Raíces11

Mohamed Chukri

Es sabido para aquellos que han leído mi autobiografía El pan desnudo que soy un hijo de la emigración rifeña que se produjo en los años cuarenta a causa de la sequía que asoló el Rif.

Los que emigraron huyendo del hambre terrible, se dirigieron a ciudades argelinas como Orán, y otros a las del norte de Marruecos, especialmente a Tánger.

Mi familia se dividió entre ambas. Ninguno de nosotros hablaba el dialecto marroquí. Cuando abandonábamos nuestra aldea Benichiker, cercana a Melilla, la única lengua que hablábamos dentro y fuera de nuestra choza, era el rifeño. Al llegar a Tánger, considerado entonces como «el paraíso», yo tenía siete años. Cada vez que aprovechaba cualquier momento para jugar con los niños del barrio donde habíamos montado nuestra barraca, ellos me perseguían gritando «¡Vete hijo del hambre! ¡Fuera rifeño!»

En el mismo barrio vivían también gitanos y andaluces, marginados como nosotros pero con una situación más desahogada que mi familia, ya que llevaban tiempo instalados y se ganaban la vida haciendo trabajos manuales y, a veces, robando.

Enseguida me aceptaron como uno más entre ellos, y con frecuencia nos uníamos para atacar a los feroces niños marroquíes del barrio. Fueron estos chavales gitanos y andaluces los que me enseñaron no sólo a luchar y a defenderme, ya que los niños hablan sobre todo con el cuerpo, sino también las primeras palabras en español que aprendí antes que el dialecto marroquí.

El caso es que por ese choque lingüístico acabé aprendiendo la lengua de mis perseguidores. La hablaba intentando disimular mi acento y ocultar así mi origen rifeño en una sociedad que nos despreciaba, pero también como un desafío hacia ese dialecto poderoso y extraño, y claro, también para mi propio provecho.

Recuerdo que mi madre no me permitía hablar otra lengua que no fuese el rifeño porque yo había nacido en el Rif y, según ella, ésa era la única lengua que yo debía hablar. Mi hermano Abdelkader no participó en esa batalla porque ya había muerto, y a mis otros hermanos, como habían nacido en el exilio entre Tánger y Tetuán, se les permitía hablar en rifeño o en dialecto marroquí.

También es sabido que no prendí a leer y a escribir hasta los veinte años. Ese fue mi segundo desafío que más tarde se convertiría en mi profesión. Aprendí el árabe clásico con las limitaciones del autodidacta y acabé enseñándolo en las escuela primaria y secundaria, y más tarde escribí varios libros en esa lengua. Sin embargo, pese a mi voluntad y esfuerzo para aprender y expresarme en esa lengua o en cualquier otra, me queda una nostalgia oculta de mi lengua materna que sólo consigo aliviar cuando hablo rifeño.

Ante cualquier lengua que hablo o escribo me siento como un hijo adoptivo y ni siquiera la lengua de los profetas puede colmar el vacío de la mía propia, de la cual me despojaron.

Me queda la lengua árabe, para mí, instrumento de comunicación en mi exilio, y a pesar de que privado de mi lengua materna todas las lenguas pasaron a ser lenguas iguales para mí, la lengua árabe es la más afín a la sociedad en la que vivo; por ello no me arrepiento de haberla aprendido y de haber escrito en ella varios libros. Es más, me siento afortunado respecto a mis compatriotas que escriben en otras lenguas y a los que a pesar de su genio se les acusa de renegados. Evidentemente es un juicio anacrónico pero no hay que olvidar que nuestra sociedad árabe tiene un pensamiento atrofiado. Tenemos por ejemplo el caso del gran poeta beréber M. Khair Eddine que escribe en un francés sublime e inimitable pero que hubiese preferido hacerlo en árabe, una vez que se reconoció esta lengua desarrollada; sin embargo, él sólo la recordaba tal y como la aprendió en la escuela coránica.

¿Qué es la escritura? ¿Qué es la expresión?

Imaginaos una lengua hibernada y a alguien que quiere expresarse en ella. Esta es mi situación respecto a la lengua rifeña. Soy pues un hijo adoptado por otra lengua o un refugiado; y es sabido que el refugiado en otra lengua que no es la suya puede dominarla y perfeccionarla mejor que los propios nativos como es el caso de Conrad, Becket, Nabokov,...

La escritura tiene sus secretos y si penetramos en su misterio nos posee y nos sentimos poseídos por ella.

Mi lengua actual es la que yo escribo y la rifeña ha pasado a ser la nostalgia de un sueño.

Soy un ex-analfabeto autodidacta que al acceder tardíamente a la escritura, deseó transmitir a los demás lo aprendido. Hoy, a un iletrado, como el que yo fui, le costaría mucho recorrer el mismo camino; aunque así aprendí mucho más de los alumnos que de los maestros. Entre convertirme en un contrabandista o marcharme a Larache a estudiar árabe y español, opté, a mis veinte años, por lo segundo.

Gocé con la lectura de los malditos, pero en literatura no existe sólo un dios, hay varios...¡En el cielo, es otra cosa!

En mi vida tuve que afrontar tres importantes retos: aprender a leer y a escribir de adulto, esforzarme en salir de una clase social humillada y, por último, sublimar mi vida a través de la escritura.

De niño vivía en una chabola. Cuando comía siempre tenía ante mí a un ratón que me pedía que compartiese con él algo de comida. Fui compañero de las cucarachas y de los ratones.

