Monográfico
TSN nº 15, 2023. ISSN: 2530-8521
FERRATER MORA Y LA INTEGRACIÓN DE TRES MUNDOS: CATALUÑA, ESPAÑA, EUROPA
Ferrater Mora and the Integration of Three Worlds: Catalonia, Spain, Europe
Joan Vergés Gifra
Cátedra Ferrater Mora de Pensamiento Contemporáneo, Universidad de Girona (España)

RESUMEN

En este artículo hacemos dos cosas. En primer lugar, explicamos de qué modo José Ferrater Mora se hizo buen conocedor de tres mundos distintos: el catalán, el hispánico y el europeo. En segundo lugar, reconstruimos algunas de sus observaciones más perspicaces sobre la naturaleza de estos tres mundos. Lo hacemos tomando su reflexión sobre las formas de la vida catalana como punto de partida y destacando su vocación por la integración.

Palabras clave: José Ferrater Mora, formas de la vida catalana, Cataluña, España, Europa, integracionismo

ABSTRACT

In this article we do two things. First, we explain how José Ferrater Mora became well acquainted with three distinct worlds, the Catalan, the Hispanic and the European. Second, we reconstruct some of his most insightful observations on the nature of these three worlds. We do so by taking his reflection on the forms of Catalan life as a starting point and highlighting his vocation for integration.

Keywords: José Ferrater Mora, ways of Catalan life, Catalonia, Spain, Europe, integrationism
• Contenido •

1. Introducción

Si tuviéramos que encontrar una palabra que resumiera el pensamiento de José Ferrater Mora (1912-1991), con toda verosimilitud esa palabra sería «integración». Como es bien sabido, a su doctrina filosófica más original Ferrater Mora la llamó «integracionismo». Tal como el propio autor señaló en más de una ocasión, el significado de este término fue variando con el tiempo. En un principio servía para indicar un método útil para tratar con las corrientes filosóficas. Se trataba, básicamente, de evitar las deficiencias en que caen los movimientos filosóficos cuando se fijan o bien en las realidades humanas o bien en las realidades naturales entendidas como absolutos. Más adelante, en lugar de aplicar el integracionismo a las doctrinas filosóficas, lo aplicó a los conceptos: «Las realidades que aparecen, o que se presentan, como primeras o primarias —conciencia, objeto; realidad humana, realidad natural, etcétera— son expresables mediante conceptos que funcionan a modo de conceptos-límites y que, por tanto, no aspiran a tener denotata» 1. Es decir, bajo el nombre de integracionismo, Ferrater Mora desarrolló, al mismo tiempo, una epistemología y una ontología. La principal aspiración del integracionismo es rehuir la comprensión absoluta («unilateral») de una determinada realidad o entidad y «situarla dentro de una cierta “línea” o dentro de un “continuo”, de modo que se describe como “oscilando” ente los dos polos de la idealidad y de la realidad» 2. El integracionismo no aspira a superar en el sentido de la Aufhebung hegeliana las dualidades características de los planteamientos filosóficos acerca de la realidad. Más allá de esas dualidades no hay un tercer elemento unificador. Lo que hay es un continuo entre uno y otro extremo en el que cabe situar la entidad concreta. La realidad en general es un continuo. Un continuo, sin embargo, que no tiene carácter lineal, sino que consta de tipos de realidades «entreveradas y no encadenadas». Ello implica que un tipo de realidad no puede ser reducida a otra —por ejemplo, la moral no puede ser reducida a simple psicología—, aunque toda realidad está vinculada a un cierto materialismo ontológico —no monista 3.

En esta contribución, sin embargo, nuestro enfoque no versará sobre el integracionismo ferratiano propiamente. En lugar de eso, nos interesa repasar algunos textos de su obra en los que encontramos una reflexión sobre tres «mundos» con respecto a los cuales el autor barcelonés intentó, como veremos, establecer algún tipo de «integración». No tan solo eso, también nos fijaremos en aspectos de su trayectoria vital que fácilmente dan pábulo a la tentación de afirmar que incluso su propia vida fue, de algún modo, un ejemplo de integración de mundos distintos y lejanos. En Ferrater Mora el movimiento integracionista fue casi una manía o un instinto.

En lo que sigue, primero vamos a repasar la vida de Ferrater Mora a fin de mostrar cómo en su periplo vital entró en contacto con toda una serie de «mundos» y hasta cierto punto los «integró». En segundo lugar, nos fijaremos en las reflexiones que el propio filósofo barcelonés produjo acerca de las relaciones y contrastes que, a su parecer, existen entre estos mundos.

2. De un mundo a otro: trayectoria vital de Ferrater Mora

Como a tantos otros en aquel entonces, a Ferrater Mora la experiencia de una diferencia entre mundos le sobrevino de manera forzada. Fueron los acontecimientos históricos, más concretamente la guerra civil española, los que lo forzaron a abandonar su Cataluña natal y exiliarse en el extranjero. Ferrater había luchado en el bando republicano y, según su amigo Herminio Almendros, en los últimos meses de la contienda había estado descifrando mensajes del enemigo en el Cuartel General de Barcelona. Tenía veintiséis años, tan solo había publicado un libro menor (Cóctel de verdad, 1935) y apenas había transitado por el principado catalán. A partir de aquel mes de enero de 1939, cuando cruza la frontera francesa y pasa al exilio, empieza para Ferrater Mora la experiencia del ancho mundo. Muy pronto se dio cuenta de que en Francia —sin papeles en regla ni contactos y con la amenaza más que palpable de una guerra mundial inminente— le sería difícil labrarse un futuro. La esperanza residía allende el Atlántico. Al cabo de unos pocos meses de encontrar refugio en París —a diferencia de muchos otros compatriotas, Ferrater Mora y sus amigos habían conseguido esquivar el internamiento forzoso en campos de concentración franceses cerca de la frontera— y conocer a quien sería su primera esposa —la parisiense Renée Petitsigne—, logró hacerse con un pasaje en el Flandre y llegó en mayo a La Habana. Fue en Cuba donde redactó la primera versión de la obra que con el tiempo le daría mayor reconocimiento, su celebrado Diccionario de filosofía —esa primera versión, publicada en la editorial mexicana Atlante, era una obra de un solo volumen, lejos todavía de los cuatro volúmenes que con el tiempo llegaría a tener.

Sin embargo, Ferrater Mora no se hallaba del todo cómodo en la isla caribeña —en una entrevista televisiva dijo que allí uno siempre suda—. O cuando menos, no era el lugar más adecuado para desarrollar una ambiciosa carrera académica. Por eso, cuando el marido de María Zambrano, Alfonso Rodríguez Aldave, que había sido secretario en la embajada española en Chile durante la guerra y todavía conservaba amistades en el país andino, le habló de ir a enseñar a Santiago de Chile, Ferrater Mora no dudó en hacer las maletas. A Chile llegó en 1941 y residiría en el país hasta 1947. Durante estos seis años, además de como autor del Diccionario, nuestro autor eclosionó como buen conocedor de la historia de la filosofía (Unamuno: bosquejo de una filosofía, 1944; Cuatro visiones de la historia universal, 1945) y como autor con un pensamiento original (La ironía, la muerte y la admiración, 1946; El sentido de la muerte, 1947). Asimismo, entró en contacto con el nutrido grupo de intelectuales catalanes y españoles que entonces residían en el país. Fruto de ese contacto y las preocupaciones que en tales cenáculos abundaban, empezó a escribir sobre los mundos que ya entonces le servían de referencia. De hecho, de las obras que redactó en ese período, tres abordan de distintos modos la relación y el contraste entre el mundo catalán, el mundo español y el mundo europeo: España y Europa (1942), Les formes de la vida catalana (1944) y Cuestiones españolas (1945).

