Un contexto bioético de la ecología integral: diez años después de la Laudato Si´

 

 

Gilberto A. Gamboa-Bernal

Universidad de La Sabana (Bogotá, Colombia)

ORCID: https://orcid.org/0000-0002-1857-9335

DOI: 10.24310/nyl.20.2026.21907

 

 

Resumen: La encíclica Laudato Si´ fue firmada en 2015, el mismo año en el que Naciones Unidas se había puesto plazo para los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Se hacen comentarios desde la perspectiva bioética, donde se resalta su papel orientador, que ayude a hacer viables esos objetivos, a través de cambios de actitudes y comportamientos. Se cuestiona el origen y la oportunidad de esos objetivos y de sus sucesores. Las sugerencias contenidas en la Laudato Si´ llevan a que además de la ecología ambiental, también se deba tener en cuenta la ecología humana como un imperativo más prioritario para el mundo. Laudato Si’ contiene varios elementos para entender y hacer vida la interrelación del ser humano con el medio ambiente, sin dejar de lado la ley natural y el bien común. Pero además se han de tener en cuenta los índices de macroeconomía que tengan soportes menos economicistas y más centrados en el desarrollo humano, en sus capacidades. Es necesario captar adecuadamente la dimensión de los problemas y ofrecen pautas de acción no solo posibles, sino sobre todo adecuadas, ajustadas a la ética, a los verdaderos derechos humanos y a una visión prospectiva, que tome en cuenta las futuras generaciones.

 

Palabras clave: Bioética; ecología; Laudato Si´; estrategias globales; Naciones Unidas; desarrollo humano.

 

 

A bioethical context of integral ecology: ten years after Laudato Si´

 

Summary: The encyclical Laudato Si' was signed in 2015, the same year in which the United Nations had set a deadline for the Millennium Development Goals. Comments are made from a bioethical perspective, highlighting its guiding role in helping to make these goals viable through changes in attitudes and behaviors. The origin and timeliness of these goals and their successors are questioned. The suggestions contained in Laudato Si' suggest that, in addition to environmental ecology, human ecology should also be considered as a more pressing imperative for the world. Laudato Si' contains several elements for understanding and bringing to life the interrelationship between human beings and the environment, without neglecting natural law and the common good. But macroeconomic indices that are less economistic in nature and more focused on human development and its capabilities must also be considered. It is necessary to adequately grasp the scale of the problems and offer guidelines for action that are not only possible, but above all appropriate, in line with ethics, true human rights, and a forward-looking vision that takes future generations into account.

 

Keywords: Bioethics; ecology; Laudato Si'; global strategies; United Nations; human development.

 

 

Recibido: 24 de mayo de 2025

Aceptado: 21 de octubre de 2025

 

 

1.       Introducción

En 2015 el Papa Francisco entregó al mundo su segunda carta encíclica: Laudato Si´. La Organización de Naciones Unidas [ONU] había determinado ese año como plazo máximo para lograr los Objetivos de Desarrollo del Milenio [ODM] (ONU, 2013a), que fueron considerados en su momento como prioritarios para que la humanidad entrara al tercer milenio.

La Asamblea General de la ONU del 1 de octubre de 2013, aprobó un documento donde, además de examinar los avances logrados en los ODM, se reconocían como preocupantes «la desigualdad y el desfase existentes en la consecución y los inmensos retos que persisten» (ONU, 2013b) y se envió un mensaje de urgencia para que los países miembros, a dos años del plazo, intensificaran los esfuerzos para acercarse a las metas planteadas.

Ante la constatación de que en 2015 «se lograron unos objetivos, otros quedaron casi a punto y en cambio para otros definitivamente será necesario esperar un tiempo más para lograrlos» (ONU, 2013c) la ONU tenía listo el paso siguiente: los Objetivos de Desarrollo Sostenible [ODS], que adoptó en su Asamblea General de 2015 a cuya apertura estuvo como invitado el Papa Francisco.

En esa Asamblea General fue adoptada la Agenda 2030. Con el lema «Es hora de la acción mundial, por las personas y el planeta», el plan de acción tenía como intenciones favorecer las personas, el planeta, la prosperidad, la paz universal y el acceso a la justicia.

Esta Agenda contiene 17 objetivos y 169 metas en las áreas económica, ambiental y social. En la base de la Agenda 2030 está el documento «El futuro que queremos», adoptado por la ONU luego de la Cumbre de Rio de Janeiro sobre Desarrollo Sostenible en 2012 (ONU, 2012a). A partir de allí se inició el trabajo para dar continuidad a los ocho ODM, con un ligero cambio de estrategia: tener más en cuenta, para darles más importancia, las condiciones específicas de cada uno de los países (ONU, 2015a).

Parecería que los pilares para poder conseguir los ODS están garantizados: la experiencia del trabajo mancomunado que se logró con los ODM y el piso financiero necesario para llevar adelante el desarrollo mundial, proporcionado por la Agenda de Addis Abeba, según el documento final de la Tercera Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo, firmado el 16 de julio de 2015 en la capital de Etiopía.