En Tetuán solía acudir al Café Continental. Veía a un hombre muy elegante, bien vestido, al que todos saludaban. Por entonces, yo iba a la Escuela de Magisterio. Vivía en una chabola pero me vestía bien y llevaba un nudo de pajarita; quería traspasar el umbral de mi clase social. Un día me informé de quién era aquel señor elegante. Me respondieron que era Mohamed Sebbagh, el mayor escritor de entonces. Escribía poemas en prosa, obritas que se leen en dos días. Me dije a mí mismo que si escribiendo cosas así uno se convertía en alguien importante en la sociedad, yo también sería escritor, adquiriría prestigio y me elevaría sobre mi condición. Así fue como decidí ser escritor.

Escribí un texto y se lo di a leer a aquel caballero.»Te falta estilo pero tu expresión es correcta gramaticalmente. Sigue escribiendo», me dijo. Así fue como empecé mi carrera.

Poco a poco me fui dando cuenta de que la escritura podía servir para denunciar y protestar contra aquellos que me habían robado mi niñez, mi adolescencia y parte de mi juventud. A partir de entonces, mi escritura se hizo comprometida.

En la época en la que trabajaba en la enseñanza y en los medios de comunicación consideraba la escritura como un pasatiempo. Pero hace aproximadamente cuatro años, decidí convertirme en un escritor profesional. ¡Incluso llegué a escribir en un mes las doscientas cincuenta y seis páginas de mi libro, Tiempo de errores!

Tengo dos memorias: la memoria analfabeta y la memoria de un hombre que aprendió a leer después de cumplidos los veinte años. Por eso escribo primero el texto en mi mente, de manera neurótica; luego lo voy puliendo sobre el papel con la ayuda de la gramática y del estilo.

No soy disciplinado como Alberto Moravia, Hemingway, Víctor Hugo o Tahar Ben Jelloun, que se levantan a las cinco o a las ocho de la mañana y se ponen a escribir. Eso iría en contradicción con la vida que yo llevo. Yo soy un hombre de las callejuelas. Nunca fui estable. Actualmente vivo en un apartamento para poder guardar mis casetes de música, mis libros y mis papeles. Antes pasaba el tiempo entre las pensiones, los pequeños restaurantes, los bares y las bodegas.

Al defender a mi clase social estoy defendiendo a los marginados y, a la vez, me vengo de una época humillante y miserable de mi vida. Mi caso es bastante excepcional. Yo no tengo nada que perder. No llevo un apellido de abolengo que exija un trato deferente y que yo podría ensuciar al escribir como lo hago. Soy un Mohamed cualquiera, desconocido de la Historia. Defiendo a la gente olvidada de la Historia oficial. Escribo sobre unos individuos anónimos porque la memoria de los pobres, como diría Albert Camus, está peor alimentada que la de los ricos.

Cuando escribo sobre la infancia no se trata tan sólo de la mía, sino de la de todos los de mi generación. No es un caso aislado sino el arquetipo de todas las infancias que yo he conocido a fondo. He intentado condensarlas en una sola: la mía. He escrito mi infancia desde la mirada de un adulto; es decir, con sensaciones distintas de las que se sienten de pequeño. He puesto, pues, en ella, una parte muy grande de mi imaginario. Me esfuerzo en darle un lugar a esa infancia robada -o lo que es aún peor, brutalizada- por los que nos arrebataron nuestra vida, los vampiros de la sociedad. Es una infancia que flota, como un alga, una infancia-alga, si se pueden unir estos dos sustantivos.

Me pregunto a mí mismo si la escritura viene a ser la segunda autoridad, después de la autoridad principal. La escritura es poder, pero ejercido sin frivolidad.

Soy un escritor tangerino. No soy un escritor marroquí. Descubro el resto de Marruecos como cualquier turista. A veces voy a Casablanca a pasar un semana; a Rabat, dos o tres días; o a Fez. Sin embargo, en Tánger disfruto de la intimidad con la gente, con mis personajes, con los lugares... Sucede como en los matrimonios católicos: te puedes separar pero no divorciar. Yo nunca podré divorciarme de Tánger. Amo esta ciudad, siempre encuentro un pretexto para regresar a ella; a veces, incluso, de modo inconsciente.

I want to go where I am. Quiero ir a donde

estoy.

O como dijo Lope de Vega:

De mis soledades vengo
A mis soledades voy
Entiendo lo que me basta
Y solamente no entiendo
Que para estar conmigo
Basten mis pensamientos.

Toda esta nostalgia que se ha creado respecto a Tánger me resulta absurda. Cada época de la historia de una ciudad, o de un país, tiene su valor y su belleza, al igual que las etapas en la vida de un hombre. Lo que me resulta más absurdo aún es la nostalgia de los que nunca vivieron en ella.

Dos libros míos han sido censurados: El pan desnudo, que lleva prohibido catorce años, y una recopilación de cuentos que se llama Aljaima (la tienda). Esto no me impide seguir escribiendo. En la sociedad marroquí existe una facción más conservadora, la integrista, que consideran mis obras perversas. No hay nada en ellas contra el régimen. No hablo de política ni de religión. A esos conservadores les molestan mis críticas hacia mi padre. ¡Un padre es sagrado en la sociedad arabo-musulmana!

1 Texto de la conferencia pronunciada por .M. Chukri en el salón de actos de la Sociedad Económica <le Amigos del País de Málaga, el día 26 de septiembre de 1997.