Márgenes, Revista de Educación de la Universidad de Málaga
HISTORIAS MÍNIMAS

¿Es la universidad un lugar de encuentro?

Is University a meeting place?
Asun López Carretero*
Recibido: 25 de enero de 2021  Aceptado: 26 de enero de 2021  Publicado: 31 de enero de 2021
To cite this article: López Carretero, A. (2021). ¿Es la universidad un lugar de encuentro? Márgenes, Revista de Educación de la Universidad de Málaga, 2 (1), 191-200
DOI: https://doi.org/10.24310/mgnmar.v2i1.11648

* Dra. en Psicología, profesora honorífica de la Facultad de Educación de la Universidad de Barcelona (España),
asuncion.lopez@ub.edu
Asun López Carretero

Asun López Carretero

RESUMEN:
Estas líneas son un toque de atención, así como una invitación, a poner en el centro la necesidad de cuidar lugares de encuentro —como la universidad— en los que se gesten y compartan saberes y prácticas que puedan favorecer una vida sostenible en todas sus dimensiones. Este paisaje relacional y de pensamiento compartido ha ido desapareciendo de un modo casi imperceptible, como sucede a menudo con las presiones sutiles, que van desdibujando el sentido libre de nuestras vidas. En este sentido, la pandemia es un punto de inflexión: o bien decidimos naturalizar la distancia social y el aislamiento como modo de vida apoyados por las diversas tecnologías online; o bien hacemos una apuesta decidida por un mundo común, que requiere de una implicación singular y compartida en el que la presencia es la principal forma de relación. Los espacios educativos son primordiales para hacer viable este compromiso que se genera en la presencia y el encuentro. El modo en que nos relacionamos con lo espacios virtuales en estos momentos marcará el futuro del oficio de enseñar.

PALABRAS CLAVE: presencia; universidad; deseo; relación educativa

ABSTRACT:
These lines are a wake-up call, as well as an invitation, to put at the center the need to take care of meeting places —such as the university— in which knowledge and practices that can promote a sustainable life are developed and shared. This relational landscape and shared thought has been disappearing almost imperceptibly, as is often the case with subtle pressures, which are blurring the free meaning of our lives. In this sense, the pandemic is a turning point: either we decide to naturalize social distance and isolation as a way of life supported by various online technologies; or we make a firm commitment to a common world, which requires a singular and shared involvement in which presence is the main form of relationship. Educational spaces are essential to make viable this commitment that is generated in the presence and in the encounter. The way in which we relate to virtual spaces at this time will mark the future of the teaching profession.

KEYWORDS: presence; University; desire; educational relationship

Hace unas semanas, en un espacio virtual en el que nos reunimos distintas personas del mundo de la educación, me surgió esta pregunta: ¿Es la universidad un lugar de encuentro?

El curso pasado, precisamente guiadas por ese deseo de encuentro, algunas maestras, profesoras de la universidad y de otros niveles educativos, nos reunimos en un centro educativo para conversar alrededor de nuestro oficio: enseñar. A causa de la pandemia, esos encuentros prosiguieron de forma virtual.

Conversar vía virtual tiene la ventaja de que algunas personas desde la lejanía puedan participar (de Argentina, Brasil, Paraguay, Chile y Uruguay); todas ellas, de un modo u otro, han pasado por la Facultad de Educación de la Universidad de Barcelona. Pero esta facilidad, sin duda importante, me ha llevado a reflexionar alrededor de las diferencias de esta modalidad y el intercambio en presencia.

Nos conocemos algunas hace tiempo; otras no se conocían y no con todas hay la misma relación. Compartimos la pasión por nuestro oficio, el gusto por cultivar los vínculos y pensar juntas y juntos. La palabra circula con fluidez. Sin embargo, siento una cierta pérdida de los cuerpos con su vivacidad, con sus gestos, con los movimientos y las tonalidades de las voces encarnadas, con la musicalidad de la intuición cuando todavía no encuentra la palabra. Todos estos matices han desaparecido y en su lugar tenemos una imagen fija de unos rostros amigos. Eso hace que la palabra fluya de un modo más propositivo que narrativo, más afirmativo que exploratorio y se va perdiendo la riqueza de la presencia con todos sus matices, tanteos y posibilidades.