Sin embargo, eso pilares no han sido suficientes: si bien es cierto que se contó con la experiencia adquirida en el trabajo con los ODM, los resultados de tal gestión no se pueden calificar de totalmente exitosos. Tan es así que el mismo Secretario General de la ONU admitió la necesidad de cambiar la forma de trabajar: «Si queremos mejorar, debemos obrar de manera diferente» (ONU, 2015b). Y el otro pilar no es suficientemente firme puesto que el asunto no es solo de dinero, sino también de profundizar de una manera más profesional en los orígenes de los problemas que están detrás de la pobreza y la inequidad. «La lucha contra la pobreza y el hambre ha de ser combatida constantemente, en sus muchos frentes, especialmente en las causas que las provocan» (SS Francisco, 2015a).

En este tema también se debería obrar de manera diferente. Para esto, «los organismos financieros internacionales han de velar por el desarrollo sostenible de los países y la no sumisión asfixiante de estos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia» (SS Francisco, 2015b).

No puede pasar desapercibido que de los ocho ODM se pasó a 17 ODS y de 21 metas se llegara a 169: se podría hablar de una «inflación» tanto de objetivos como de metas. Los ODM eran sencillos, claros, y por eso concitaron el interés global por alcanzarlos. Pero, en cambio, los ODS parecieron excesivos y complicados, y se ha constatado que demandan mucho esfuerzo para que los Estados miembros de la ONU se apropiaran de ellos y sean capaces de convertirlos en políticas que guarden la necesaria coherencia interna.

Pero el asunto no parece quedarse solo en el número, en la apropiación o en la capacidad de traducir los objetivos en políticas. Los ODS tienen, desde la aproximación teórica, una limitación que debería ser mejor explicada: no a todos los 17 objetivos se les puede aplicar el concepto de sostenibilidad (Camacho, 2015). Esta situación se hace más evidente cuando se intenta utilizar la sostenibilidad aplicada a las metas y a las actividades que hay que realizar para alcanzarlos, debido a la cantidad de ellas y que corresponden a una gran variedad de actividades distintas.

Un ejemplo patente de la anterior afirmación se ve cuando se consideran los recursos naturales no renovables: es por lo menos muy complicado, cuando no imposible, manejar la sostenibilidad cuando se trata de los derivados del petróleo, de algunos productos de minería y, en general, de una buena cantidad de los comodities relacionados con el sistema financiero, la energía o algunos metales.

Una constatación más de que hay tareas pendientes de los ODM, está en el hecho de que todos ellos se encuentran, aunque con nombres y distribuciones ligeramente distintos, en los 17 ODS.

La estrategia que se planteó para lograr que objetivos tan heterogéneos pudieran ser aplicables es su entrecruzamiento y la integración de los objetivos sobre seis elementos esenciales (ONU, 2015c):

Dignidad: que se caracteriza por la intención de acabar con la pobreza y luchar contra las desigualdades.

Personas: para ellas se busca garantizar una vida sana, el conocimiento y la inclusión de las mujeres y los niños.

Planeta: mediante la protección de los ecosistemas para todas las sociedades y para las generaciones futuras.

Justicia: que promueve sociedades seguras y pacíficas e instituciones sólidas.

Prosperidad: mediante el desarrollo de una economía sólida, inclusiva y transformadora.

Asociación: que lleva a catalizar la solidaridad mundial para el desarrollo sostenible.

Todos estos objetivos serán viables siempre y cuando se capte la necesidad imperativa de cambiar la cultura dominante, que privilegia más el medio ambiente que a las personas que hacen parte de él, principalmente aquellas que se consideran como no productivas para el sistema: no nacidos, ancianos, enfermos, personas vulnerables o con capacidades distintas, etc. Es posible que muchos de los objetivos se consigan, o al menos se adelante en ellos, si hay verdaderos cambios de actitudes y de comportamientos. Esos cambios han de procurarse buscando una cultura realmente más solidaria, más inclusiva; menos dependiente de las ideologías (Ayllón, 2019), de los postulados que el mercado y la visión economicista del desarrollo intentan fijar en grandes conglomerados humanos; si la paz y el buen gobierno están presentes en los cuatro puntos cardinales del planeta.

El desarrollo de los ODS ha sido también limitado. Tanto es así que la ONU ya tiene lista la estrategia para su reemplazo: de los ODS se pasará al Pacto para el Futuro, que termine de establecer un nuevo orden mundial, sobre la base de un pensamiento único, siguiendo una agenda globalista.

En la reunión de la ONU el 22 y 23 de septiembre del 2024, llamada Cumbre del Futuro, en el marco de la 79 Asamblea general (ONU, 2024a), se aprobó una resolución con el nombre Pacto para el Futuro con la que se buscará prolongar esa estrategia globalizante, luego del vencimiento de los ODS. Este Pacto contiene 56 acciones distribuidas en 5 grupos: Desarrollo sostenible y financiación para el desarrollo (12 acciones). Paz y seguridad internacionales (14 acciones). Ciencia, tecnología e innovación y cooperación digital (6 acciones). Juventud y generaciones futuras (4 acciones). Transformación de la gobernanza global (18 acciones). Además, el Pacto cuenta con dos anexos: un Pacto Digital Global y una Declaración sobre generaciones futuras (ONU, 2024b). Una vez más se observa una inflación o hiperinflación de los objetivos, ahora con el nombre de «acciones».

 

2.       Papel orientador de la Bioética

La Bioética tiene una tarea importante y urgente en este cambio de cultura. Desde recordar y proponer las bases epistemológicas, orientadas por una sana antropología filosófica; hasta hacer de la vida cotidiana la primera línea de cambio, al ayudar a que los integrantes de las familias se reconozcan como personas humanas y actúen como tales, a que aprendan a donarse a sí mismos y vean en el bien común la clave para el verdadero desarrollo personal, colectivo y global.