La etapa chilena termina cuando Ferrater Mora recibe una beca para investigar en Estados Unidos, país en el que se instalará ya permanentemente y donde desarrollará el resto de su carrera. La consolidación de su trayectoria académica recibirá un espaldarazo definitivo a partir de 1949, cuando, gracias a las gestiones realizadas por el poeta Pedro Salinas y el historiador Américo Castro, consigue una plaza de profesor en la prestigiosa universidad para mujeres Bryn Mawr, cerca de Filadelfia (Pensilvania). Su producción filosófica se beneficiará muy positivamente de su establecimiento en el país norteamericano. No tan solo porque las bibliotecas universitarias de Estados Unidos le permitirán proseguir la ampliación de su ambicioso Diccionario de filosofía, sino porque conocerá de primera mano las últimas tendencias en el ámbito filosófico. En los años cincuenta, Estados Unidos se había convertido ya en una potencia mundial en filosofía —en buena parte, gracias al flujo migratorio resultante de las conflagraciones bélicas en Europa—. Ferrater Mora, cuya formación básica es netamente continental, principalmente fenomenológica, entrará en contacto con la filosofía anglosajona y se formará en ella. De hecho, acabará siendo uno de los autores, Miguel Sánchez-Mazas Ferlosio sería otro, que más contribuirán a la introducción de la lógica matemática y la filosofía analítica en España y Latinoamérica a mediados del siglo XX.

Con el tiempo, Ferrater Mora acabará adoptando la nacionalidad estadounidense. Desde que se marchó al exilio, ya no volvió a residir con carácter permanente en España. Eso no significa, empero, que no conociera bien la realidad del país o que mostrara desinterés por lo que acontecía en el territorio. Todo lo contrario. De hecho, a partir de 1952 sus viajes a Barcelona son intermitentes, pero muy frecuentes; al principio, cada dos o tres años, y posteriormente, casi cada año. Cabe tener en cuenta que, a pesar de desarrollar su carrera filosófica en Bryn Mawr, Ferrater Mora escribió la mayor parte de sus obras en castellano, y en menor medida en catalán y en inglés, y mantuvo un gran interés por todo lo que sucedía en el país y en el continente europeo. A uno incluso le vienen ganas de decir que tenía los pies en Norteamérica, pero la cabeza en Europa, particularmente en Cataluña y España.

3. Encuentros fortuitos de un exiliado feliz

La vida de una persona siempre está marcada por las casualidades, especialmente por los encuentros fortuitos con aquella gente que devendrá importante en su vida. Ello es válido para cualquier individuo, pero tal vez lo sea todavía más para el exiliado, para quien, al carecer de las redes de seguridad y confort habituales de que gozan la mayor parte de los mortales, el devenir siempre está más expuesto a los vaivenes de la fortuna. Ferrater Mora no es ninguna excepción a esta regla general. Tanto su vida personal como la profesional están marcadas por los encuentros más o menos casuales que tuvo durante su largo exilio, un exilio al que supo sacar un buen provecho y que, a diferencia de muchos otros españoles forzados a salir de España, no vivió de manera dramática, como una desgracia, sino atentamente, como un surtido de oportunidades. Aun cuando dispuso de algunas ocasiones, no se desvivió por volver al país4. El contraste entre Ferrater Mora y María Zambrano aquí, por ejemplo, resultaría particularmente iluminador. De la larga serie de encuentros más o menos casuales que Ferrater tuvo durante todos estos años, a continuación nos gustaría destacar unos cuantos que incidieron de alguna manera en el modo de enfocar su comprensión de los mundos catalán, español y europeo —dejaremos a un lado los matrimonios con Renée Petitsigne y, posteriormente, con Priscilla Cohn.

A decir verdad, con anterioridad al exilio, Ferrater Mora apenas había dado muestras de suscribir las tesis centrales del catalanismo y no había reflexionado sobre el encaje de Cataluña en España. Su mirada estaba menos puesta en Cataluña que en Castilla: Eugenio d’Ors, instalado en Madrid desde principios de los años veinte y con el que mantuvo una cierta correspondencia, Ortega y Gasset y Unamuno eran sus principales referentes intelectuales. No en balde su primer libro, al que antes hicimos alusión —Cóctel de verdad, 1935—, salió publicado en Madrid. Su mirada sobre el hecho catalán se gesta en el exilio. Y ello se debe, básicamente, a toda una serie de amistades que traba en el círculo de exiliados catalanes en Chile. Especialmente importante será su amistad con el poeta Joan Oliver —de pseudónimo Pere Quart— y el novelista Xavier Benguerel. Al parecer, ellos y otros miembros de este círculo le animaron a optar al Premio Rabell en los Jocs Florals de 1943, donde presentaría, con éxito, su opúsculo Les formes de la vida catalana. Con Joan Oliver y con Xavier Benguerel, Ferrater Mora mantuvo durante más de treinta largos años una correspondencia de gran interés5. A través de estas amistades consolidó su vínculo con la cultura catalana y arraigó un compromiso firme con el catalanismo6. Desde la perspectiva de los intereses de Ferrater Mora, es posible que Les formes de la vida catalana fuera más bien una obra menor, casi de circunstancias. En los esbozos que se conservan en el Archivo Ferrater Mora sobre el índice que debería haber servido para confeccionar sus obras completas, Ferrater lo sitúa en el apartado de ensayística, no en el de obra filosófica. Ello no quita en absoluto, sin embargo, que ese opúsculo —sobre todo a partir de su segunda edición en Barcelona en el año 1955—, reeditado en múltiples ocasiones, ocupe un lugar muy destacado en la notable bibliografía sobre la identidad catalana y constituya, sin duda, una de sus obras más leídas y estimadas por el público.

El historiador Jaume Vicens Vives, por ejemplo, apreciaba mucho su contenido y en la segunda edición de su Noticia de Cataluña (1960) discutió abiertamente y en buena parte asumió las tesis del filósofo barcelonés. La conexión con Vicens Vives es otra de esas amistades que tan solo se explican por las circunstancias casuales del exilio. Vicens Vives —nacido en Girona— toma la iniciativa de escribir a Ferrater Mora a instancias del médico gerundense Pompeu Pascual, que ha tratado a Ferrater Mora en Santiago de Chile. El historiador de Girona ve en el filósofo una mente brillante, de talante liberal, alguien con quien tal vez pueda contar cuando llegue el momento de volver a levantar la bandera del catalanismo político —el catalanismo moderado, cabe añadir—. Vicens Vives está muy interesado en trazar puentes con la intelectualidad catalana en el exterior. En su momento, con la derrota republicana, había sido depurado por el régimen franquista, pero con el tiempo había logrado ganarse los apoyos necesarios para ocupar una plaza de profesor de historia en la Universidad de Barcelona y emprender una tarea editorial muy notable. Vicens Vives está bien conectado. Es amigo, por ejemplo, del máximo responsable de la censura en España, el también historiador Florentino Pérez Embid. Gracias a esta amistad, conseguirá que algunos personajes importantes de la literatura catalana vean publicadas sus obras sin excesivos cortes de tijera. Josep Pla, amigo también de Vicens Vives, por ejemplo, pidió en más de una ocasión su intermediación ante la censura. También lo hizo Ferrater Mora7. El plácet de la censura a la publicación de Les formes de la vida catalana en 1955 se debe en parte a las gestiones de Vicens Vives. A partir de esa publicación, Ferrater Mora se convierte en un intelectual de referencia para el catalanismo en general, un catalanismo que abraza, claro está, sectores culturales, minoritarios pero activos, en el País Valencià y las islas Baleares. Desde entonces, cuando se trata de «pensar Cataluña», el nombre de Ferrater Mora constituye un referente para intelectuales y políticos catalanes8.