Por ello, cuando conversábamos sobre los espacios educativos y la innegable importancia de la presencia, la pregunta por si la universidad es un lugar de encuentro, me resonó.

Como todas las preguntas complejas, esta tampoco tiene una respuesta fácil ni mucho menos simple. Me gustaría señalar a qué me refiero al utilizar la palabra encuentro. De todos los sentidos posibles, cuando utilizo esta expresión me refiero al compromiso que asumen una serie de personas para compartir un tiempo y un espacio de palabra con una disposición a la escucha y a dejarse decir. Esta disposición puede dar lugar a la coincidencia y también a la divergencia de puntos de vista. En ocasiones surgen hallazgos imprevistos, asombros, aperturas y nuevos horizontes que rompen con la rutina. La intención que sostiene el encuentro es el deseo de estar juntos y juntas y tejer algo en común que vaya más allá de las aportaciones individuales, que pueda abrir nuevos caminos y sentidos educativos.

Esta disposición, en la que existe el compromiso, es diferente de una obligatoriedad impuesta. Tal como lo entiendo, es una apuesta libre que inspira el entrar en juego en primera persona y dejarse tocar por la palabra del otro, con la posibilidad de transformar-se en una relación de confianza.

La universidad son muchos mundos: el institucional, el del aula, los pasillos, el bar. En algunos de esos mundos algunas veces lo que convoca es solo el gusto del encuentro y la frontera entre estos espacios puede ser flexible. A veces alrededor de un proyecto común puede nacer un encuentro que va más allá de la sola acción práctica del proyecto en sí mismo. Cuando este encuentro se da en el aula, es una experiencia mágica. Pero también ocurre que a menudo lo institucional-burocrático se come los tiempos e impide ir a esos más allá.

Para dejarme interpelar por la pregunta que da título a este texto, voy a tratar de poner palabras y reflexionar a partir de mi experiencia, sin la pretensión de ninguna aproximación a lo que pudiera ser una respuesta. Es un camino de búsqueda de aquellos gestos que facilitan el encuentro y que sostienen la vida y la docencia en este espacio formativo.

De lo que puedo conversar es de dónde nace para mí y para otras muchas personas la preocupación por la universidad, por lo que allí sucede como un espacio público que sostenemos entre todos y todas.

Las que hemos desarrollado nuestra práctica profesional en este contexto hemos vivido de cerca las tensiones que circulan día a día. Tensiones que están en movimiento, que a veces son fértiles y en otras muchas ocasiones muy destructivas; tensiones que son reflejo del mundo que vivimos y de la pérdida de valor simbólico del saber, en favor de una instrumentalización y mercantilización de la formación. Y la formación del profesorado, como parte de ella, no se excluye de esa realidad.

He vivido momentos diversos en una larga trayectoria, pero siempre desde un lugar: la educación. Si evoco esos momentos no es para caer en la nostalgia, sino para rescatar y estirar algunos hilos que nos facilitan modos de estar en la universidad como un lugar de encuentro entre seres humanos, con los saberes que nos ayudan a crecer y sostener un mundo habitable.

Un gesto que se me ha quedado grabado fueron las reuniones que realizábamos en la Escola de Mestres de St Cugat1 allá por los años 80/90. El profesorado de un mismo grupo-clase y de distintas materias nos reuníamos para conversar alrededor de la docencia “situada” en ese contexto concreto del alumnado que compartíamos. Esos encuentros eran de una riqueza impresionante, tanto porque conocíamos otras áreas del saber, que confluían en la formación de maestros y maestras, como porque nos permitía un conocimiento multidimensional de los alumnas y alumnas de un mismo grupo.

He tomado este gesto por lo que tiene de paradigmático como forma de entender la formación del profesorado y el oficio de enseñar.

La preocupación compartida por la educación nos reunía como docentes de un grupo-clase, con la presencia de la relación educativa como eje que nos interrogaba. Y ello, teniendo en el centro para quienes o con quienes nos estábamos relacionando como estudiantes. Estudiantes concretos, con nombres, orígenes, inquietudes, dificultades; en definitiva, una diversidad de seres humanos. También la relación entre el profesorado fluía de modo creativo. Sentíamos que proyectábamos algo en común.

