Monográfico
TSN nº 13, 2022. ISSN: 2530-8521
MARÍA ZAMBRANO Y EDISON SIMONS: UNA AMISTAD NACIDA EN EL CAUCE DE LOS SUEÑOS DE LUCRECIA DE LEÓN
María Zambrano and Edison Simons: a Friendship that Was Born in the Riverbed of Lucrecia de León’s Dreams
Manuela Moretti
Università di Trento (Italia) y Facoltà di Teologia di Lugano, Università della Svizzera Italiana (Suiza)

RESUMEN

En el presente trabajo se indaga la intensa relación de amistad entre María Zambrano y Edison Simons a la luz del común interés por Los sueños de Lucrecia de León, pertenecientes a la dama soñadora de la corte de Felipe II que protagonizó el más importante y documentado caso de profecías en la historia de España. Se tratará de aproximarse a los sueños de Lucrecia gracias a la atenta lectura que Zambrano ofrece de los mismos, a través de las imágenes que aparecen en ellos y que fluyen como agua en el cauce de un río, sin nunca cristalizarse en conceptos abstractos. Además, se ofrecerá una lectura de Lucrecia a través de su analogía con Antígona, criatura a la par intacta e inocente, de gran importancia en el pensamiento de la filósofa española.

Palabras clave: María Zambrano, Edison Simons, Lucrecia de León, sueños, Antígona

ABSTRACT

This paper focused on the intense friendship between María Zambrano and Edison Simons, in the perspective of their common interest in Los sueños de Lucrecia de León, a text belonging to the dreaming lady of the court of Felipe II involved in the most important and documented case of prophecies in the history of Spain. Starting from Zambrano’s careful reading, Lucrecia’s dreams will also be investigated through the images that flow like water in a riverbed, without crystallizing into abstract concepts. In addition, a reading of Lucrecia will be offered through the analogy with Antigone, another creature intact and innocent, that has a great importance in the thought of the Spanish female philosopher.

Keyword: María Zambrano, Edison Simons, Lucrecia de León, dreams, Antigone
• Contenido •

Introducción

La amistad entre María Zambrano (Vélez-Málaga, 1904-Madrid, 1991) y el poeta, traductor y artista Edison Simons Quiroz (Colón, Panamá, 1933-París, 2001) empieza a mediados de agosto de 1977, cuando el amigo panameño decide ir a visitar a la filósofa española en su casa de La Pièce, a los pies del monte Jura. En esa casa «muy modesta, muy metida en el bosque, a dos kilómetros del pueblo más próximo que es en realidad un caserío» (Zambrano y Rivas, 2004, p. 128) donde Zambrano vivía junto al primo Mariano Tomero, Simons llega caminando desde Gex, después de dos largas horas de camino. Simons camina hacia ese lugar ameno adentrándose poco a poco en esos claros del bosque que la razón puramente abstracta del racionalismo occidental no puede iluminar, como iniciación que es preludio de una amistad muy significativa para ambos. El motivo de la visita era el deseo de trabajar juntos en el libro Los sueños de Lucrecia de León 1, pertenecientes a la dama soñadora de la corte de Felipe II que protagonizó el más importante y documentado caso de profecías en la historia de España. Zambrano había conocido la figura de Lucrecia de León gracias a la amiga Joaquina Aguilar, una joven traductora licenciada en Filosofía que deseaba firmar con ella un libro sobre los sueños proféticos de la dama soñadora, que se intentaban ocultar por miedo a la Inquisición (véase Zambrano y Simons, 1995, p. 35). Es Simons quien lleva de nuevo la atención de Zambrano a Lucrecia, y el proyecto de recoger, comentar y publicar sus textos, todavía inéditos, los une profundamente.

Es con el deseo intacto de trabajar en Los sueños de Lucrecia de León que Simons debió adentrarse en los claros del bosque de La Pièce, como los llama el mismo poeta panameño en una clara referencia al texto zambraniano Claros del bosque, camino que le permite llegar hasta la modesta casa de Zambrano a los pies del monte Jura. En aquella oscuridad cuya sombra trae esa claridad que surge solamente desde los lugares más oscuros, Simons camina durante ocho o diez kilómetros, acercándose no solamente a la casa de Zambrano, sino también a su figura, tan importante durante toda su existencia. Esa misma noche en la que el poeta llega a La Pièce, empezará esa larga amistad que solo terminará con la muerte de la filósofa.