Los contactos que Ferrater Mora trabó y mantuvo con una parte nada despreciable de la intelectualidad española fueron también muy notables. Antes ya hemos mencionado la ayuda que Américo Castro y Pedro Salinas le prestaron para instalarse en Estados Unidos. Junto a ellos, el filósofo barcelonés mantuvo una dilatada correspondencia con José L. Aranguren, Francisco Ayala, Julián Marías, Juan Marichal —yerno de Pedro Salinas— o Javier Muguerza9. Asimismo, fue un pensador que gozó de una excelente reputación en muchas universidades hispanoamericanas —muestra de ello son los doctorados honoris causa que recibió a partir de los años ochenta—10 y con algunos de sus miembros más destacados mantuvo también una excelente relación —tal es el caso, por ejemplo, de Mario Bunge, pero también cabría nombrar a Ezequiel de Olaso, Juan Adolfo Vázquez o los académicos de origen español Ramón Xirau, José Ricardo Morales o Francisco Romero—. Resulta indudable que Ferrater Mora ejerció un notable ascendente en el ámbito español e hispanoamericano —los periódicos La Vanguardia o El País, por ejemplo, publicaron asiduamente sus artículos de opinión11. Pero posiblemente fuera todavía mayor el que ejerció específicamente en el ámbito cultural catalán. En cualquier caso, si nos atenemos al contenido de sus textos e intervenciones, parece sensato concluir que su reflexión ensayística sobre el mundo que se desarrolla en español la hizo partiendo principalmente de su condición de catalán.

Si tuviéramos que continuar con ánimo de exhaustividad la trayectoria de Ferrater Mora a través de las amistades que mantuvo a lo largo de su vida y el efecto que estas tuvieron sobre su pensamiento, ahora sería oportuno traer a colación los nombres de toda una serie de pensadores de Estados Unidos y Europa que se cruzaron en su camino y que, de algún modo, contribuyeron a la imagen que nuestro autor se formó del mundo o de los distintos mundos por los que deambuló. Por todo lo que hemos dicho, queda claro que Ferrater Mora fue sobre todo un pensador y un escritor en catalán y en español. Ahora bien, sus intereses iban más allá del estricto ámbito hispano. Como ciudadano norteamericano, obviamente, estaba interesado y conocía bien los entresijos de la historia y la cultura estadounidense. Pero también mantenía un interés vivo por Europa. A partir de 1950, Ferrater Mora y su familia viajaron a Europa cada año o cada dos años y, mientras estuvo casado con Renée Petitsigne, muy a menudo pasaba un mes en París, en casa de la suegra, y otro en Barcelona. En este sentido, llegó a conocer bastante bien la cultura francesa y europea. No solo eso, en algún momento llegó incluso a ilusionarse con la posibilidad de hacerse un hueco en la cultura europea. Por ejemplo, se hizo la esperanza de ver sus libros traducidos al francés. Se trataba de una ilusión nada quimérica, habida cuenta de la amistad que mantuvo durante más de quince años con el pintor y escritor polaco Joseph Czapski. Ferrater Mora había conocido a Czapski en junio de 1950 de un modo totalmente casual en el De Grasse, el transatlántico que le llevó de vuelta a Europa por primera vez desde que partiera a Cuba. Czapski venía de dar una serie de charlas en Estados Unidos a fin de recaudar fondos para el Instituto Literario Polaco que se había establecido en París a finales de la Segunda Guerra Mundial —el instituto en cuestión, todavía existente, funcionó en la práctica como lugar de acogida de los más eminentes exiliados intelectuales de la Europa del Este y se elevó como uno de los principales focos de resistencia cultural ante el comunismo soviético, principalmente a través de la publicación de libros prohibidos o perseguidos y de la revista Kultura—. Czapski, que provenía de una rica y noble familia centroeuropea, tenía muchos contactos y amistades en los cenáculos culturales y editoriales de la capital francesa —entre otros, por ejemplo, Albert Camus o André Malraux—. A través de la correspondencia entre Ferrater Mora y Czapski podemos apreciar los intentos de publicar en francés o alemán El hombre en la encrucijada (1952), una obra que más adelante reformularía notablemente, pero que siempre tuvo en estima. A pesar de la perseverancia de Czapski, sus intentos no dieron el fruto esperado. Ferrater Mora publicó poco en francés. Sin embargo, a través del pintor polaco, entró en contacto con el entramado de publicaciones que giraban alrededor del Congreso por la Libertad de la Cultura —Czapski había participado en el acto fundacional del congreso, en junio de 1950 en Berlín—. Nos referimos a revistas como Kultura (en polaco), Preuves (en francés), Der Monat (en alemán) o Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (en español), en los que Ferrater Mora publicó algunos de sus artículos más famosos.

Por otra parte, la conexión con Josef Czapski reforzó, de algún modo, el interés que Ferrater Mora ya albergaba por el mundo de la Europa del Este, con el cual ya había establecido algún tipo de contacto a través de su amistad con el filósofo también polaco Bogumil Jasinowski, a quien había conocido en la Universidad de Chile. Un conocimiento que aumentaría todavía más gracias a la incorporación en 1959 de George L. Kline al Departamento de Filosofía de Bryn Mawr —Kline, de quien Ferrater Mora se haría buen amigo, fue uno de los máximos especialistas de la filosofía y la cultura en la Unión Soviética—. Este interés por la cultura filosófica del Este de Europa terminaría llevando a Ferrater Mora a postular que en el mundo soviético existe un cierto estilo de hacer filosofía, tesis que plasmó en un texto que, por ejemplo, fue del agrado de otro ilustre pensador polaco, M. Bochenski12. Prosigamos a partir de aquí, pues, con el contenido básico de algunas de las reflexiones que formuló Ferrater Mora sobre estos distintos mundos por los que transitaron su vida, sus amistades y sus intereses.

4. La reflexión sobre los mundos catalán, hispánico y europeo

Las reflexiones de Ferrater Mora sobre el mundo catalán, el mundo hispánico y el mundo europeo se encuentran principalmente en el libro Tres mundos: Cataluña, España, Europa, publicado por la editorial Edhasa en 1963 en una colección muy ilustrativamente titulada El Puente. Uno también podría intentar reconstruir sus opiniones a partir de los artículos que publicó en los últimos años en los periódicos españoles. Pero la centralidad de su visión se halla en la obra mencionada. Así, por ejemplo, en una entrevista en la revista El Basilisco en 1981, el filósofo sostuvo lo siguiente: «Un catalán no puede dejar de ser catalanista, aunque solo sea para reaccionar contra las trabas que se han impuesto en el desarrollo de la vida y la cultura catalanas […]. En mi volumen [Tres mundos:] Cataluña, España, Europa he agrupado algunas de las ideas sobre estos problemas; las he completado con otras en varios ensayos incluidos en la última, reciente edición de Les formes de la vida catalana. No tengo más que agregar» (Ronzón, 1981, p. 58). Aunque, como la pregunta de los entrevistadores versaba sobre el sempiterno problema de los nacionalismos periféricos, inmediatamente añadió: «Indicaré solo —en relación con “la marea ascendente de los nacionalismos”— que hay una solución en principio muy sensata, pero como casi nadie cree en ella puede no ser sensata políticamente: la solución federalista». Dejemos a un lado ahora la solución federalista y quedémonos con la afirmación de que sus puntos de vista están recogidos en Tres mundos. De hecho, la parte nuclear del libro de 1963 consiste en la traducción al castellano de Las formas de la vida catalana. Al lado de esta traducción, se incluyeron los ensayos «España y Europa» veinte años después, «Nuevas cuestiones españolas», «Reflexiones sobre Cataluña», «Una cuestión disputada: Cataluña y España», «Sobre estilos de pensar en la España del siglo XIX». Los dos primeros textos constituyen reformulaciones completas de unos textos anteriores que Ferrater Mora deseaba «liquidar».