Este paisaje relacional y de pensamiento compartido ha ido desapareciendo de un modo casi imperceptible, como sucede a menudo con las presiones sutiles, que van desdibujando el sentido libre de nuestras vidas. Se precisa una atención a estos giros que no van en la línea de lo que deseamos; que se introducen en las vidas personales e institucionales y que nos van llevando a lugares en donde las tensiones adquieren la dimensión de presiones insostenibles.

Tratando de recuperar el hilo del sentido libre, en el 2010 hicimos un trabajo de investigación y reflexión para averiguar cuál era la experiencia de las mujeres universitarias. En la publicación que nació (Arnaus y Piussi, Coords. 2010) a partir de los testimonios de mujeres docentes de ámbitos del saber muy diversos, pudimos escuchar deseos y prácticas con sentido, pero también con dolor por los obstáculos.

Justo en aquellos momentos se estaba implantando el famoso Plan Bolonia. Recupero las palabras de Anna Maria Piussi (2009), que señalan el modo como el paradigma mercantil producción/consumo, proveedor/cliente, ha trastocado las relaciones sociales y las relaciones entre sujetos, sometiéndolas a la presión meritocrática y productivista, y a parámetros puramente empresariales. Y, al referirse a la presencia de las mujeres en la universidad, nombra así nuestros malestares:

En los últimos quince años las mujeres más que los hombres hemos sufrido cambios en la mente, en el alma y con frecuencia en el cuerpo, como demuestran las experiencias personales y los testimonios recogidos durante la presente investigación. Pero precisamente porque estamos más alejadas de las lógicas del poder y de la medida del éxito y el dinero, la crisis actual y sus destructivas consecuencias nos ha sorprendido en menor medida que a los hombres. (Piussi, 2009, p. 147)

Sin embargo, desde entonces hasta el presente, esas lógicas del mundo neoliberal no han hecho más que aumentar, de modo que las esperanzas y las luchas de estudiantes y profesoras no han conseguido en muchos casos que sus voces fueran escuchadas con la atención necesaria. La universidad ha ido restringiendo esas posibilidades de encuentro y las condiciones laborales del profesorado han empeorado por las dificultades de renovación contractual y las condiciones de precariedad.

La burocracia se ha ido extendiendo como una mancha de aceite, de manera que ha comenzado a regir nuestras vidas sin apenas darnos cuenta. Y no solo la burocracia institucionalizada, sin rostro, que te trasmite las decisiones sin un interlocutor o interlocutora, sino también las relaciones personales entre nosotros. Los correos electrónicos -aun estando en el despacho de al lado- han empezado a poblar nuestras comunicaciones. Esto es indicativo de “una distancia social” que ya existía antes de la pandemia de la COVID 19.

Una escena ilustrativa de este presente es la frase que escuché en una reunión institucional: “Las asignaturas no son de nadie”. Me llamó la atención este comentario que, aunque parece defender una aparente igualdad, esconde una visión del conocimiento neutro, deslocalizado, sin sujeto y sin espacio relacional. Efectivamente, el saber no es una posesión en el sentido de la vinculación saber-poder, pero tampoco es algo intercambiable. Cada lugar desde el que nos movemos entre el saber y el no saber tiene personas que lo cultivan, que lo cuidan, que lo hacen crecer y, en ese sentido, las asignaturas son espacios personales, íntimos y a la vez comunes.

Una asignatura es nuestro deseo puesto en juego, no desde esta mirada ególatra ni posesiva. La exploración del saber es una proyección de nuestras vidas que cobra sentido cuando lo ponemos a disposición para compartir, cuando reconocemos una genealogía de la que proviene y un espacio relacional en el que se cultiva.

Los saberes se han convertido en “saberes de las cosas” para gestionar situaciones -protocolos, estrategias, recursos, instrumentos de evaluación-, y no saberes de las personas. Así, los saberes de los oficios de lo humano (Cifali, 2012) han quedado subsumidos en esta visión empresarial y productivista de la que hablo.