En esta tarea, la educación es uno de los temas más importantes. Se debe garantizar su derecho que «se asegura en primer lugar respetando y reforzando el derecho primario de las familias a educar, y el derecho de las Iglesias y de las agrupaciones sociales a sostener y colaborar con las familias en la formación de sus hijas e hijos. La educación, así concebida, es la base para la realización de la Agenda 2030 y para recuperar el ambiente». Esto lo advertía el Papa Francisco en su discurso ante la septuagésima Asamblea General de la ONU.

Para realizar esta urgente tarea, les dijo el Papa en esa ocasión, la ONU tiene que cambiar, pues a pesar de «(...) la laudable construcción jurídica internacional de la Organización de las Naciones Unidas y de todas sus realizaciones, perfeccionable como cualquier otra obra humana y, al mismo tiempo, necesaria, puede ser prenda de un futuro seguro y feliz para las generaciones futuras. Y lo será si los representantes de los Estados saben dejar de lado intereses sectoriales e ideologías, y buscar sinceramente el servicio del bien común» (SS Francisco, 2015b).

Un buen articulador de ese cambio lo había propuesto el Papa Francisco unos meses antes en su encíclica Laudato si´, pues la educación y el bien común son temas pendientes de una orientación adecuada, para poder desprenderse de los prejuicios ideológicos que aherrojan al ser humano, en lugar de promocionarlo.

 

3.       De la ecología ambiental a la ecología humana

La ecología humana es un imperativo para el mundo. Hace falta una ecología humana o integral que vuelva a enseñarle al ser humano a vivir con la naturaleza, que la respete y la conserve para las futuras generaciones.

La Carta Encíclica del Papa Francisco Laudato si´ (SS Francisco, 2015c), aporta muchas ideas para poder llevar a la práctica los ODS y las acciones contenidas en el Pacto para el Futuro. El contenido central del documento está en la presentación de una ecología integral o ecología humana que plantea el cuidado del medio ambiente, pero solo si hay como presupuesto una verdadera defensa y promoción de la vida de cada ser humano del planeta.

El centro de gravedad de la situación actual parece que se encuentra en la tríada desigualdad, exclusión e inequidad. Algunas facetas de ella son: las guerras, el desplazamiento, la pobreza, los refugiados, el tráfico de armas, de estupefacientes y de seres humanos, la corrupción, la indiferencia, la desintegración familiar, las modernas esclavitudes, etc.

Para la tarea de construir la igualdad en la diferencia, sobre la base de la dignidad humana, es imprescindible clarificar algunos elementos: entender a fondo los componentes de esa tríada; los mecanismos de las estrategias para superarla; el contexto de globalización por el que transita el mundo; las responsabilidades ecológicas y sociales, etc.

Es necesario conocer más a fondo en qué consiste la desigualdad, la exclusión y la inequidad en el mundo, cómo se percibe y cómo se mide, para luego poder plantear posibles soluciones, ya que las que se han venido utilizando hasta la fecha no han producido sus mejores frutos.

Muchas estrategias se han puesto en marcha para lograr conjurar esa desigualdad, pero casi todas ellas están orientadas desde la misma perspectiva económica que fue utilizada para rehabilitar el planeta después de la Segunda Guerra Mundial.

Una resultante de esas estrategias está constituida por los «tratados de libre comercio» que empezaron a extenderse por todo el planeta para incentivar la piedra angular de la solución estrella: el consumo (Leonard, 2010). Un ejemplo de estos tratados es el Acuerdo Trans Pacífico de Cooperación económica, con unas características muy peculiares que para algunos expertos determinan efectos paradójicos en la economía y en el bienestar de las personas (Stiglitz, 2014). 

Parecería que este tipo de estrategias debería favorecer uno o varios de los ODS o al menos no perjudicar el progreso que se planteó garantizar al formularlos. Sin embargo, no es así y es conveniente estudiarlos más en detalle para ver sus puntos fuertes y sus puntos débiles.

Luego de un cuarto de siglo del tercer milenio el mundo está empezando a tomar conciencia, cada vez más clara, de la necesidad de cuidar del planeta, de buscar fuentes de energía renovable y limpia, de transitar por los cauces de un desarrollo verdaderamente sostenible, de tener en cuenta la globalización con sus aciertos y limitaciones, sin sacrificar la centralidad de la persona humana en sí misma considerada. Pero hay necesidad de plantear soluciones que vayan más allá de la perspectiva únicamente ecológica (SS Francisco, 2019).

No será posible seguir adelante mientras no se den los equilibrios geopolíticos necesarios que impidan la proliferación de gobiernos totalitarios; mientras no sean respetados los principios expresados en la Declaración de los Derechos Humanos, respeto que incluye impedir que se sigan generando «nuevos derechos» y que se permita una interpretación ideologizada de esa Carta fundamental (Peeters, 2011).

 

4.       Hacia dónde orientar el mundo

Ante el panorama descrito pueden adoptarse dos actitudes contrapuestas: dejar que el pesimismo paralice la acción que demanda el momento presente, o ver el lado positivo que una crisis siempre tiene y buscar soluciones.