Con respecto a la versión de Las formas de la vida catalana en Tres mundos, en la nota bibliográfica final el propio Ferrater Mora nos advierte que «el texto que aparece en este libro no es una reproducción de la primitiva versión en castellano, de 1944 [en la primera edición del opúsculo, en Chile, se efectuó una traducción que posteriormente no se conservó]. Es una nueva traducción en el curso de la cual no he cambiado mucho el contenido, pero he modificado grandemente la forma» (Ferrater Mora, 1963, p. 192). Y ciertamente, si uno efectúa la comparación entre el texto en catalán y el texto en castellano, no hay cambios de sustancia. Pero los cambios en la forma bastan para cerciorarse de que la perspectiva no es siempre exactamente la misma. Ferrater Mora era muy consciente de estar dirigiéndose a públicos distintos. Así, por ejemplo, en la versión castellana encontramos unas frases sobre el carácter sensualista, casi doméstico y poco metafísico de los catalanes que no aparecen en la catalana: «[Los catalanes] pueden perjurar que solo de la angustia de la nada surge la realidad verdadera del mundo. Pueden decir todo lo que quieran. Pero a la hora de la verdad los vemos quedarse —si se quiere “ontológicamente”— en casa. Los vemos abrir los ojos y extender las manos para ver y palpar el mundo» (ibíd., p. 101). Y al revés, en la castellana desaparece la relación que Ferrater Mora establece entre seny y fermesa d’esperit, robusteza (espíritu firme, robustez). En la versión catalana escribe: «[…] el seny no exclou, sinó que moltes vegades postula l’atreviment i la gosadia […] l’ideal del seny, és perseguir el que és just, convenient i correcte, encara que aquesta persecució sigui en alguns instants l’acció més insensata que hom pugui imaginar» (Ferrater Mora, 1980, p. 67)13. En cambio, en la castellana, en lugar de vincular el seny con la persecución de la justicia afirma que «colabora asimismo, y no poco, una cierta raíz moral que hace del quijotismo catalán […] lo que Unamuno calificó de “locura por madurez de espíritu” […] se puede ser “loco” por reflexión, cuando semejante “locura” va en camino de ser algo “ejemplar”» (Ferrater Mora, 1963, pp. 115-116). La diferencia de tono —cuando no de intencionalidad— es evidente.

Pero, además de esta primera advertencia —con respecto a la traducción al castellano del opúsculo originalmente concebido en catalán—, es conveniente tener presentes dos más. La segunda es que cuando Ferrater Mora habla de Cataluña tiende a identificar Cataluña con los Países Catalanes —el País Valenciano y Baleares, principalmente (Ferrater Mora, 1963, p. 85)—. No en balde en la «Introducción» al opúsculo, escrita expresamente para la ocasión, el filósofo catalán sostiene que su texto puede verse como un complemento a otras dos obras que han hecho mella en el debate reciente sobre estos temas (ibíd., pp. 79-80), a saber, Notícia de Catalunya (1954) de Jaume Vicens Vives y Nosaltres, els valencians (1962) de Joan Fuster, dos textos conectados estructuralmente y por circunstancias diversas (Vergés, 2022). Hacía un año tan solo de la publicación de la obra de Fuster, todo un hito fundacional en la bibliografía sobre los Países Catalanes, y los dos autores mantenían una cierta correspondencia fruto de una admiración mutua. Está claro, cuando menos, que en aquel entonces la idea de unos Países Catalanes no resultaba tan alarmante ni parecía insensata.

La tercera advertencia nos la aclara también el propio Ferrater Mora: «No hay que tomar estas palabras [las formas] demasiado a pecho». Para empezar, designan principalmente virtudes, pero toda virtud posee un «reverso». Ferrater Mora lo reconoce, pero, al mismo tiempo, admite que en el texto no se dedica a los reversos. Por otra parte, «estas formas no suelen manifestarse en toda su pureza; como todos los conceptos, designan tipos límites o, como suele llamárseles, “tipos ideales”» (Ferrater Mora, 1963, p. 81). Por una y otra razón, Ferrater Mora reconocerá en más de una ocasión que su texto tiende en exceso hacia la idealización. Así, por ejemplo, en una entrevista que le hace Salvador Giner en 1984, afirma que en ese texto siguió el método «idealtípico» y que «ahora escribiría un libro muy distinto», más en la línea de los otros escritos en que también abordó la temática del encaje de Cataluña en España y Europa (Giner, 1985, p. 6)14. Asimismo, en otros lugares puntualizó que su opúsculo no tiene ánimos de exhaustividad y que tal vez debería haberse titulado «Algunas formas de la vida catalana» (Mora, 1989, p. 13). En resumen, Ferrater Mora era muy consciente de las carencias o limitaciones de su escrito. Con todo, nunca se retractó explícitamente de lo que defiende en él y siempre sostuvo que el opúsculo sirvió bien la función de «abrir un debate» sobre el hecho diferencial catalán o, si se quiere, sobre el mundo catalán.

Naturalmente, Ferrater Mora no abrió ningún debate propiamente, si por «abrir» entendemos «originar» algo hasta entonces inexistente. Con anterioridad a él, una retahíla muy notable de autores había abordado ya la cuestión partiendo de la misma pregunta: qué rasgos caracterizan el «ser catalán»15. Y no es preciso remitirse aquí a autores casi míticos del siglo XIX como Llorens i Barba o Torras i Bages. Basta con recordar, por ejemplo, al impulsor de la colección Bernat Metge, el mallorquín Joan Estelrich, quien sostuvo en 1922 que «las cualidades propias del genio catalán» son «el seny, la claridad, la contundencia y la ironía» (Estelrich, 1922)16. También sería muy pertinente traer a la memoria un texto poco conocido pero muy influyente como es L’aptitud econòmica de Catalunya (1929), de Carles Pi i Sunyer. A pesar del título, el texto de Pi i Sunyer versa antes que nada sobre el hecho diferencial catalán y, de algún modo, anticipa algunas de las afirmaciones que posteriormente haría Ferrater Mora —aunque no nos consta que este lo leyera17. No se trata, pues, de un tema inexistente. Lo que sí es cierto es que el texto de Ferrater Mora dio un nuevo impulso al debate en un momento en que el grueso de la cultura catalana se hallaba en el páramo del exilio, un impulso que se alargó durante lustros18.