Sarasvatī

El misterio que toda tormenta esconde parece inaugurar el vínculo de amistad entre Zambrano y Simons. En la misma noche en que Edison llega a la casa de Zambrano, un cortocircuito debido a las adversas condiciones meteorológicas deja todo en la más profunda oscuridad. El mismo Simons recuerda esos instantes con estas palabras:

Mientras soplaba el viento y caía una lluvia torrencial, recuerdo que comentando el poema «Los dioses», de Lezama Lima, que estaba yo traduciendo al francés por la revista Po&sie, levantó la voz más alto de lo normal al pronunciar el nombre SARASVATĪ 2. En ese instante, por una descarga celeste, se produjo un cortocircuito y estalló la ampolleta de la lámpara que iluminaba la mesa. María lanzó un grito. Pero casi enseguida se aplacó la tormenta y volvieron las luces. María entonces se levantó, salió de la habitación y volvió con una pequeña caja. La abrió y fue sacando de ella su colección de sacros abalorios (pendientes desparejados, anillos sin piedra, collares que habían perdido la mitad de sus cuentas, brazaletes rotos) que habían pertenecido a su hermana Araceli y que ella conservaba con piedad sororal. Yo fui nombrando los objetos a medida que ella los colocaba en la mesa y tracé con todos una figura sobre el mantel. Apareció una constelación, mas no me acuerdo de su forma. Al día siguiente, después del desayuno, María se explayó sobre el Eros de los griegos y la androgénesis, mostrándome una foto de Hermes de Praxiteles con Dionisos en brazos. Antes de irme me dijo: «Tienes que entrar en el orbe del reconocimiento, pues, de no ser así, estarás obligado, durante toda tu vida, a hablar con los que ya saben». Allí se inició nuestra intensidad. (Zambrano y Simons, 1995, pp. 11-13).

Es en aquel misterio que no requiere ser revelado, en una constelación hecha por esos sacros abalorios cuyo sentido oscuro tiene que ser respetado —sin caer en la tentación, tan profundamente radicada en el hombre occidental, que desea revelar lo que, por su naturaleza, no puede ser aclarado por una racionalidad puramente abstracta—, que es necesario aproximarse a esa inmensa intensidad que la amistad entre Simons y Zambrano esconde.

La «Patria secreta» como lugar simbólico de la amistad entre Simons y Zambrano

La amistad entre Simons y Zambrano se afirma, como hemos señalado, gracias a ese primer encuentro ocurrido en una noche de agosto de 1977, como testimonia también el prólogo al intenso epistolario (Zambrano y Simons, 1995, p. 11). Muchas son las afinidades entre los dos intelectuales, tantas que la filósofa se refiere a ese vínculo tan profundo que los une como a «nuestra Patria secreta» (Zambrano y Simons, 1995, p. 46) 3: se trata de un lugar íntimo y especial que indica una «relación espiritualmente orientada» (Buttarelli, 2012, p. 14) cuyo sentido no puede ser comprendido fuera del Mar común que los une (véase Zambrano y Simons, 1995, p. 46). Zambrano y Simons parecen encontrar un lugar privilegiado común donde la condición de nómada del poeta panameño y la del exilio de la filósofa española se encuentran: es interesante destacar cómo Simons, a la par que Zambrano en su exilio, encuentra en su condición de nómada su verdadera «Patria», una tierra que, aunque no sea ubicada geográficamente, permite a los dos amigos unirse en amistad.

En la intensa correspondencia entre los dos amigos, la «Patria secreta» viene a delinearse así como un lugar donde es posible comunicar incluso en el silencio, en un espacio donde «la palabra [impone] su reposo hasta rozar o amenazar con su desaparición» (Zambrano y Simons, 1995, p. 30). Un lugar vacío y generativo a la vez, donde el silencio es condición imprescindible para que la palabra nazca desde las mismas entrañas de la realidad y donde los dos pueden estar juntos en recogimiento, en esa «soledad acompañada» (Zambrano y Simons, 1995, p. 40) que Zambrano ofrece a Simons en una de sus cartas. Es precisamente desde «ese silencio efectivo que rara vez se da» (Zambrano y Simons, 1995, p. 37) que la filósofa española se adentra en la inmensidad de los poemas de Simons, expresión de un misterio, escribe Zambrano dirigiéndose al amigo poeta con palabras llenas de admiración, «ante el cual o con el cual solo puedo inclinarme», una vez más, «en silencio» (Zambrano y Simons, 1995, p. 37).