Dentro de las múltiples iniciativas para atenuar y en lo posible solucionar los problemas que la desigualdad, la exclusión y la inequidad llevan consigo se revisan a continuación dos vías distintas pero paralelas, que son susceptibles de articular con otros muchos caminos: la ecología humana y un nuevo índice de sostenibilidad, que reemplazaría el PIB.

 

4.1 La ecología humana

La ecología humana, que el mundo está pendiente de conocer, profundizar, desarrollar y empezar a aplicar, es una de las principales herramientas para conjurar la desigualdad y alcanzar condiciones de supervivencia y de vida acordes con la dignidad de la que es titular cada ser humano.

El concepto de ecología humana tiene su aparición en el siglo XX (Duncan, 1957). Después de la gran preocupación por el medio ambiente, que surgió como consecuencia de la llamada ecología profunda, muchas voces en el concierto internacional se levantaron para recordar una realidad que la deep ecology parece no tener en cuenta: el ser humano está en el centro de la cuestión ecológica (Watson, 1983).

Cuando se tiene una percepción distinta se producen las lamentables consecuencias que tienen al planeta en una situación crítica: o se utilizan los recursos naturales con criterio economicista y se hacen grandes negocios con ellos, con lo cual se convierte el hombre en un depredador de la naturaleza (Palumbi, 2001); o se les margina de la vida humana tras lo cual pierden el sentido instrumental que tienen y entonces se pasa fácilmente a la contaminación, a la destrucción, a las catástrofes que tienen su causa en el hombre. 

Estas consecuencias inician una cascada de errores conceptuales que en poco tiempo se convierten en errores prácticos. Muchas veces la opinión pública se forma criterios equivocados, propiciados por unos medios de comunicación poco reflexivos, proclives a la información superficial, o desafortunadamente algunas veces, tendenciosa (McCombs, 2013). La pseudociencia y el cientificismo también contribuyen a esta tarea. 

Algunos de esos errores son los siguientes: los recursos naturales están a punto de agotarse; los «derechos de la madre Tierra» priman sobre los derechos de sus habitantes; el número exagerado de personas en el mundo es la causa del cambio climático; la pobreza se debe combatir mediante la reducción de los nacimientos de las poblaciones pobres; no hay alimentos para un planeta superpoblado; los animales, distintos de los seres humanos, tienen derechos que deben ser respetados; no todos los seres humanos son personas; la dignidad es una palabra vacía, etc.  

Dentro de los pilares conceptuales de la ecología humana están:

 

4.1.1 Valor de cada ser humano y del medio ambiente

El ser humano es valioso por lo que es y por como lo es, y no tanto por lo que tiene o por el aprecio que le puedan tener sus semejantes. Estos dos planos distintos, ser y tener, remiten a dos maneras de apreciar a los seres humanos. En la primera dimensión, el ser, se apunta a la actualidad que hay en cada individuo de la especie humana: cada uno es una novedad, alguien inédito, que no tiene igual (Rodríguez-Sedano et al., 2011). El medio ambiente, natural o artificial, vale solo en la medida en que es hábitat y posibilidad de supervivencia del ser humano y recibe de él sus intervenciones para mejorarlo, adecuarlo o embellecerlo. Tiene un valor intrínseco que es independiente de su uso (SS Francisco, 2015, n.140).

 

4.1.2 Relación de interdependencia entre el hombre y el ecosistema

La relación del hombre con el medio ambiente solo admite una dirección: la adecuada administración (Blas-Lahitte et al.,2011). El ecosistema se debe conocer lo mejor posible, para así poder pensar en orientar sus posibilidades y desarrollo teniendo como factor imprescindible a la persona humana. No se trata de querer poner al hombre en la cumbre de la creación y recurrir a un supuesto manido antropocentrismo, sino de reconocer el papel que cada ente creado tiene en sí mismo y su relación con los demás.

 

4.1.3 Ordenación instrumental de los recursos naturales renovables y no renovables

La ponderada utilización de los recursos, ante la subsistencia del planeta, lleva a plantearse a escala global tanto la racionalidad en el uso y ahorro de los recursos no renovables como el ingenio en la administración productiva de aquellos otros recursos que sí son renovables (Leff, 2012).

 

4.1.4 Sostenibilidad y sustentabilidad

Los conceptos de sostenibilidad y de sustentabilidad están muy relacionados con los anteriores y pueden llegar a significar cosas muy distintas según el distinto orden ontológico que se tome para fundamentar tales nociones. Así, se puede hablar de una sostenibilidad del planeta que tenga poco en cuenta al ser humano e incluso que lo conciba como una verdadera amenaza: es un hecho que en las cumbres recientes sobre la Tierra el concepto de sostenibilidad lleva esa impronta (ONU, 2012b). O se puede tomar la sostenibilidad como una actividad de complementariedad entre el hombre y su ecosistema (Dafermos et al., 2022).

Algo análogo sucede en los conceptos de desarrollo y de progreso: serán verdaderamente humanos cuando sea el hombre entero quien esté en la médula de la reflexión y no solo su dimensión económica o financiera (Chang, 2022).

Cuando se desconocen estos pilares, o algunos de ellos, es lógico que empiecen a aparecer elementos de desigualdad, de exclusión e inequidad; esos elementos tienen la tendencia a configurarse como verdaderas estructuras que influyen en cada cultura y afectan a sus miembros. Unos y otros, elementos y estructuras, deben ser identificados con claridad y conjurados con contundencia y decisión.