5. Llegar a lo europeo y lo hispánico a partir de lo catalán

Pero vayamos al contenido. ¿Qué sostiene Ferrater Mora en Las formas de la vida catalana? Y más específicamente, ¿qué sostiene en el texto que nos pueda ayudar a hacernos una idea cabal de su visión de los mundos catalán, hispánico y europeo? Como es bien sabido, Ferrater Mora identificó el «alma catalana» con cuatro formas: la continuidad, el seny, la mesura y la ironía. La primera conforma uno de los dos tipos particulares de ser en el tiempo, el que corresponde al de aquel hombre o grupo humano —Ferrater Mora los trata indistintamente— que está empeñado en existir a base de cambios e innovaciones, como si no quisiera tener nada que ver con el pasado y tan solo estuviera interesado «en invalidarlo, en destruirlo» (Ferrater Mora, 1963, p. 87). Según este modo de vida, uno se mantiene en el tiempo si se renueva constantemente. El otro se refiere al modo de ser de quien no niega ni reniega del pasado, sino que lo lleva a cuestas «sin esfuerzo» y, a partir de él, consigue renovar, si es preciso, el sentido de su existencia. En ese caso la historia no es ningún estorbo, sino «la base para cultivar nuevas posibilidades» y constituye «una especie de sabiduría» (ib., p. 91). Según Ferrater Mora, los catalanes cultivan este segundo tipo de ser en el tiempo y, en este sentido, son «tradicionalistas» (ib., p. 93). Ello se comprueba en el hecho de que «hasta ahora el respeto que los catalanes han sentido por su propia historia ha sido en general fuente de vida» (ib., p. 94). Pero también se comprueba en las dos maneras «cotidianas» con las que suelen ser asociados: el trabajo y la conciencia. El trabajo, en cuanto no se centra en el producto meramente, sino en el proceso, el «estilo», el «tener oficio», constituye un buen ejemplo de continuidad. Por otra parte, a los catalanes les repugna la «inconciencia», compendio de «la embriaguez mental, el sonambulismo y el desquiciamiento», que no son sino «los tres enemigos que tiene el alma catalana» (ib., p. 101). El catalán precisa del ser consciente de cada momento y de su realidad. Tan solo desde esta consciencia puede realizar la integración de su pasado en cuanto continuidad.

Ferrater Mora explica el seny —que en la obra Tres mundos no traduce, pero que en otros lugares había traducido por «sensatez»— a partir de otros conceptos, tales como la «prudencia», entendida a la manera de los romanos, o la «cordura» y el «tino», en cuanto forma de conocimiento gracias al cual «se separa el grano de la paja». El seny, sin embargo, también tiene que ver con la «discreción» y la «circunspección». Contrariamente a lo que suele opinarse, observa Ferrater Mora, a lo que no equivale el seny es al sentido común, o sea, al sentir que uno comparte —y debe compartir— con otros: «Hay solo un sentido común, pero muy diversas formas de seny o sensatez […]. El sentido común excluye la experiencia personal o, si se quiere, tiende constantemente a “rebajar” esta experiencia […]. En cambio, el seny o es cosa personal, y constantemente revivida, o no es nada» (ib., pp. 106-107). El seny, de hecho, sirve para «orientarse» en la experiencia, «integra la moral con la realidad» (ib., p. 108). Por otra parte, el seny no tiene nada que ver con un cierto retraimiento en la acción o con una cierta cobardía: «El hombre sensato o de seny no se apresura, pero tampoco suspende la acción» (ib., p. 105). En este sentido, el filósofo barcelonés discrepa de aquellos pensadores —una tradición que posiblemente iría de Torras i Bages hasta Vicens Vives— que han visto en el seny una consigna de prudencia del tipo vigila, cuidado, no te arriesgues. «Aun cuando sean a veces sensatos hasta la exasperación, los catalanes no están dispuestos a renunciar a las ilusiones. Solo quieren, o esperan, que no sean alucinaciones» (ib., p. 115).

La mesura es una forma muy cercana a la del seny, puesto que en ambas se rehúyen «los extremos para procurar integrarlos» (ib., p. 108). La diferencia, sin embargo, está en que el seny es una forma material, es decir, consta de una serie de contenidos, mientras que la mesura es una categoría formal, es decir, puede aplicarse a un número indefinido de contenidos. Consiste en una «constante invitación a que todo exhiba límites» (ib., p. 119). De algún modo responde al «de nada demasiado». La mesura se manifiesta entre los catalanes en términos de «predilección por las cosas concretas», «palpables y visibles». Esto conlleva una cierta desconfianza ante lo abstracto y una cierta propensión a lo corpóreo. En el campo de las artes, se concreta en una preferencia por las artes plásticas y, muy particularmente, por las artes plásticas relacionadas con la práctica de unas habilidades concretas propias de la industria y la artesanía.

El tipo de ironía que cultivan típicamente los catalanes, según Ferrater Mora, puede explicarse también por esta vinculación con lo mesurado. Porque no practican la ironía romántica —consistente en «disolver» una expresión para «alcanzar una verdad»—, sino la ironía clásica, que tan bien supo resumir Eugenio d’Ors cuando acuñó la expresión «la creencia a medias». Uno ironiza cuando al hablar de un modo oblicuo en lugar de hacerlo de un modo recto da a entender que «deja de creer en la verdad absoluta de lo que sea». Asimismo, el tipo de ironía de los catalanes no es la ironía «deses perada» que encontramos en Quevedo, tan cercana al sarcasmo, ni tampoco la ironía intelectual tan propia de los moralistas franceses, que no juegan con las cosas, sino con los conceptos; se trata de una ironía más bien «cervantina» que expresa «piedad» y que «no hiere ni lacera», «enemiga de la disolución y de la confusión» (ib., pp. 134-136). Por otra parte, aun cuando sea un «modo de escapar, o tratar de escapar» de la desesperación que tiene lugar en los períodos de crisis —«un modo de afrontar la perplejidad proponiéndose no echarse de cabeza contra cualquier muro» (ib., p. 137)—, la ironía de los catalanes no deforma la realidad hasta el punto de hacernos el mundo «aborrecible», sino que cumple con la función terapéutica de atemperar los problemas, «suavizar las aristas lacerantes de las cosas, aligerar el peso de los acontecimientos, poner en evidencia el carácter presuntuoso de todo fanatismo» (ib., p. 139).

Hasta aquí la breve descripción de las formas que, en opinión de Ferrater Mora, ayudan a definir el ser de los catalanes. Lo interesante, para nosotros, ahora, es que a partir de estas características sobre el «alma» o mundo catalán podemos acercarnos a las ideas que el filósofo barcelonés se hacía sobre los otros dos mundos, el hispánico y el europeo. Efectivamente, ya al principio del opúsculo Ferrater Mora afirma que «tres formas de vida colectiva han influido, o siguen influyendo, sobre la existencia catalana: la hispánica, la europea y la mediterránea» (ib., p. 84). Debemos entender Cataluña como un lugar de «prolongación» y «confluencia» a la vez de estas tres formas de vida colectiva. La continuidad, por ejemplo, sería el elemento más europeo. No es completamente europea, porque «algo de hispánico y de mediterráneo» tiene. Pero ese tipo de continuación que no reniega del pasado, sino que lo integra y saca de él una energía renovadora pertenece típicamente a lo europeo y aleja lo catalán de lo hispánico. En este punto, la versión en catalán resulta posiblemente más clara que la castellana —existen ligeros cambios entre las versiones—. Dice en la catalana: «[…] el món hispànic se’ns presenta d’antuvi com un viure essencialment discontinu, com una existència dispersa i fragmentària» (Ferrater Mora, 1980, p. 36)19. España se desarrolla a partir de discontinuidades20. «El món hispànic […] és, en efecte, un món on la història i cada un dels moments de la història no semblen mai indispensables» (ib.)21. El mundo hispánico posee, no obstante, un tipo de continuidad o permanencia. Pero se trata de un continuar metafísico, poco empírico, que se proyecta más acá o más allá de lo histórico, de carácter eterno, más bien moral.