Para adentrarse en esa «Patria secreta» que es no solamente el lugar simbólico de la intensa amistad entre los dos, sino también la tierra donde nace el común interés hacia Los sueños de Lucrecia de León, es necesario detenerse en algunos aspectos biográficos de Simons que preceden el encuentro con la filósofa española, acontecimiento que coincide con la primera publicación de los Mosaicos, la principal obra del poeta panameño.

Edison Simons y los Mosaicos

Edison Simons deja su tierra natal muy joven, en 1951, año en el que empieza sus estudios en la Universidad Complutense de Madrid. En 1957 se traslada a París, donde recibe la enseñanza de Jean Beaufret y se relaciona con importantes poetas y artistas de la capital francesa. En 1965 viaja a Patagonia para participar en Amereida, travesía poética que tenía como objetivo descubrir nuevamente América mediante la celebración de actos geopoéticos (phalènes). Gracias a este viaje, que desde Patagonia conducirá el heterogéneo grupo —formado por poetas, filósofos, arquitectos y pintores— hasta Bolivia, nacerá la obra colectiva Amereida. En 1971 Simons regresa a Europa, donde viaja por Italia, Francia, Polonia, Inglaterra, España. Sucesivamente, vivirá un año en Tokio y regresará también a Panamá, su tierra natal. En 1976 se instala en Caracas, lugar donde nace Mosaicos, su principal obra poética. En 1977 regresa a España y es en esta época, en el momento más creativo para el poeta panameño, que nace la amistad con Zambrano, justo cuando empieza a publicar sus poemas de forma dispersa en importantes revistas de todo el mundo. La experiencia de los viajes se refleja en la obra poética de Simons, especialmente en sus Mosaicos, que se caracterizan por la utilización de diferentes idiomas que se mezclan en el texto y por la expansión de la palabra hasta el límite, donde toda regla gramatical o fonética permanece fiel solamente a los versos de cada poema (Gimferrer, 2009, p. 7 y Moretti, 2012, p. 25). Esta manera de proceder hace que cada poema sea original e independiente, ya que los Mosaicos, como afirma el mismo Simons en una carta de junio de 1979 dirigida a María Zambrano, «no se parecen a nada» (Zambrano y Simons, 1995, p. 88).

Simons seguirá trabajando en sus Mosaicos durante más de veinte años, y no deben haber sido indiferentes las palabras alentadoras con las que la misma Zambrano, en los primeros años en que se engendra su inmensa obra, se refiere a su poesía, capaz, como escribe la filósofa al amigo poeta, de calarse «en la honda claridad de los ínferos que al salvarse salvan» (Zambrano y Simons, 1995, p. 92). Su poesía, que, a la par del pensamiento zambraniano, se engendra desde la oscuridad de la realidad misma rehuyendo a toda tentación de categorización, aspira a una unidad originaria que posee una estructura no arquitectónica, sino musical. Es en esta común capacidad de quedar fieles a la realidad misma, sin homologarse a un saber ya adquirido, que es necesario pensar esa «Patria secreta» que es el símbolo inequívoco de la profunda amistad entre Simons y Zambrano.