Los saberes relacionales, que forman parte de la vida y la cultura -como, por ejemplo, el cuidado, la atención a lo singular, la escucha, la confianza- se han ahogado en el mar de las competencias. ¿Qué sentidos tienen las competencias? ¿Son llaves supuestamente útiles para el mercado? La conversación ha ido desapareciendo como modo de explorar la relación con el saber y en su lugar han aparecido distintos dispositivos estáticos tipo PowerPoint y otros más sofisticados que han ido sustituyendo la palabra y la escritura. ¿Es la conversación una forma que cultiva la comunicación o esto es un proceso lento que no merece ser atendido? Obviamente la conversación está guiada y sostenida por el placer de la búsqueda en compañía, precisa del cuerpo, de la presencia. Dicho de otro modo, ¿es la conversación una pérdida de tiempo?

Y así entramos de nuevo en los ejes espaciotemporales.

Llama la atención que en algunas universidades los despachos del profesorado estén muy distantes de las aulas. La distancia social, que ahora se reclama desde la salud, es ya una práctica habitual en nuestras vidas, una práctica que jerarquiza, separa y dificulta la cercanía en las relaciones.

En cuanto el tiempo, pensado desde un productivismo inmediatista, nos lleva a vivirnos en la prisa y en el agotamiento, sin detenernos en el camino, en los detalles y en la profundización de las dimensiones de lo humano.

A pesar de la crisis profunda de la cultura que estamos viviendo y el desorden socio-simbólico que trae consigo, conviven espacios donde se siguen cultivando modos de enseñar que apuntan al sentido libre.

La universidad son muchos mundos en tensión. Los espacios de libertad también siguen vivos y esos hilos que tejieron las relaciones hace décadas se han ido abriendo paso a través de todo este mar de tensiones y dificultades. Hilos siempre nuevos en cada momento histórico. El sentido libre supone un actuar y pensar en primera persona con otras y otros, atreverse a tomar esa responsabilidad con un compromiso ético y político que ponga límites a la violencia institucional.

Llegadas a este punto surge la pregunta: ¿Falta amor, cuidado y relación en la universidad? Porque sin amor no hay encuentro posible y en estos momentos de incertidumbre nos preguntamos cómo reconocer, cuidar y hacer emerger esos otros modos, esas otras formas de ser universidad, de cuidar la formación que también están ahí.

Para ello es preciso volver a la raíz sin quedarnos solo en la crítica en estos momentos inciertos en que la salud personal y del planeta está en juego. Estar atentas a nuestras y nuestros estudiantes

[…] pero sobre todo del deseo, durante demasiado tiempo reprimido por el mundo adulto, de una formación por sí misma y no para el beneficio, para aprender a convivir pacíficamente y no para adiestrarse en la lucha económica, para entender la vida y el mundo y no para obtener rápida y superficialmente créditos y puntos desde la óptica de una continua, abstracta y arbitraria certificación de conformidad como «recursos humanos» del capital. Una óptica en la que también se han ocultado las fuerzas de la izquierda —partidos, sindicatos, intelectuales—, más interesados en hacer funcionar la máquina organizativa y productiva que en preguntarse sobre su sentido. (Piussi 2009, p. 150)

Estas palabras provienen de la crisis del 2008. En el presente, con la excusa de la pandemia, puede tomar la hegemonía una universidad absolutamente dirigida a esa concepción empresarial y, como consecuencia, proponerse como mercado de la formación. Por eso hoy es urgente reflexionar y nombrar los nudos, preguntas y posibilidades del presente; pero es preciso saber leerlo. Si no vamos a la raíz y nos afanamos en discutir alrededor del sí o no a las plataformas, nos quedaremos mirando lo superficial sin ver que lo que está en juego son los oficios de lo humano y el vivir más allá de un efecto compulsivo de ir no se sabe dónde.