Por otra parte, la mesura, el «de nada demasiado», sería un elemento netamente mediterráneo en la medida que alude a lo clásico. El seny también debe mucho a la mediterraneidad. En un pueblo marcado por el seny hay siempre una tendencia a lo externo, «lo palpable, la tierra, todo lo que tiene perfil, forma, figura», algo típicamente mediterráneo. En el mundo hispánico, en cambio, habría una cierta debilidad por lo abstracto, la idealización y lo místico. Asimismo, la pasión habría sido una constante en —y un elemento explicativo de— la discontinua historia española. Finalmente, la filiación de la ironía catalana a un mundo es ambigua: es y no es hispánica. Por un lado, se trata de una ironía clásica, no romántica ni desesperada o sarcástica como la de Quevedo. Pero, como vimos, coincide con el tipo de ironía castellana que encontramos en Cervantes: «Rehúsa tanto el juego del entendimiento como del arrebato del corazón» (Ferrater Mora, 1963, p. 135).

¿Cuál de estas formas es la más importante? ¿Cuál pesa más? Dada la adscripción entre formas y mundos que acabamos de ver, señalar una forma como la preponderante equivaldría a señalar qué mundo es más importante en el ser de los catalanes. Pero Ferrater Mora responde a esta cuestión más bien negando su sentido: todas las formas son «inseparables» cuando se trata de comprender el modo de ser de los catalanes (Ferrater Mora, 1963, p. 141). Todas ellas se hallan «integradas» en la forma general de ser de los catalanes y no es posible comprender bien una sin remitirse de algún modo a las otras. Con todo, resulta tentador ver en la primera de ellas, la continuidad, la forma sin la cual las otras formas no podrían realizar propiamente su función y, por consiguiente, la forma a la que cabe conceder una cierta preeminencia. Una tentación a la que resulta difícil resistirse al final del opúsculo cuando, en un ulterior esfuerzo de análisis, Ferrater Mora halla en la «perseverancia» o la «voluntad de persistencia» —una voluntad con claras reminiscencias a Vicens Vives—22 el elemento que unifica todas las formas (ib., p. 142). En efecto, cuesta no percibir en esta voluntad de persistencia una referencia velada a la forma de la continuidad, más cuando una de las especificaciones de tal continuidad es la consciencia de perdurar.

Si somos fieles a la argumentación de Ferrater Mora, conceder una cierta preeminencia a la forma de la continuidad por encima de las otras tres conllevaría conceder también una cierta preeminencia al elemento europeo en el alma catalana. El filósofo barcelonés no lo afirmó. Pero llegar a esta conclusión tendría una cierta virtud: nos permitiría dar más calado a una de las tesis que Ferrater Mora repitió, una y otra vez, en otros textos menos especulativos posteriores cuando habló de la relación entre Cataluña y España —por ejemplo, en el artículo «Una cuestión disputada: Cataluña y España», en catalán «Catalanització de Catalunya»—. Me refiero a la tesis según la cual Cataluña tendría una misión en España, concretamente la misión de «europeizarla». En este punto Ferrater Mora se adhiere a la consigna que ya había lanzado su amigo Vicens Vives en Notícia de Catalunya en 1954 y afirma que los catalanes deberían «dejar de pensar en términos de mera resistencia. Deben salir “de sí mismos, de la pequeñez, de la banalidad” y aprender a mandar. Deben dejar de ser primordialmente —de hecho o en espíritu— tenderos, payeses, artesanos. Deben aprender a ser también funcionarios» («Una cuestión disputada: Cataluña y España», ib., p. 172). El peligro de los catalanes es caer en el provincianismo, en el «morbo del pasado» y quedar atrapados en él, más específicamente en los contrafácticos de lo que hubiera podido suceder si… («Reflexiones sobre Cataluña», en ib., p. 146). Los catalanes deben salir afuera e introducirse en los entresijos del Estado español a fin de guiarlo hacia Europa. «Europa es el hogar concreto donde actualmente rebullen las mayores, y mejores, posibilidades para Cataluña y España» (ib., p. 173).

Pero ¿qué significa europeizar España? Significa básicamente modernizar el país, hacer de España un país moderno, avanzado, un «país rico, responsable, limpio» (ib., p. 174)23. Modernizar tiene aquí un significado poco controvertido: significa progreso social, político, técnico y económico. Cataluña estaría más cercana a la modernidad y sería más europea porque estaría más desarrollada. Ello habría sido así durante años, fruto de los cambios históricos relacionados con la Revolución Industrial. De hecho, una de las características de España es que está formada por regiones con ritmos diferentes hacia el futuro, hacia la modernidad24. Cataluña sería una de las regiones que estarían a la cabeza en esta carrera hacia el futuro. De ahí su misión de tirar de España hacia Europa, hacia el mundo moderno. Si no asume esta misión, corre el riesgo de devenir provinciana y, de algún modo, entrar en contradicción consigo misma. Porque, si los catalanes son un pueblo moderno realmente, no pueden hacer oídos sordos a la llamada modernizadora. Por eso puede hablarse también de la necesidad de «catalanizar Cataluña», más allá del mero gesto de poner rótulos en catalán en las calles de Barcelona. «Catalanizar Cataluña» no quiere decir sino «europeizar a Cataluña» (ib., p. 166), es decir, mantenerla en la senda de la modernidad, el cosmopolitismo, la urbanidad, la apertura, el progreso.

Esto no significa para nada, en opinión de Ferrater Mora, tener que renunciar a la propia personalidad o a la lengua propia, el catalán. Al contrario. A diferencia de lo que han sostenido tradicionalmente los románticos de inspiración germánica y en consonancia otra vez con Vicens Vives, no podemos decir que haya una conexión necesaria entre la lengua y la personalidad propia de los catalanes —los catalanes podrían expresarse como tales en otros idiomas—. Es decir, la peculiar integración de las cuatro formas catalanas que dan personalidad a los catalanes no precisa de la lengua catalana para expresarse. Pero, después de tantos años expresándose en tal lengua, «la personalidad catalana solo puede manifestarse con plenitud por medio del uso de su propia lengua» (ib., p. 161). Y esta fidelidad a la lengua, este vínculo contingente con la lengua catalana no tiene por qué suponer ningún impedimento a la hora de acometer la misión modernizadora que cabe atribuir al pueblo catalán. No hay ninguna incompatibilidad entre ser modernos y defender la cultura propia, la especificidad cultural. Europa es un ejemplo de ello. Tal vez el mejor ejemplo. Contribuir a que los españoles se den cuenta de esta compatibilidad es también contribuir a «europeizar» y modernizar España. Se trata de convencer a los españoles de que «catalanizar a Cataluña» no es restar nada a España, sino sumarle algo, algo que la acerca a Europa.