María Zambrano, única guía espiritual de Edison Simons

María Zambrano ha sido no solamente una amiga, sino una autentica guía espiritual para el poeta panameño. Dan testimonio de ello la intensa correspondencia entre los dos, recogida en el libro editado por Fugaz Ediciones, así como el manuscrito que el poeta dedica a la filósofa española, publicado en Po&sie, donde Simons escribe que «raro es encontrar en esta vida una guía como lo fuera Miguel de Molinos para Cristina de Suecia», pero que si su «único maestro de filosofía fue Jean Beaufret», su «único guía espiritual fue María Zambrano» (Simons, 2009, p. 20). En Zambrano, Simons reconoce la capacidad propia de la guía capaz de alejarse de esa forma de pensar pura y sistemática que impide a la realidad manifestarse en su entereza para acercarse a un pensamiento que no se ha divorciado de la vida misma. Se trata de saber seguir un saber transformador que se nutre de ese conocimiento poético que no puede ser categorizado en un sistema de razones abstracto. Estamos frente a verdades que no requieren ser reveladas, pues «su esencia no es ser conocidas, sino aceptadas» (Zambrano, 2016, p. 473). Lo que Zambrano ofrece a Simons es un verdadero camino de vida, íntimamente vinculado a la experiencia, que se ofrece en intuiciones, imágenes y figuras. Es en esta constelación que es necesario leer la intensa correspondencia entre Simons y Zambrano, propia de una amistad que quiere quedar secreta e íntima, como testimonian las numerosas referencias a elementos simbólicos que el poeta y la filósofa utilizan entre ellos. Un lenguaje, el de Zambrano y Simons, que se nutre de varias fuentes: desde la mística sufí hasta la mística hebraica, desde los evangelios apócrifos hasta las simbologías cristianas y marianas, desde la antigua sabiduría hasta los problemas de la historia más reciente. Una simbología inmensa y complicada, pero en la que es posible orientarse gracias a ese saber de la guía que nunca se aleja de la realidad y que permite adentrarse en los senderos más oscuros de la propia existencia. Una «Patria secreta» que, como hemos visto, se aleja de esas verdades que no son capaces de poner en marcha la vida misma. Simons encontró en Zambrano una guía que, más que hablar, señala una dirección que hay que seguir: a la manera del sabio, la guía sale de su silencio solamente para comunicar. Como acuerda la filósofa citando a Heráclito: «El sabio no dice ni oculta: indica» (Zambrano, 2016, p. 479) 4 . Por lo tanto, «el que habla por experiencia, aunque indique, aunque calle lo más importante, comunica; y cuando calla lo hace como Sócrates, para que el otro sienta nacer dentro de sí lo que necesita y sea lo más suyo; para que lo sepa por experiencia también» (Zambrano, 2016, p. 479).

El modo propio del saber de la guía es «comunicativo y enigmático sin contradicción» (Zambrano, 2016, pp. 479-480), el mismo que encontramos en las cartas entre Simons y Zambrano, en esa «Patria secreta» cuyo secreto ha de ser solamente indicado como posible horizonte.

De esta forma, la guía zambraniana ofrece a Simons la posibilidad de ofrecer una figura a la inmensa constelación de símbolos, evocaciones y referencias doctas de la que se nutren los versos del poeta panameño: se trata de «figuras que enamoran» (Zambrano, 2016, p. 488), figuras mediadoras como Lucrecia y Antígona, capaces de salvar del hermetismo y de ofrecer una visión que nunca se deja cristalizar en un sistema de razones.

La guía zambraniana no se limitará a esto, sino que se extenderá también en ayudar al amigo poeta en las dificultades económicas debidas a su voluntad de conducir una existencia nómada, sin ningún otro trabajo estable que no fuera escribir. A pesar de sus condiciones igualmente precarias, Zambrano ayuda al amigo económicamente, con mucha discreción, en los momentos más difíciles de su existencia, como testimonian algunas significativas cartas. Así escribe Zambrano al amigo panameño en una carta datada en septiembre de 1977: «Le ruego, Edi, que la pequeñísima suma q.[que] de Hispamerca le han entregado, la use. Yo no la voy a usar y ya le diré cuando vaya a hacerlo» (Zambrano y Simons, 1995, p. 36); y en abril del año siguiente se dirige a Simons con estas palabras: «Escribiré pronto a los de Seix y Barral. Claros del bosque ha de estar al salir y les daré tu nombre y dirección para que te envíen un ejemplar y cien dólares de los quinientos que me corresponden como derecho de autor, y que te ruego aceptes lo mismo q.[que] estos adjuntos para que una vez cambiados los olvides, los olvides dejándolos en ese fulgor inextinguible y del Mar que nos une, nuestra Patria secreta» (Zambrano y Simons, 1995, p. 46).

Lucrecia y Antígona

Es en esa «Patria secreta» que, como hemos señalado anteriormente, une a los dos intelectuales y bajo la guía que Zambrano ofrece a Simons que es necesario leer el común interés hacia Los sueños de Lucrecia de León.

Lucrecia aparece, en el pensamiento de la filósofa malagueña, en aquella procesión de figuras mediadoras constituida por esas jóvenes que encontramos en los escritos de Zambrano, junto a Antígona, Catalina, Juana, Bernadette, Simone Weil… Pero es ante todo en Antígona donde la semejanza aparece con mayor claridad. Lucrecia es criatura intacta y pasiva, ajena, como Antígona lo es a la ley de la ciudad. Con su sacrificio, descubre una nueva ley, que es también la más remota y sagrada. Su pureza se hace claridad y aun sustancia misma de humana conciencia en estado naciente. Es en esta perspectiva que podemos incluir a Lucrecia en la estirpe inaugurada por la heroína sofoclea.