Algunos de los imaginarios que pueden estar en la génesis de esas tres lacras indeseables para la especie humana son:

·         Un inadecuado concepto de Calidad de vida

No se puede olvidar que el concepto de calidad de vida tiene su origen en las ciencias económicas y administrativas y para medirlo normalmente se hace una ecuación donde son tan importantes los beneficios como los costos. De ahí el concepto ha migrado a las áreas de la salud y ahora se toma como argumento para soportar decisiones médicas, algunas de ellas en franca contradicción con los postulados de la medicina hipocrática (Murphy, 2023). 

·         La supuesta necesidad del consumo desenfrenado

Ya se mencionó que el consumo fue una de las estrategias pensadas en el Plan Marshall, por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, para la recuperación de Europa.  Mostró su efectividad para potenciar los procesos de desarrollo económico y rápidamente pasó a hacer parte de una nueva cultura surgida de las cenizas (Mladjan, et al., 2021). Ahora el consumo pasó a ser una necesidad imperiosa no solo en los países del Primer Mundo, sino que también las demás naciones, lo han tomado como uno de sus recursos para huir del vacío existencial paulatinamente creciente y para refugiarse de una realidad hostil y con poco o ningún sentido.

·         El espejismo de la hipertrofia de la autonomía

Con el surgimiento de la Bioética, en su versión estadounidense, se consolidó una corruptela en el concepto de autonomía que ha cristalizado en su hipertrofia, principalmente cuando se predica de los pacientes. Parecería que la autonomía es lo más importante de respetar en los pacientes, incluso desestimando o dejando de lado la autonomía de los profesionales de la salud. En el terreno de la investigación pasa lo mismo y el ejemplo paradigmático está en los consentimientos informados: los Comités de Ética en Investigación casi siempre centran su atención exclusivamente en ellos (Carrasco, et al., 2012).

·         La fobia a la fecundidad

El surgimiento de la píldora a mediados del siglo XX hizo que se cambiaran las finalidades del matrimonio, el concepto de feminidad, de feminismo, etc., la aparición de la llamada ideología de género que tiene como uno de sus componentes principales una visión de la maternidad y de la familia donde estas realidades humanas son consideradas como perjudiciales para la mujer y por tanto es necesario combatirlas (Cardona, 2014).

·         La tendencia a comparar y copiar

Dos rasgos de la naturaleza humana se han exacerbado en los últimos decenios, tal vez como consecuencia refleja de la cultura del consumismo: se establecen comparaciones entre las personas, las instituciones, las culturas, las creencias, etc. y se tiene un afán de copiar solo aquello que se considera que está de moda o que puede generar rentabilidad, sea ella emocional, sea monetaria.

·         El poner condiciones e inventar justificaciones

También se ha notado que una de las maneras de reaccionar del hombre actual, tal vez para disminuir sus responsabilidades, se caracteriza por su tendencia a poner condiciones, casi en todas las esferas donde interactúa. Y una actividad que va paralela a esta es la de inventar justificaciones cuando las cosas no salen como debe ser, como se espera que funcionen, que también se hace presentes en actitudes tan reprochables como la discriminación (Bastard, et al., 2021).

·         Sembrar tristeza y desesperanza.

Casi todos los anteriores fenómenos desembocan en una situación de infelicidad que no solo se experimenta de manera individual, sino que se despliega en el entorno vital. Quienes así viven se convierten en sembradores de tristeza y desesperanza, caldo de cultivo para las situaciones de desigualdad, de exclusión y de inequidad.

La cuarta parte de la Laudato Si´ es un muy buen resumen de estos presupuestos sobre la ecología humana o integral. En ella el Papa Francisco menciona varios elementos para entender y hacer vida esta interrelación del ser humano con el medio ambiente.

Como va dicho, varios de esos contenidos fueron expuestos por el Pontífice en su intervención ante la Asamblea General de la ONU en septiembre de 2015. Allí sostuvo sin ambages, mostrando unas coordenadas para entender adecuadamente la Laudato Si´: «Sin el reconocimiento de unos límites éticos naturales insalvables y sin la actuación inmediata de aquellos pilares del desarrollo humano integral, el ideal de «salvar las futuras generaciones del flagelo de la guerra» (Carta de las Naciones Unidas, Preámbulo) y de «promover el progreso social y un más elevado nivel de vida en una más amplia libertad» (ibíd.) corre el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable o, peor aún, en palabras vacías que sirven de excusa para cualquier abuso y corrupción, o para promover una colonización ideológica a través de la imposición de modelos y estilos de vida anómalos, extraños a la identidad de los pueblos y, en último término, irresponsables» (SS Francisco, 2015c).

En Laudato Si´ el Papa Francisco soporta la ecología integral en la relacionalidad de los organismos vivientes y el ambiente donde se desarrollan (SS Francisco, 2015c, n. 137); pero va más allá, pues muestra que hay una relación causa-efecto entre el funcionamiento social, la economía, el comportamiento humano y la manera de entender la realidad, con la presencia de contaminación ambiental (SS Francisco, 2015c, n. 139).  Por eso propone un desglose de la ecología integral en ecología económica (SS Francisco, 2015c, n. 144 y ss) ecología social (SS Francisco, 2015c, n. 142), ecología cultural (SS Francisco, 2015c, n. 143 y ss.) y ecología de la vida cotidiana (SS Francisco, 2015c, n.147 y ss.).