Ahora puede verse mejor por qué dijimos que la tesis sobre la misión de Cataluña en España, consistente en europeizarla, cobra un calado más hondo cuando la relacionamos con la conclusión a la que llegamos tras el análisis de las «formas catalanas». Efectivamente, si la forma de la continuidad tiene una cierta preeminencia en el alma catalana y la continuidad es una característica eminentemente europea, cuando Ferrater Mora afirma que la misión de Cataluña es modernizar o europeizar España lo que también está de algún modo defendiendo es que Cataluña debe contribuir a incorporar este sentido de la continuidad en España. Modernizar España debe significar ayudar a que los españoles puedan hacer las paces con su historia a fin de que puedan sacar de ella la energía renovadora que los impulse sólidamente hacia la modernidad. Posiblemente signifique incluso que deberían poder reconciliarse con su pasado. Pero no entraremos en el meollo: la idea de «reconciliación» está cargada de connotaciones y el riesgo de interpretaciones sesgadas es demasiado alto si no hay tiempo para una ulterior clarificación. Dejémoslo aquí.

6. Conclusión

En Consideración de Cataluña (1966), Julián Marías, buen amigo de Ferrater Mora y buen conocedor de sus obras, sostuvo que los catalanes tan solo pueden ser españoles desde su catalanidad. Sin necesidad de llegar a tal extremo, en nuestro ar tículo hemos aprovechado lo que sostuvo el filósofo barcelonés en Las formas de la vida catalana para esclarecer, a partir de su análisis de la personalidad catalana, qué pensaba sobre el mundo hispánico y el mundo europeo. Porque, tal sería nuestra tesis, Ferrater Mora llegó a integrar estos tres mundos a partir de su condición de catalán.

Con respecto a Las formas de la vida catalana, cabe decir que nos hemos dejado en el tintero muchas cosas. No hemos abordado muchos aspectos de gran interés para la comprensión de la trayectoria intelectual de Ferrater Mora. Por ejemplo, las influencias gracias a las cuales Ferrater Mora desarrolla su análisis. Algunas aparecen reconocidas en el texto: Ors, Unamuno, principalmente. Pero también son perfectamente reconocibles los trazos de Ortega y Gasset o de Bergson. Tampoco hemos dicho nada de las características que Ferrater Mora utilizó para dar cuenta de la filosofía en Cataluña —la fidelidad a la realidad, la propensión pactista, el profesionalismo y el deseo de claridad— y de su parecido con las cuatro formas del alma catalana25. Hablando de modos de hacer filosofía, tampoco nos hemos referido a su análisis sobre los modos de filosofar anglosajón, europeo y ruso26.

El análisis de Ferrater Mora sobre la personalidad catalana ha sido objeto de múltiples críticas. Como ya vimos, él mismo estaba dispuesto a aceptar que se trataba de un texto harto idealizante. Es posible que el principal error del texto fuera presuponer que hay un «alma catalana», es decir, un modo más o menos generalizado y compartido de expresarse la esencia catalana —como si tal cosa tuviera sentido—. Lo mismo cabría decir sobre su análisis del mundo hispánico o el mundo europeo. Hoy en día, estos discursos suenan a antiguo, trasnochado, casi decimonónico. Hoy resulta difícil aprovechar las ideas de Ferrater Mora para comprender Cataluña, España o Europa, sus intricadas relaciones mutuas, sus tensiones, sus posibilidades, etcétera. En cambio, el texto y sus reflexiones cobran mucho más interés y actualidad si son vistas como un análisis —fenomenológico, si se quiere— de las categorías continuidad, seny, mesura e ironía. Muchas de las afirmaciones que hizo Ferrater Mora sobre estas categorías todavía resultan sugerentes e iluminadoras.

En cualquier caso, gracias a Las formas de la vida catalana hemos podido entender mejor la visión de lo hispánico y lo europeo que albergaba Ferrater Mora y, asimismo, hemos podido comprobar hasta qué punto resultaba central en su análisis la idea de integración, una idea que ya apuntaba hacia el integracionismo. Tal vez fuera incluso ese texto el lugar en el que su doctrina más característica se expresó por primera vez (Mora, 1989, p. 10).

Fuentes y bibliografía

A excepción de las obras de Ferrater Mora utilizadas recurrentemente en nuestro texto, las menciones a las demás obras del autor no precisan de referencia bibliográfica explícita. Quien desee disponer de una referencia precisa puede dirigirse a la página que la Cátedra Ferrater Mora dedica a la producción escrita de nuestro autor.

Castellet, Josep M., et al. (2019): Debat sobre (la) cultura catalana. Barcelona: Avenç.

Clara, Josep; Cornellà, Pere; Marina, Francesc; Simon, Antoni (eds.), 1994-1998: Epistolari de Jaume Vicens. Girona: Cercle d’Estudis Històrics i Socials, 2 vols.

Echeverría, J. (1994): «El integracionismo de J. Ferrater Mora: una filosofía abierta al porvenir», en S. Giner y E. Guisán (eds.): José Ferrater Mora: El hombre y su obra. Santiago de Compostela: Universidad de Santiago de Compostela, pp. 107-125.

Estelrich, J. (1922): «Fundació Bernat Metge: Una col·lecció catalana dels clàssics grecs i llatins», en La Revista.

Ferrater Mora, J. (1963): Tres mundos: Cataluña, España, Europa. Barcelona: Edhasa.

Ferrater Mora, J. (1980): Les formes de la vida catalana. Barcelona: Edicions 62 y La Caixa.

Ferrater Mora, J. (2020): «Integracionismo», en Diccionario de filosofía, edición digital.

Giner, Salvador (1985): «Entrevista a J. M. Ferrater Mora», en Anthropos, núm. 49, pp. 5-11.

Gracia, Jordi (2006): La resistencia silenciosa: fascismo y cultura en España. Barcelona: Anagrama.

Llorens Jordana, Rodolf (2009 [1968]): Com han estat i com som els catalans. Barcelona: Pòrtic.

Mora, Antoni (1989): Gent nostra: Ferrater Mora. Barcelona: Edicions de Nou Art Thor.

Muñoz i Lloret, Josep (1997): Jaume Vicens i Vives: una biografia intellectual. Barcelona: Edicions 62.

Oliver, Joan, y Ferrater Mora, J. (1988): Joc de cartes 1948-1984. Barcelona: Edicions 62.

Pagès, J. (1991): «Integracionisme i continuisme. Mètode i ontologia a la filosofia de J. Ferrater Mora», en Revista de Catalunya, 53, pp. 24-36.

Pi i Sunyer, C. (1929): L’aptitud econòmica de Catalunya. Barcelona: Barcino, 2 vols.

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Vergés Gifra, Joan (2022): «Nosaltres els… Vicens Vives, Ferrater Mora i Fuster», de próxima aparición en las actas del Simposio Internacional Joan Fuster, que tuvo lugar en Valencia en febrero de 2022.


1  Ferrater Mora, J. (2020): «Integracionismo», en Diccionario de filosofía, edición digital.

2 Ib.

3  Ferrater Mora desarrolló su ontología integracionista princi palmente en El ser y la muerte: Bosquejo de una filosofía integracionista (1962). Existe una notable literatura sobre el integracionismo de Ferrater Mora. Véanse, en este sentido, los trabajos de J. Pagès (1991), J.-M. Terricabras (1993), C. U. Moulines (1994), J. Echeverría (1994).

4  Según relató Javier Muguerza en el laudatorio que leyó en 1986 con motivo de la concesión del doctorado honoris causa de la UNED, a mediados de los años sesenta, el Ministerio de Educación español había sondeado a Ferrater Mora sobre la posibilidad de volver a la universidad española. Si no lo hizo, fue porque puso como condición de su vuelta que los profesores José L. Aranguren y E. Tierno Galván fueran readmitidos en sus puestos (recordemos que habían sido apartados de la docencia por encabezar una protesta estudiantil en 1965).