Es una estirpe la que Antígona funda o, a lo menos, nos da a ver. En el lenguaje de hoy, un arquetipo. Hace reconocibles a personajes poéticos y a humanas criaturas, conduciéndoles, como ella se conduce, más allá y por encima de sí misma. Es la estirpe de los enamorados, no solamente vivos, sino vivientes. En lugares señalados, o en medio de la ciudad entre los hombres indiferentes, dentro de una muerte parcial, que les deja un tiempo que los envuelve en una especie de gruta que se puede esconder en un prado o en un jardín, donde se les ofrece un fruto puro y un agua viva que les sostiene ocultamente: sueño, cárcel a veces, silencios impenetrables, enfermedad, enajenación. Muertes aparentes. Lugares reales y, al par, modos con que la conciencia elude y alude, se conduce, ante estas criaturas. Y ellas se ocultan y reaparecen según números desconocidos. Vuelven en una aparición que progresa al modo de la aurora. (Zambrano, 2011b, pp. 1126-1127).

Lucrecia, como Antígona, pertenece, de hecho, a esas figura mediadoras, sin ansia de creación y posesión, que se hacen reconocibles por su

Simplicidad, pureza, nitidez […]. Lo que en ellas se afirma y resplandece es su condición de criaturas 5 —figuras, palabras del primer poema—. Memoria despierta del Fiat Lux, al que les es dado responder con el Fiat mihi de la criatura primera, sin que ellas siempre lo sepan. Criaturas virginales de larga vida, pues que cuando se les acorta, se les da un tiempo propio, inalienable. (Zambrano, 2011, p. 1127).

Antígona, como Lucrecia, es «una heroína primaveral de la especie Perséfone, como ella raptada, devorada viva por la tierra» (Zambrano, 2011a, p. 1054), y por lo tanto no muere, no puede morir, sino solamente vivir como conciencia inocente en cada hombre. Sofocada, como la heroína sofoclea, por la historia, Lucrecia no obedece a la ley abstracta de la ciudad, sino que aparece como una criatura «invisible, inasible, inalcanzable» (Zambrano y Simons, 1995, p. 64). Así la describe María Zambrano:

Así era Lucrecia, de una hermosura ardiente y contenida que podía tornarse inadvertida y solo visible ante algunos ojos en ocasiones y, sobre todo, desde que ella se diera cuenta de sí misma. Mas ¿se lo permitieron?, ¿le dieron acaso lugar, tiempo, para soñar su propio sueño? (Zambrano y Simons, 1995, p. 64).

A la par que Antígona, Lucrecia necesita tiempo para renacer. Como lo heroína sofoclea, que en la escritura zambraniana de la tragedia sofoclea renace de sus mismas entrañas, en esa tumba que es a la vez un lugar de nacimiento, Lucrecia necesita renacer desde ese estadio primordial de nuestra vida que encontramos también en el sueño, donde la conciencia todavía no ha aparecido.

En el cauce del sueño de Lucrecia

Es desde un sueño de la doncella Lucrecia que Zambrano escribe el prólogo al volumen Sueños y procesos de Lucrecia de León. Lo reportamos integralmente:

A 22 de noviembre de dicho ano (1.587), apareció este hombre que suele, a esta doncella todo cargado a luto. Y cuando le vio suspiró diciendo: «No es por nuestro bien». Y respondió: «Mucho es que adivinas lo que te quiero decir». Y llevola a esta doncella a Palacio, el cual estaba todo colgado de negro. Y estaban dos hombres a la puerta de palacio diciendo… Y luego llevó este hombre a esta doncella al escorial, y estaba un túmulo muy alto en la Iglesia, y la Iglesia toda colgada de negro. Y llevola a las orillas del mar, y allí había una palma en la cual dijo este hombre a esta doncella se recostase y arrimada a ella la palma se bamboleaba a una parte y a otra, y con cualquier viento se movía. Y pedía a este hombre esta doncella le dijese la significación. Y dijo: «Esta palma, has cuenta que es tu Rey, y los movimientos que tiene son sus consultores que se mueven». Y mandándola se tornase a arrimar a la palma, y si estuviese un poco queda entenderían que este Rey había hecho alguna cosa en servicio de Dios y ella se arrimó y porque, no estando queda, dijo no querer estar queda. Y díjole: «Ahí verás en cuanto se ha hecho, no ha hecho servicio a Dios». Y desapareciose la palma. Y vinieron los dos pescadores todos cargados de luto, y esta doncella saludó al más viejo diciendo: «Dios te salve, padre Adán». Y dijo al hombre que iba con ella: «¿Hasle tu dicho ese nombre?». Y respondió que no. Y esta doncella le dijo: «Como te veo tan viejo, te llamo padre Adán». Y díjole que le dijese las causas por que andaba vestido de negro. Y que si no era cosa que se podía decir, que no la dijese, porque ella lo había luego de decir. Y también le dijo: «No hago hincapié en estos sueños. Y si lo que ha dicho el Profeta, bien lo puedes decir». Y dijo este hombre: «¿Que ha dicho?». Y ella respondió que se ha de perder España y se ha de morir el Rey. (A. H. N. Inq. Leg. 3712, fols., 27 y 28; cit. Blázquez, 1987, p. 9).