Es necesario hacer una mención particular a dos elementos de la ecología integral a los que el Papa les dedica unos cuantos párrafos: la relación de la vida del ser humano con la ley natural y el tema del bien común.

Citando a Benedicto XVI, en su discurso al Parlamento alemán en 2011, afirma: «el hombre posee una naturaleza que debe respetar y que no puede manipular a su antojo» (SS Francisco, 2015c, n. 155). La cita completa es: «el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana» (Benedicto XVI, 2011).

·         Ley natural

Al menos cinco conceptos (González, 2006) pueden servir para clarificar la necesidad de la ley natural en la construcción de ese camino o itinerario seguro para entender y promover la ecología humana:

La ley natural es principio intrínseco y extrínseco de acción. En su calidad de ley, es principio extrínseco de la acción humana —y principio imperativo— pero a la vez, por su carácter racional y principalmente por su relación con la libertad humana, es principio intrínseco de ella; es principio intelectual y constitutivo del obrar ético, es decir, de la acción racional y libre.

La Ley natural es ley de la razón. Aunque no sea innata porque se forma sobre la base de la noción de bien que la experiencia ayuda a configurar, la natural es ley de la razón, y de la razón práctica, en la medida en que es capaz de captar la referencia al bien que se encuentra desde las mismas inclinaciones naturales, cuando éstas expresan los fines a los que ellas apuntan.

Universalidad de la ley natural. Los preceptos de la ley natural son aplicables a todos y cada uno de los miembros de la especie humana pues se apoya en lo que es más propio de ellos, su esencia. Esa aplicabilidad demanda una responsabilidad también universal: nadie puede desentenderse de unos preceptos que, proviniendo de su interior, le orientan hacia los verdaderos bienes.

Historicidad de la ley natural. La ley natural, por su carácter indeterminado, reclama una determinación positiva que la inserta dentro del tiempo y la historia. Pero no es que se identifique con las leyes positivas, sino que funciona dentro de ellas en su calidad de correctora de ellas.

La ley natural como concepto filosófico. La relevancia del concepto de ley natural deriva de su profunda raigambre filosófica, de su propuesta de hacer justicia a la verdad del hombre. En este sentido, la ley natural «es una regulación de la razón práctica del hombre que establece los criterios permanentes para guiar las tendencias y acciones humanas y para trazar la diferencia entre ‘bien’ y ‘mal’ en ellas» (Rhonheimer, 2000).

·         El otro elemento es el bien común

El bien común (Gamboa-Bernal, 2024) es aquello que es apto para ser participado por todos y cada uno de los miembros de una comunidad o sociedad de personas humanas, lo que es del interés y bien general. Es necesario anotar que en la anterior definición de bien común no puede entrar el hecho de que realmente todas esas personas participan de este mismo bien. Considerado en sí mismo, el bien común es común por ser, de suyo, «comunicable» a todas esas personas, no por hallarse efectivamente «comunicado» a todas ellas.

La justicia social ordena la convivencia entre los miembros de la sociedad y el fin de dicha sociedad en cuanto tal no puede ser el bien privado de ninguno de los miembros en particular, aunque ese bien sea legítimo; por tanto, el objeto de la justicia social ha de ser el bien común de la sociedad, un bien al que la sociedad misma se orienta en virtud de una exigencia natural de su dinamismo objetivo.

El bien común tiene tres propiedades esenciales: La primera propiedad es que el bien común no excluye el bien particular; la segunda propiedad es que el bien común no solo no excluye el bien particular, sino que además exige que cada ciudadano tenga el suyo; la tercera y última propiedad del bien común es su primacía sobre los bienes particulares, que le están, por tanto, subordinados. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la subordinación del bien particular al bien común se basa en la realidad del valor superior de este, no por ser más extenso el ámbito hacia el que puede irradiar sus beneficios, sino por ser un bien más eminente (de mejor calidad).

La esencia del bien común tiene tres ingredientes distintos pero que se reclaman y complementan mutuamente: el bienestar material, la paz y los valores culturales. Si uno de ellos faltare se produciría el desequilibrio propio, análogo al del organismo vivo que se ve privado de una de sus partes principales, o cuyo funcionamiento está deteriorado o suspendido.

Puede decirse que el bien común consiste, por tanto, en una estructura. Así como en la sociedad hay jerarquía, sin que ello anule la igualdad esencial de los ciudadanos que la integran, también en el bien común existe en efecto un orden de valores sin que ello quiera decir que todos son igualmente indispensables. Sin embargo, este carácter estructural del bien común no significa que todos estos elementos estén en un mismo plano.

La participación en los valores culturales, de carácter ético y espiritual, no es el más perentorio de los ingredientes del bien común (Juan Pablo II, 1991). Esa participación, en cambio, tiene razón de fin respecto de los otros dos elementos: el bienestar material y la paz. Este carácter teleológico de los valores culturales está apoyado en la jerarquía axiológica de las dos dimensiones de nuestro ser. Para el ser humano, lo material que hay en él, y en torno a él, es como un instrumento cuyo uso debe orientarse hacia los intereses del espíritu (Tomás de Aquino, 2009).