5  Las cartas entre Oliver y Ferrater Mora salieron publicadas en 1988 (Oliver y Ferrater Mora, 1988). Las cartas entre Ferrater Mora y Benguerel aún están inéditas. Cabe destacar aquí también la correspondencia y amistad que Ferrater mantuvo con el crítico literario Domènec Guansé.

6  Así, por ejemplo, se integró al PEN Club Català, que envió al Congreso Internacional de Escritores que se celebraba en Estocolmo una carta denunciando el trato que recibía la lengua catalana en la España de Franco.

7  Véase la correspondencia entre Vicens Vives y Ferrater Mora. Tanto la que ha sido publicada (Clara et al., 1994-1998) como la que todavía se halla en el Archivo Vicens Vives, depositado en la Universidad de Girona.

8  Como muestra, dos botones: a) En 1967, el periodista Baltasar Porcel invitó a algunas de las figuras destacadas de la intelectualidad catalana a reflexionar sobre la cultura catalana. Ferrater Mora figuraba entre ellas. Los demás invitados fueron Josep M. Castellet, Joan Fuster, Joaquim Molas y el propio Porcel. Las charlas fueron grabadas y posteriormente transcritas. Véase Castellet et al., 2019. b) En segundo lugar, la participación de Ferrater Mora en los Debates críticos sobre la cultura catalana organizados por el Departament de Cultura de la Generalitat en 1983.

9  En el Archivo Ferrater Mora de la Universidad de Girona se conservan, por ejemplo, las cartas de J. L. Aranguren (110 cartas), Francisco Ayala (104), Américo Castro (94), José R. Echeverría (112), José L. González Quirós (41), Julián Marías (59), Juan Marichal (178), Javier Muguerza (173), Ezequiel de Olaso (144), José Ortega Spottorno (77), Esperanza Guisán (44), Jesús Mosterín (35) o María Zambrano (27).

10  Su primer doctorado honoris causa lo recibió el 1979 en la Universidad Autónoma de Barcelona. Posteriormente, en la Universidad de la República (Uruguay, 1983), la Universidad Nacional de Tucumán (Argentina, 1983), Universidad Nacional de Colombia (1983), Universidad Nacional de Educación a Distancia (España, 1986), Universidad Nacional de Salta (Argentina, 1986), Universidad Nacional de Cuyo (Argentina, 1988), Universidad de Barcelona (1988) y Universidad de Santiago de Compostela (España, 1991, a título póstumo).

11  Una buena parte de esas colaboraciones periodísticas quedaron recogidas en los libros El hombre y su medio y otros ensayos (1971), Ventana al mundo (1986), Mariposas y supercuerdas: diccionario para nuestro tiempo (1994).

12  Véase a este respecto la carta del 30 de julio de 1960 que Bochenski dirigió a Ferrater Mora con motivo de la publicación de su libro Philosophy Today (1960; en 1959 había salido una versión en castellano bajo el título La filosofía en el mundo de hoy; en 1965 saldría en catalán como La filosofía en el món d’avui). El filósofo polaco elogia especialmente la división geográfica de las corrientes filosóficas en «europea», «rusa» y «anglosajona» (Archivo Cátedra Ferrater Mora, UdG).

13  «[…] el seny no excluye, sino que muchas veces postula el atrevimiento y la osadía […] el ideal del seny es perseguir lo que es justo, conveniente y correcto, aun cuando tal persecución sea en algunos momentos la acción más insensata que uno pueda imaginar».

14  En el Diccionario de filosofía, Ferrater Mora, hablando del método weberiano, escribe que los «tipos ideales» son «modelos o construcciones racionales que funcionan a la manera de conceptos límites y que describen modos de comportamiento social que tendrían lugar en condiciones de total racionalidad». Véase la entrada «Weber, Max» en https://www.diccionariodefilosofia.es/es/diccionario/l/4236-weber-max.html

15  Por no mencionar, claro está, todo el debate sobre el «ser español» que se originó a finales del siglo XIX y que, claro está, repercutió sobre el debate específicamente catalán.

16  La traducción del catalán es nuestra.

17  Carles Pi i Sunyer (1888-1971) ocupó cargos muy notables en el panorama político de los años treinta: consejero de la Generalitat, ministro en el Gobierno central, alcalde de Barcelona. Como decimos, no nos consta que Ferrater Mora lo conociera. Pero el libro de Pi i Sunyer, en dos volúmenes, fue influyente en toda una serie de personas cercanas al filósofo. Así, por ejemplo, en el fondo personal que se conserva en la Universidad de Girona podemos comprobar que Vicens Vives poseía un ejemplar de la obra de Pi i Sunyer con múltiples subrayados y anotaciones al margen. Naturalmente, decir que influyó en Vicens Vives no equivale a decir que lo siguiera al pie de la letra. Con respecto a la idea de seny, por ejemplo, Pi i Sunyer no suscribió la interpretación que asimila seny con prudencia casi en exclusiva, sino que se acercó a la interpretación que vincula el seny a la «decisión y la firmeza» (véase Pi i Sunyer, 1929, vol. II, p. 29).

18  Un buen ejemplo de ello es la publicación del libro de Rodolf Llorens Jordana Com han estat i com són els catalans (2009 [1968]), una crítica explícita a Ferrater Mora.

19  «[…] el mundo hispánico se nos presenta de entrada como un vivir esencialmente discontinuo, como una existencia dispersa y fragmentaria».

20  Jordi Gracia, un autor que ha leído con detenimiento a Ferrater Mora, en su ensayo La resistència silenciosa (2006) también relaciona el catalanismo con la voluntad y necesidad consciente de mantener una continuidad y lo contrasta con la voluntad de discontinuidad del falangismo.

21  «El mundo hispánico […] es, en efecto, un mundo en el que la historia y cada uno de los momentos de la historia no parecen nunca indispensables».

22  Vicens Vives había afirmado al final de su Notícia de Catalunya que lo característico de los catalanes es la «voluntad de ser».

23  Resulta difícil no ver una conexión por contraste entre esta frase de Ferrater Mora y el famoso inicio del poema Assaig de càntic en el temple, de Salvador Espriu: «Oh, que cansat estic de la meva / covarda, vella, tan salvatge terra, / i com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord enllà, / on diuen que la gent és neta / i noble, culta, rica, lliure, / desvetllada i feliç!» («¡Oh, qué cansado estoy de mi / cobarde, vieja, tan salvaje tierra, / y cómo me gustaría alejarme de ella, / hacia el norte, / donde dicen que la gente es limpia / y noble, culta, rica, libre, / despierta y feliz!»).

24  Vicens Vives apreciaba especialmente esta tesis de Ferrater Mora sobre los ritmos distintos de las regiones españolas (Muñoz i Lloret, 1997, p. 303).

25  Sería interesante relacionar la idea según la cual la filosofía en Cataluña tiende al «pactismo» («Reflexions sobre la filosofía a Catalunya», publicado en Ferrater Mora, 1980) con la sugerencia —tal vez irónica— que hizo Ferrater Mora a Rubert de Ventós de que posiblemente el integracionismo tenga que ver con el talante pactista de los catalanes.

26  Las reflexiones de Ferrater Mora sobre el filosofar de los anglosajones, europeos y rusos están recogidas en las distintas versiones de su La filosofia en el mundo de hoy y también en sus Obras selectas. Pero el texto apareció en forma de artículo en 1956 en la revista alemana Monat.

TSN nº15, 2023. ISSN: 2530-8521