Este sueño es la ocasión para Zambrano de profundizar en algunos aspectos del soñar, asunto de primaria importancia en el pensamiento de la filósofa malagueña, como testimonian sus numerosos escritos sobre el tema. Nos acercamos así a las palabras de la doncella sin ninguna voluntad de desvelamiento, ya que los sueños no son la presentación de un cierto argumento, sino el medio, «la forma sueño» (Zambrano, 2011a, p. 1016), cuyo contenido es formado por imágenes que fluyen como agua en el cauce de un río, sin nunca cristalizarse.

Lucrecia, criatura intacta e inocente

El sueño de Lucrecia, como señala Zambrano, tiene un preciso punto de detención: la palma, «única estación de este viaje» (Blázquez, 1987, p. 16). El lugar que aparece de inmediato y que podemos considerar como el núcleo mismo del sueño es el lugar de la palma, que, a diferencia del rey, es femenina en grado extremo. Es interesante, como señala la misma Zambrano, la analogía con el nacimiento de Jesús, que en el Corán tuvo lugar a los pies de una palma:

y aún podemos tener en cuenta que, según el Corán, la Virgen María da a la luz su niño Jesús (él santo, perfecto, y ella virgen, que lo concibió por obra del Espíritu y no de varón) a solas arrimada a una palmera, pues que sola había salido de la casa de sus padres para eso. (Blázquez, 1987, p. 17).

Lucrecia es, como hemos visto, criatura intacta e inocente:

una criatura permanente, de las que, a imagen y semejanza de la Virgen, única criatura humana perfecta, no muere, sino que transitan; como la luz, se eclipsan sin que las fases tengan una duración calculable. Las matemáticas a las que obedece no son calculables, ni los lugares y las circunstancias en que esto se verifica. (Zambrano, 1995, p. 64).

El pasaje de la figura de Lucrecia a la Virgen María muestra una antropología inédita, donde el ser no es puesto a priori, sino que nace de la misma experiencia, de la fidelidad a su mismo ser, en un proceso contrario al de la filosofía clásica. Lucrecia es «Virgo potens», «Virgo fidelis» como dice la letanía de la santa Virgen, y también «Virgo clemens» y «Speculum Justitiae» (Blázquez, 1987, p. 14). Su virginidad, como la de la Virgen María, no está en contradicción con el ser madre, sino que expresa esa fidelidad virginal y pura a su mismo ser:

Esta doncella se manifiesta así, en cumplida forma, lo propio y esencial de la virginidad como ser más allá de como estado. La fidelidad es el núcleo de este ser, su absoluto. Y el mantenimiento de esa total fidelidad es lo que mantiene a su vez intacta en su ser a la doncella, aunque llegara a ser madre, pues la condición maternal se nutre de esta pureza, actualiza la potencia encerrada en la entera doncella. (Blázquez, 1987, p. 14).

Lucrecia de León es la encarnación del ser humano en su pureza ontológica, es el ser humano puro, «vaso que encierra las más maravillosas posibilidades del ser humano, criatura intacta y pasiva. Pasividad y potencias mientras sea fiel, y no solo a su estado, sino a ese su ser» (Blázquez, 1987, p. 14).

El destino común de Lucrecia y Antígona

Como aparece en el sueño, Lucrecia no quiso dar a la luz la verdad de ese rey: como Antígona, que se niega a obedecer a la ley abstracta de Creón, Lucrecia no quiere quedarse arrimada al rey y no obedece a su voluntad. Así como la heroína sofoclea, queda fiel a las entrañas de la realidad misma, la doncella soñadora no se separa de esa «negra verdad» (Blázquez, 1987, p. 17) que se expresa en el color a luto que encontramos tan persistentemente en el sueño. La oscuridad de la tumba de Antígona remite al contacto con la realidad misma, con ese fondo oscuro y generativo que encontramos también en el sueño.