 

4.2 Nuevo índice de sostenibilidad

La preocupación planetaria, liderada por la ONU, sobre estos problemas se ha intentado enfocar de distinta manera a como tradicionalmente se venía haciendo. Vientos renovadores ventilaron las Cumbres de la Tierra de Durban en 2011 y de Río+20 en 2012: ante los fracasos de los sistemas económicos y financieros de finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, se empezaron a buscar nuevos índices de macroeconomía que reemplazaran al Producto Interno Bruto [PIB] (Fitoussi, et al., 2013) en su cometido de expresar el valor monetario de los bienes y servicios producidos en un territorio y en un tiempo determinados, ya que se debe tener presente que el seguimiento del PIB en un país, en periodos determinados, no dice si el derrotero seguido de desarrollo es sostenible o no (UNU.UNEP, 2023) .

Así nacieron primero el índice de desarrollo humano [IDH] (Palazzi, 1998), luego el índice de sostenibilidad (Comisión de las Comunidades europeas, 2009), conocido como Índice de Riqueza Integral [IRI], denominado PIB.2 o PIB verde. También se habla ahora del Índice Multidimensional de Inclusión [IMI] (Dörffel, et al., 2022).

El Programa de las Dimensiones Humanas del Cambio Ambiental Global (UNU-IHDP ‘UN University’s International Human Dimensions Programme on Global Environmental Change’), en asociación con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, dieron a conocer en 2012 una nueva manera de calcular un índice de sostenibilidad que, a diferencia del PIB, incluye el capital natural, el manufacturado, el humano y el social, como partes integrales de la riqueza de un país.

Dentro de los cálculos del capital natural en el IRI se incluyen: los combustibles fósiles, los minerales, los recursos forestales, las tierras agrícolas y la pesca. Hay que tener en cuenta que los factores que favorecen los ecosistemas y el recuento de los recursos hídricos no fueron tenidos en cuenta, debido a la falta de datos fiables.

El capital humano es considerado como forma privilegiada de capital que compensa la disminución del capital natural, e indica el avance de su productividad. Se define como el conocimiento, las habilidades, las competencias y los atributos encarnados en los individuos que facilitan la creación de bienestar personal, social y económico (Adebola-Solarin, et al., 2024). Está representado por los niveles de educación, el conocimiento en ciencia y tecnología, la creatividad, los salarios, el número de años de trabajo antes de la pensión, las habilidades, la salud.

El IRI entiende el capital social como la conjunción de redes y normas compartidas, de valores y de entendimientos que facilitan la cooperación en o entre grupos humanos. El capital social estaría representado por indicadores del contexto, la autosuficiencia, la equidad, la cohesión social, las asociaciones horizontales, la sociedad civil y política, la integración social, aspectos jurídicos y de gobernabilidad.  

Es significativo el avance que implica tener en cuenta como factores clave del desarrollo el capital humano, el social y el ambiental, y no solo los factores económicos y financieros. Pero este adelanto guarda una matriz que distorsiona su aplicabilidad: seguir situando en el centro del asunto el bienestar humano, cuando lo antropológicamente adecuado es poner en el centro a la persona humana en sí misma considerada, y no solo su bienestar.

En 2008 el Gobierno francés creó una comisión para la Medición del Desarrollo Económico y el Progreso Social, liderada por Joseph Stiglitz de la Universidad de Columbia, que contó con la participación de Amartya Sen de la Universidad de Harvard como consejero (ambos ganadores del Nobel Prize in Economics) y con más de veinte investigadores de universidades de los Estados Unidos, el Reino Unido y Francia.

En el Informe de esta Comisión (Stiglitz et al., 2009) se muestra la limitación de las mediciones más centradas en los números que en las personas; pero, sobre todo, sus nefastos efectos cuando dichas mediciones son utilizadas sin tener en cuenta el contexto; cuando se maneja el bienestar como un fin en sí mismo y no como resultante de una serie de condiciones, que tienen a la persona humana como principal protagonista. Este documento se encuentra haciendo parte de la bibliografía que se incluye en el informe que soporta el IRI.

Por otro lado, el índice multidimensional de inclusión [IMI], mide la capacidad de las personas en distintos aspectos de la vida como el empleo, la vivienda, la participación social, la educación, la salud, etc., en función del acceso a esas oportunidades esenciales o servicios, es decir, su capacidad de participación en la sociedad (Dorffel, 2022). Tiene la ventaja de contar con más dimensiones -el IDH solo utiliza tres- y por tanto permite captar el desarrollo humano con más amplitud.

Sin embargo, no se puede dejar de advertir que aún con el marco aportado por la Agenda 2030 y de los ODS, en los Diez Principios del Pacto Mundial de la ONU (ONU, 2024), con los que se busca garantizar una sostenibilidad corporativa, sobre la base del compromiso empresarial soportado en un sistema de valores y un enfoque de principios a la hora de hacer negocios, no se hace referencia a ningún índice de desarrollo humano o multidimensional, con lo cual será muy difícil de establecer la orientación de lo que se pretende, con esta nueva herramienta de gobernanza global.

 

5.       Conclusiones

De seguir como va el mundo no se alcanzará la plenitud de la existencia humana: es necesario un cambio de rumbo, un cambio de cultura. Las dos líneas propuestas (ecología humana y un nuevo índice de sostenibilidad) pueden contribuir a ese propósito. Además, no se parte de cero: ya se han planteado en el concierto internacional y están dando sus primeros pasos. La novedad estará en la visión de aprehenderlas conectadas medularmente con las soluciones para los problemas actuales.

