102.

18 Ib., pp. 107-108.

19 Ib., pp. 107-110.

20 Ib., pp. 111-116.

21 Ib., pp. 121-122.

22 Ib., p. 122.

23 Ib., p. 123.

24 Ib., p. 126.

25 Ib., pp. 375-404 (p. 380).

26 Ib., pp. 396-402.

27 Ib., pp. 427-499.

28 Ib., p. 437.

29 Ib., pp. 442-443.

30 Ib., pp. 462-463.

31 Ib., p. 463.

32 Ib., p. 479.

33 Ib., p. 479.

34 Ib., p. 480.

35 Ib., pp. 480-486.

36 Ib., p. 463.

37 Ib., p. 478.

38  Véase ib., II, pp. 551-792. En esta empresa también colaboró Rafael Martínez Nadal, quien, en septiembre de 1946, como periodista de The Observer, llevó a cabo una importante entrevista con don Juan en Lisboa (entrevista que finalmente se publicaría en abril de 1947). Además, en julio de 1947, a petición de Luis Araquistáin, organizó en su casa de Londres una primera reunión entre el socialista moderado Indalecio Prieto y el conservador monárquico José María Gil Robles (véase Martínez Nadal, 1996).

39 Ib., p. 778.

40 Ib., p. 760.

41 Ib., pp. 765-770.

42 Ib., p. 765.

43 Ib., p. 45.

44 Ib., pp. 115-196.

45 Ib., p. 50.

46  Véase, por ejemplo, ib., p. 67.

47 Ib., p. 21.

TSN nº15, 2023. ISSN: 2530-8521