Entrar en el sueño indica el regreso a la situación prenatal, donde el hombre, cumpliendo al revés el movimiento del nacimiento, regresa a ese lugar oscuro y subterráneo donde no existe ninguna posibilidad de visión.

Entrar en el sueño es entrar bajo el sueño o más bien, por el sueño, en un lugar subterráneo, en una gruta —Ypnos—; regresar a no ser visto, caer en el regazo de la vida madre que todo lo permite. (Zambrano, 2011a, p. 1009).

Es el mismo movimiento que, en la reescritura de la tragedia sofoclea que María Zambrano ofrece, cumple Antígona descendiendo a la gruta subterránea 6: solo regresando al seno de la Gran Madre, la Tierra, la heroína sofoclea podrá nacer nuevamente. Aparece, así, una interesante analogía con los sueños de la doncella soñadora. Lucrecia y Antígona son figuras mediadoras, sin ansia de creación y posesión. Si en la tragedia sofoclea encontramos a Creón como portador de un saber puramente abstracto, incapaz de adentrarse en las entrañas de la realidad, en el sueño de Lucrecia el rey es el símbolo de esa misma voluntad abstracta que pretende dominar la realidad con su pretención voluntarista.

Gracias a Antígona y Lucrecia, Zambrano nos muestra otro tipo de conocimiento capaz de presentir la realidad con cierto acierto. Estas criaturas muestran una profunda sabiduría e incluso un carácter profético y comparten un mismo destino, común a esa sabiduría femenina que bien se expresa en estas palabras de la filósofa malagueña:

«Destino» se refiere a la actualidad de la mujer ante la vida. Mientras el hombre prevé la mujer presiente […]. El hombre pretende conocer para dirigir; la mujer, presintiendo, opera desde dentro, logrando modificar el curso de los acontecimientos del modo más profundo. Y aquí se hace inteligible esa vocación femenina persistente: la pitonisa, adivina, la mujer que se relaciona con el hado de modo íntimo y obscuro: la eterna Casandra. (Zambrano, 1999, p. 146).

Presintiendo, la mujer desciende a las entrañas de la realidad, sin nunca separarse de la experiencia. Es en esta perspectiva que tenemos que leer la reescritura zambraniana de la tragedia sofoclea, así como el sueño de Lucrecia de León: como Antígona, para poder renacer, desciende hacia la realidad última, transformando su tumba en un lugar de nacimiento, así Lucrecia se adentra en las entrañas oscuras de su mismo sueño, para poder despertarse. Ambas figuras son, para Zambrano, mediadoras: es a través de ellas que el hombre podrá despertarse y, aun, renacer.

Si es Lucrecia quien da a Adán su nombre, permitiéndole despertarse de su sueño 7, es a través de Antígona que todo hombre podrá renacer 8.

La conciencia en que este despertar se enciende es inocente y no impone su ley: «Es una conciencia mediadora que no teme al descendimiento» (Zambrano, 2011a, p. 1046), la única que permite un nuevo nacimiento.

Conclusión

La amistad entre Simons y Zambrano parece nutrirse del sueño de la doncella Lucrecia para adentrarse en las entrañas mismas de la realidad. Así como no es posible aclarar, con la luz abstracta de la razón intelectual, esas verdades que aparecen en Los sueños y procesos de Lucrecia de León, es necesario aceptar la inmensa simbología que los dos amigos utilizan en sus cartas. Será a través de la guía de María Zambrano, que se inscribe perfectamente en esa constelación de figuras mediadoras anteriormente citadas, que es posible acercarse a la intensa correspondencia de los dos amigos.

Dejando que la sabiduría misma venga a la luz desde los lugares más oscuros de la realidad, será posible adentrarse en ese lugar subterráneo que encontramos en los sueños, en esa gruta —Ypnos— donde se encuentra la «Patria secreta» a la que ambos permanecerán siempre fieles. En el cauce donde la vida de ambos fluye, en esa agua que es «cáliz viviente sin amargura» (Zambrano y Simons, 1995, p. 92), será posible convertir «las aguas amargas en agua de vida» (Zambrano y Simons, 1995, p. 92), transformando la oscuridad de la muerte en lugar de renacimiento.

Es en esta perspectiva que tenemos que leer también las últimas palabras que María Zambrano dirige, al teléfono, al amigo panameño, que bien expresan ese vínculo de amistad que los unirá para siempre: «Estamos en la noche de los tiempos, Edison Simons. Hay que entrar en el cuerpo glorioso» (Zambrano y Simons, 1995, p. 112).

