Márgenes, Revista de Educación de la Universidad de Málaga
HISTORIAS MÍNIMAS

Cada maestrico tiene su librico

To each (teacher) their own (book)
Mari Carmen Díez Navarro*
Recibido:11 de julio de 2022  Aceptado: 12 de julio de 2022 Publicado: 31 de julio de 2022
To cite this article: Díez Navarro, Mª C. (2022). Cada maestrico tiene su librico. Márgenes, Revista de Educación de la Universidad de Málaga, 3(2), 154-157. http://dx.doi.org/10.24310/mgnmar.v3i2.15112
DOI: http://dx.doi.org/10.24310/mgnmar.v3i2.15112

*Maestra de Educación Infantil y psicopedagoga
http://carmendiez.com
Mari Carmen Díez Navarro

Mari Carmen Díez Navarro

RESUMEN:
Aunque los cambios forman parte del oficio docente, hay formas y formas de vivirlo: cada maestrico con su librico, que está amasado no solo a partir de las imprescindibles teorías, sino de las múltiples experiencias prácticas contrastadas con la realidad. Y aunque es cierto que cada maestro tiene una peculiar forma de hablar, de escuchar, de acompañar y de enseñar, no lo es menos que hoy en día ir abrigado solo por un librico,va resultando algo pobre.

PALABRAS CLAVE: educación infantil; enseñanza; desarrollo profesional

ABSTRACT:
Although change is part of the teaching profession, there are ways and means of experiencing it: as the Spanish saying goes, cada maestrico con su librico, every teacher has their own book, theis own method. This "book" is based not only on the essential theories, but also on the many practical experiences contrasted with reality. And although it is true that each teacher has a particular way of speaking, listening, accompanying and teaching, it is no less true that nowadays, being sheltered only by a "book" is becoming rather poor.

KEYWORDS: early childhood education; teaching; professional development

Esta frase-refrán tiene peso y entidad, y viene a nombrar el hecho de que cada maestro tiene unos saberes, unas costumbres, unos automatismos y un estilo personal que presiden su modo de hacer. A todo ello se le llama: el librico, y se considera algo respetable, ya que no solo está amasado a partir de las imprescindibles teorías, sino de las múltiples experiencias prácticas contrastadas con la realidad.

A lo largo de mi recorrido como maestra, he vivido momentos de búsqueda, de duda, de reflexión, de calma y de arrebatada pasión innovadora. Me entusiasmé con los talleres, con los proyectos de trabajo, con la poesía, el teatro, la lectura, la alfabetización emocional, el juego libre, el arte y unas cuantas cosas más. Todo menos quedarme quieta, repitiendo lo conocido. Pero no siempre es así, hay épocas tristes, en las que cuesta estrenar cosas nuevas. Y… también hay otras maneras. En una ocasión en que impartía un seminario sobre proyectos de trabajo, una maestra me dijo que le parecía una forma de aprender interesante, pero que para 18 años que le quedaban para jubilarse, no le valía la pena cambiar de metodología.

Considero que la profesión de maestro está tan llena de complejidades, de personas y de tareas, que los cambios habrían de estar totalmente incorporados a nuestra práctica, la creatividad habría de marcar su impronta en las actividades y relaciones, y el tiempo no tendría que ser un obstáculo para mejorar. Sin embargo, como se puede ver, hay quienes se aferran con tanta fidelidad a sus métodos, como el maestro del dicho se aferraba a su librico.

En estos momentos observo dos posiciones diferenciadas con respecto a este tema. Una se parece a la de la maestra a la que faltaban 18 años para jubilarse y ponía eso como excusa para no cambiar. Y es que en algunos casos no hay manera de que los maestros introduzcan cambios en su modo de llevar la clase, ni de que transformen los espacios, los materiales, la forma de plantear los aprendizajes, de encarar los conflictos o las relaciones con las familias. Se resisten con fuerza a lo nuevo, quizás por haberse acomodado a lo suyo, quizás por no querer arriesgarse a fracasar estrenando otras maneras, quizás por evitarse trabajo.

Diez

En la otra posición están quienes van cambiando de maneras a cada instante, probando métodos, criterios o teorías para no quedarse atrás, para ser maestros actualizados, para avanzar. Hace poco una maestra joven me contó que su compañera de nivel había hecho un curso sobre ambientes de aprendizaje, y a partir de ahí se pasaba el día cambiando de sitio los muebles de la clase, con lo que tenía a los niños, que eran de 3 años, bastante desorientados.

El inmovilismo condiciona mucho la práctica. Un maestro que no cambia nada, puede denotar inseguridad, apatía, pasividad… Y esta manera de estar repercute en el ambiente, en el modelo de actuación que se ofrece a los niños, en la dificultad para tomar decisiones, en la rigidez de las costumbres, en los vínculos que no son suficientemente flexibles y no animan a evolucionar. Aunque también los cambios excesivos y muy frecuentes pueden suponer cierta confusión para los niños de edades tempranas.

En realidad, no se trata de cambiar por cambiar, ni de apuntarse a cualquier método por el solo hecho de que sea nuevo, o esté de moda. La cuestión sería intentar cambiar lo que el maestro percibe que no funciona bien, o no llega a los niños. Constatar el vacío o el error sería el motor para ponerse en marcha y buscar otras opciones. Y después de ver lo que hay que modificar, habría que buscar cómo cubrir las necesidades y cómo adecuar lo nuevo al conjunto del ambiente de la clase, al estilo de la escuela, del maestro y del grupo de niños. Después, habría que ir adquiriendo experiencia, analizar los resultados y evaluar.

Diez

Cuando empezamos a hacer talleres en mi escuela, nuestra idea era lograr que en el horario hubiera actividades en pequeño grupo, de modo que los niños no siempre hicieran todos lo mismo y a la vez. También queríamos conseguir que aprendieran a elegir autónomamente qué tarea deseaban realizar. Los proyectos de trabajo vinieron de la insatisfacción que sentíamos los maestros al ver que los intereses de los niños iban por un lado y nuestras propuestas por otro. Algunas de las novedades que he vivido vinieron de la mano de la pura ausencia, como la poesía. Otras fueron demandadas por los niños que, con sus comentarios y actitudes, nos hicieron entender lo que para ellos era más conveniente y placentero.

Si lo de cada maestrico tiene su librico quisiera decir que cada maestro ha elaborado una manera particular de estar y de invitar a los niños a aprender abierta a los cambios, tendría un buen sentido el dicho. Pero si lo que se viene a defender es un saber acuñado solo por el paso del tiempo y la repetición, que se mantiene cerrado a la mejora, ya no sería tan bueno.

Cierto es que cada maestro tiene una peculiar forma de hablar, de escuchar, de acompañar y de enseñar, y eso es lógico y conveniente. Pero no es menos cierto que hoy en día ir abrigado solo por un librico, va resultando algo pobre. Hay muchas formas de enriquecer nuestro trabajo. Sobre todo, pensando, profundizando y compartiendo con otros maestros. Así aprenderemos todos y mejoraremos nuestro actuar.

¡Cuidado con los libricos cuando nos atan y nos impiden el cambio!

Libros

Márgenes, Revista de Educación de la Universidad de Málaga