La crisis puede abrir y fortalecer espacios, pero es preciso sostenerse en la política primera de la universidad y reabrir el conflicto simbólico en el modo de hacer universidad. Marina Garcés (2020) se pregunta ¿De qué sirve saber cuando ya no sabemos vivir? Y continúa:

[Esa] Sigue siendo la pregunta de nuestro tiempo, porque nos llenamos y nos inundamos de saberes, de formación, de información, ahora me apunto a un nuevo máster, a un nuevo curso, escuchamos la misma noticia cincuenta veces al día y necesitamos más y más... Pero ¿sabemos vivir? ¿Sabemos relacionarnos con lo básico y con lo importante de nuestras vidas, con aquellos que tenemos enfrente, al lado, con las decisiones que atraviesan los momentos clave de nuestras vidas, con la posibilidad de no saber qué hacer? Esto lo formulo en términos personales, pero son también preguntas sociales y colectivas de nuestro momento. Lo más grave es que no sabemos imaginar cómo vivir. (p. 29)

El compromiso que tenemos, a mi juicio, también en la universidad y la formación, es buscar en la raíz de lo humano una forma sensata de vivir y habitar el planeta.

En las instituciones como la universidad es urgente generar lugares de encuentro para reabrir el sentido de la universidad. Darnos un toque de alerta a profesoras y alumnas, dejar el silencio denso, no callar, sostener conflictos no destructivos y escapar de la mortífera repetición, de las complicidades a la baja, de la opresión y del conformismo. Autorizar a los y las estudiantes y autorizar-nos a tener un pensamiento propio, pero sostenido en la alteridad.

El conocimiento se funda en la separación, es cercano y lejano a la vez, es íntimo e intangible, pero común porque se gesta en el encuentro. La conversación diferida es el modo humano de seguir elaborando las palabras que nacieron en presencia.

Para ir pensando en estos otros modos de “ser universidad” considero importante no borrar nuestros cuerpos, establecer relaciones interpersonales, pensar juntos y juntas, para favorecer la dimensión política de las cosas que deseamos. Para eso necesitamos del apoyo mutuo que se gesta en el encuentro, donde nace lo imprevisto y a partir de ello pueden desencadenarse muchas posibilidades. La auto-moderación de nuestros deseos nos lleva a condicionarnos la existencia. Es preciso atreverse a abrir el camino de la libertad para que este a su vez sostenga la relación en presencia.

Presencia que nos mueva también a la contemplación, a explorar las categorías de lo imposible, a romper las distancias, a buscar otros espacios fuera de lo institucional, a poner atención a lo que ocurre en nuestro entorno, a observar desde las ventanas de casa, a estar atentas a la sensibilidad de las luces que emergen en las sombras para explorar el deseo de conocer que posiblemente puede encenderse cuando estamos verdaderamente aquí y ahora. Desplazarnos al mundo en grande como el espacio social de la comunidad. Atrevernos también a conquistar y cuidar esos espacios en los que podemos establecer vínculos y transitar fronteras e imaginar mundos posibles.

Ningún espacio institucional tiene vida propia. Esa vida se conquista y cuida cada día al desplazarse de los lugares fijos -que cierran posibilidades y nos encierran en pequeñas islas- para establecer vínculos en los que se generan pasajes transitables. La presencia de la escuela y el mantenernos en contacto con maestras y educadoras es un signo de que nos sentimos educación. Queremos ser maestras y maestros y no técnicos o expertos sometidos a las presiones mercantilistas. Todos y todas en los espacios educativos estamos atravesados de un modo u otro por las tensiones que sufrimos por la burocratización y las aplicaciones de normas y protocolos sin discusión.

Habitar el mundo es sentirse parte de algo en movimiento que requiere una exploración y búsqueda constante, donde la presencia es la forma en que nos relacionamos en ese movimiento y con los otros y con las otras. La distancia social que nos impacta hoy no es nueva, solo ha sido acelerada y magnificada, por lo que requiere buscar otras formas para que surja la presencia sentida y conectada con la otredad (o alteridad), que pueda acortar la distancia y vincularnos con el mundo. Y una de las trampas del momento es naturalizar la enseñanza online como un deslizamiento que puede tener consecuencias devastadoras para las dimensiones profundas del encuentro educativo.

***

En nuestro espacio virtual de encuentro que nombraba al inicio de este texto hemos tratado de acortar en cierto modo la distancia, lo que nos ha llevado también a sentir y cuestionar la forma de habitarlo. Un espacio que a ratos nos incomoda, nos hace movemos inquietas en el asiento. El cuerpo pugna por salir y hacerse presente. El silencio se torna pesado, cuesta hilar las palabras porque la presencia del otro y la otra no se palpa. A momentos se siente la soledad más intensamente. Aun así, hemos buscado formas de relacionarnos con estos límites y encauzar de algún modo estas incomodidades. Hemos tratado de sortear las dificultades y explorar modos de mantener “un estar” con implicación personal y común.