Fuentes y bibliografía

Blázquez, M. (1987): Sueños y procesos de Lucrecia de León, prólogo de María Zambrano, comentarios de Edison Simons. Tecnos.

Buttarelli, A. (2012): «Introduzione», en María Zambrano y Edison Simons: La nostra patria segreta. Lettere e testi, traducción de M. Moretti. Bérgamo: Moretti & Vitali.

Gimferrer, P. (2009): «Liminar. Fiesta final del lenguaje», en E. Simons: Mosaicos, edición y prólogo de D’Amonville Alegría N. Galaxia Gutenberg.

Moretti, M. (2012): «Edison Simons Quiroz», en María Zambrano y Edison Simons: La nostra patria segreta. Lettere e testi, traducción de M. Moretti. Bérgamo: Moretti & Vitali.

Simons, E. (2009): Mosaicos, edición y prólogo de D’Amonville Alegría N. Galaxia Gutenberg.

Zambrano, M. (1999): «A propósito de la grandeza y servidumbre de la mujer», en Aurora: Papeles del Seminario María Zambrano, núm. 1, pp. 143-149.

Zambrano, M. (2011a): El sueño creador (1965), en Obras completas, vol. III. Galaxia Gutenberg, pp. 983-1098.

Zambrano, M. (2011b): La tumba de Antígona (1967), en Obras completas, vol. III. Galaxia Gutenberg, pp. 1101-1170.

Zambrano, M. (2016): Hacia un saber sobre el alma (1934), en Obras completas, vol. II. Galaxia Gutenberg, pp. 393-578.

Zambrano, M., y Rivas, R. (2004): Epistolario (1960-1989). Monte Ávila Editores.

Zambrano, M., y Simons, E. (1995): Correspondencia. Fugaz Ediciones.


1  Los sueños de Lucrecia de León son escritos descubiertos por Edison Simons en 1974 en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, una selección de los cuales está publicada en Blázquez Miguel, J. (1987): Sueños y procesos de Lucrecia de León. Madrid: Tecnos.

2  Sarasvatī: hija del trueno (Pāvīravī), diosa de los ríos, en el Rigveda (X, 75). El Sarasvati es en la actualidad un pequeño río de Penjab que se pierde en las arenas del desierto. Río sagrado de la India, constituía, junto con el Dirshadwati, la frontera occidental del Brahmavarta. Por el flujo (etimología de Sarasvati) se convierte en la diosa del lenguaje y de la sabiduría: la Musa. En el Yajurveda: «Cuando Indra estaba enfermo, Sarasvatī, por el lenguaje, le deparaba fuerzas» (nota de Edison Simons).

3La nostra patria segreta. Lettere e testi (traducido al italiano por M. Moretti. Bérgamo: Moretti & Vitali, 2012) es el título escogido por Annarosa Buttarelli para la edición italiana de la correspondencia entre Simons y Zambrano, volumen que incluye algunos textos inéditos que no aparecen en la versión en castellano.

4  La traducción correcta del fragmento de Heráclito (22 B 93) es: «El Señor, cuyo oráculo está en Delfos, no dice ni oculta, sino indica por medio de signos» (Los filósofos presocráticos, tomo I. Madrid: Biblioteca Clásica Gredos, p. 370). La afirmación de Heráclito no se refiere a los sabios, sino a Apolo. Véase Zambrano, 2016, p. 825, nota 163.

5  La cursiva es mía.

6La tumba de Antígona de María Zambrano es una recreación del mito de Antígona que empieza justo donde Sófocles la había abandonada: en la tumba. En el prólogo de la obra de la filósofa malagueña leemos que Antígona no se suicidó, como nos cuenta Sófocles, sino que fue sepultada viva, según el edicto de Creón.

7  «Adán, sorprendido de que la doncella le dé su nombre, profetiza en ella, a través de ella —Speculum Justitiae— contra la historia que no sirve a Dios» (Blázquez, 1987, p. 19).

8  Antígona hablando con el padre Edipo dirá: «¿Cómo voy a poder yo? ¿Cómo voy a poder hacerlos nacer a todos? Pero sí, yo, yo sí estoy dispuesta. Por mí, sí; por mí, sí. A través de mí» (Zambrano, 2011b, p. 1140).

TSN nº13, 2022. ISSN: 2530-8521