A los orígenes de la desigualdad, de la exclusión y de la inequidad no solo se puede acceder a través de planteamientos económicos: una perspectiva antropológica puede ayudar a que estas tres realidades, tan extendidas en la especie homo sapiens sapiens en los inicios del siglo XXI, se puedan corregir con instrumentos adecuados, que también tengan en cuenta la «escala humana» que la tecnociencia y la biotecnología parecen querer superar, despreciar o simplemente desconocer.

Tanto por la Bioética centrada en la persona como por la ecología humana, quienes ofrecen reflexiones soportadas por una antropología filosófica realista y una cosmología sólida, permiten captar adecuadamente las reales dimensiones de los problemas y ofrecen pautas de acción no solo posibles, sino sobre todo adecuadas, ajustadas a la ética, a los verdaderos derechos humanos y a una visión prospectiva que toma en cuenta las futuras generaciones. Un ejemplo de ello es el nuevo índice de sostenibilidad. 

Es necesario ofrecer puntos de vista distintos, para luego proponer soluciones que sean respetuosas tanto de la dignidad de la que es titular cada ser humano, como de la realidad natural que lo circunda y que él debe cuidar y proteger.

Podría pensarse que la ecología humana trata de una reflexión de matriz antropocentrista, o incluso especista, pero en sentido estricto no es más que reconocer una realidad que para muchos escapa a la evidencia. Se debe cuidar el medio ambiente por la relación que tiene con el ser humano, porque es su hábitat, la aldea común, etc.

Es al menos desordenado plantearse el cuidado ecológico desde la perspectiva exclusiva del valor intrínseco del medio ambiente. El medio ambiente es valioso primariamente por la relación que existe entre él y el ser humano: su valor en sí mismo es solo real en la medida que ayuda o afecta al ser humano.

Por otro lado, si se piensa considerar como indicador de desarrollo y de sustentabilidad del planeta al capital humano, valga decir a la persona humana, no es lógico que políticas ideologizadas por la perspectiva de género sigan planteando reducir la pobreza controlando los nacimientos, principalmente en las personas pobres; o lo que es peor, reducir a los mismos pobres con medidas proclives al aborto, consecuencia tácita -pero real- de la ideología de género.

El documento maestro del IRI registra como un profundo problema, al menos conceptual, la categoría Población (tamaño y perfil demográfico). Se plantea que el crecimiento demográfico perjudica de manera proporcionalmente inversa el bienestar deseable para la humanidad: cuantas más personas, menos bienestar. Y como el bienestar es la cumbre del desarrollo, la consecuencia supuestamente lógica debía ser continuar limitando los nacimientos.

Como el capital humano es directamente proporcional al desarrollo (a más personas, más conocimiento, más relaciones, más capacidades, más trabajo, más investigación, etc.) el énfasis se debe poner en la protección y promoción de la familia, en la educación, en la formación de personas, en la ayuda real a los más pobres y no en su exterminio.

En la base de toda política económica, deben estar tanto la dignidad de cada persona humana como la proyección a la consecución de un bien común, que lejos de promover en primera instancia el bienestar tenga en cuenta que por delante han de ir los valores culturales, éticos y espirituales para hacerlo real y aplicable.

El empeño por la defensa de la dignidad humana, por la construcción de una convivencia pacífica entre los pueblos y por la custodia de lo creado, pasa necesariamente por la familia: allí se ha de trabajar para enseñar los primeros elementos de la solidaridad interpersonal y de respeto por el medio ambiente.

También es imprescindible trabajar en iniciativas que lleven a restablecer los vínculos relacionales, a corregir las verdaderas fracturas interpersonales e intergeneracionales y a evitar sus causas: la falta de espacios de diálogo familiar, la influencia negativa de los medios de comunicación, el subjetivismo relativista, el consumismo desenfrenado, alentado por el mercado, la falta de acompañamiento.

Es necesario repensar algunas estrategias que en la actualidad se ponen en práctica para combatir la desigualdad, entre ellas los tratados de libre comercio: si se aplican solo desde una perspectiva economicista, corren el riesgo de aportar soluciones parciales y caducas. Si en su diseño esas estrategias tienen como centro a los seres humanos y el bien común es posible reorientar adecuadamente el mundo y conjurar, de una vez por todas, los espectros de la desigualdad, la inequidad, la exclusión, la pobreza y la violencia.

Si la ONU está interesada en que las empresas adopten como suyos tanto los 17 ODS como los Diez Principios, para construir un futuro donde el sector empresarial actúe de forma responsable y generen un verdadero desarrollo sostenible centrado en el ser humano, será necesario que además de plantear los ODS como un «qué» y los Diez principios como un «cómo», se tengan en cuenta los elementos que llevan al desarrollo humano integral a manera de «por qué» y «para qué».

La perspectiva bioética lleva a captar la Ecología Humana y cualquier índice de desarrollo humano como aplicaciones prácticas de una visión centrada en la persona humana, en su dignidad, en la misión que tiene en relación con el mundo que lo rodea; firmemente apoyado en la ley natural y en la búsqueda irrestricta del bien común.

 

 

6.        Bibliografía

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 Gilberto A. Gamboa-Bernal

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