La escritura compartida nos ha ayudado. Hemos escrito relatos en primera persona partiendo de la experiencia de cada una, a veces en parejas, poniendo en juego palabras para nombrar nuestros sentimientos y pensamientos. Y en esos escritos se vive la presencia al leerlo. Y la presencia no solo desde la primera persona. También se palpa la del grupo, en palabras que reviven la corporalidad ausente en cierto modo. Tal vez es cosa de buscar nuevos cauces, nuevas sintonías de encuentro, sin olvidar que estamos juntas en la lejanía.

Una lejanía que de forma paradójica nos ha llevado a cuidar la cercanía subjetiva con diferentes gestos que nos han recordado que somos cuerpo que vibra. En esta situación de incertidumbre hemos podido compartir los puntos de luz que se dan en cada contexto en el que cada una estamos atravesando este momento histórico. Hemos vivido y compartido los sucesos chilenos, la vuelta a la escuela de algunas que han regresado a sus países, las tesis que han iniciado de forma creativa debido a las restricciones del momento. Hemos puesto encima de la mesa las cartas de Freire: “Cartas a quien pretende enseñar…” Y tantas y tantas cuestiones…

Y cada una y cada uno nos hemos vivido en lo que hemos llamado: Comunidad libre de pensamiento, un encuentro que se ha abierto puntualmente cada miércoles y que, sin despegarnos de cada vida concreta, nos ha permitido volar a la lejanía, cultivando lo singular y lo común. Creando pasajes que han hecho en parte transitables las fronteras cultivando esos lugares “entre”.

Esta experiencia nos reafirma en la cuestión fundamental de mantener esos lugares de encuentro, de cultivar sinergias compartidas, de apoyo mutuo, de relación creativa con el saber, aún en tiempos de pandemia; esperando y reforzando la importancia y el sentido de cultivar esos espacios de encuentro, dentro y fuera de la universidad, haciendo comunidad y fortaleciendo los lazos que están a la espera de que la presencia vuelva a nuestras vidas.

Vuestras voces están en este texto y quiero acabar agradeciendo a Vania, Claudia y Carlota su lectura atenta y sus indicaciones. Durante esta pandemia los lazos entre nosotras se han estrechado. En esta cita de los miércoles se han conjugado sentimientos y pensamientos que están dado lugar a formas imaginativas y creativas de vivir este momento histórico, intentando no perder la brújula que nos guía en nuestro oficio. Ha nacido una complicidad vivida y pensada desde las diferencias que está abriendo todo un mapa de posibilidades.

Gracias a todas y todos por seguir ahí y hacer que cada miércoles el mundo sea más habitable, hermoso y también amoroso.

Dolo Molina (Universidad de Valencia), Inma Coscollá (maestra de primaria, Valencia), Adrià Paredes (Universidad de Barcelona), Valeska Cabrera (Universidad de Barcelona), Vania Borbar (desde Chiloé, Chile), Abigail Vázquez (desde Paraguay), Francisca Parra (desde Chile), Isaac Sanjuán (MACBA Barcelona), Luciana Chait (doctorado Barcelona), Claudia Soto (Doctorado Barcelona), Isabel González González (Doctorado Barcelona), Carlota Rodríguez Silva (desde Galicia) y Patricia Gabbarini (Universidad de Córdoba, Argentina).

Referencias:

Arnaus, Remei y Piussi, Anna Maria (Coords.) (2010). La universidad fértil. Mujeres y hombres, una apuesta política. Octaedro

Arnaus, Remei y Piussi, Anna Maria (2009). El sentido libre de ser universitarias. DUODA, 36, 131-156.

Cífalli, Mireille (2012). Creer en la escritura. Michel de Certeau, una poética de lo cotidiano. Cuadernos del CLAEH, 100, 317-339.

Garcés, Marina (2020). Escuela de aprendices. Galaxia Gutenberg.

1 Escola de Formació del Professorat de la Universitat Autònoma de Barcelona.


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