TRASTORNOS DE PERSONALIDAD Y CINE

 

PERSONALITY DISORDERS AND CINEMA

 

                                                                                      Jacobo Reyes Martos

IES El Valle, Jaén, España

gerencia@dhpsicologia.es

 

Emilio Luis Lara López

IES El Valle, Jaén, España

emijaen@yahoo.es

Resumen:

El cine, en cualquiera de sus géneros, es un inmejorable mues-trario de las diferentes personalidades que los psicólogos estudian con pormenor. Así, en las películas vemos reflejados distintos modos de pensar y actuar con los que nos identificamos, admiramos o rechazamos. En este artículo vamos a analizar en concreto los trastornos de personalidad en el cine, pues el séptimo arte muestra una irresistible atracción por personalidades fuera de lo común, trastornadas, que no se ajustan a los patrones ordinarios del comportamiento. Veremos catorce de estos trastornos llevados a la gran pantalla y apuntaremos los rasgos más característicos de cada uno de ellos. Nuestro propósito es establecer un catálogo de trastornos de personalidad en el cine y ofrecer posibilidades de su aplicación en el ámbito de la psicología, la docencia, la historia y la antropología.

Abstract:

Cinema, in any ot its many genres, is a large kaleidoskope of all those different personalities that are being studied carefully by psychologists. In films, we can find different ways of thinking and acting we identify with, admire or reject. In this magazine article we will examine closely personality disorders through films, since cinema shows an irresistible attraction to unusual disrupted personalities that do no fit to the usual patterns of behaviour. We will study fourteen of these personality disorders which have been brought to the big screen and we will comment their more distinctive features. We will also study the possibility of providing a use for them in the fields of Psychology, Teaching, History and Anthropology.

 

Palabras clave:

Trastornos de personalidad; cine; psicología; historia

Keywords:

Personality Disorders; Cinema; Psychology; History

1. Introducción

¿Por qué somos como somos? ¿A qué se debe que nuestras relaciones sean más fluidas con ciertas personas o se atasquen incomprensiblemente con otras? Estos interrogantes preguntándonos la “esencia” del ser humano, podrían ser el inicio de una película de Woody Allen o de Bergman. Y es que el cine, desde comienzos del s. XX (pero sobre todo con el nacimiento del cine sonoro), ha incorporado protagonistas y actores de reparto que han reflejado un muestrario de tipos de personalidad, fruto del trabajo combinado de guionistas, actores y directores.

En este artículo nos centraremos en los aspectos que definen nuestra personalidad y en cómo esta materia ha nutrido de manera profusa las temáticas relacionadas con la industria cinematográfica.

 

2. ¿Qué es la personalidad?

Woody Allen, en Poderosa Afrodita (Migthy Aphrodite, Woody Allen, 1995), nos presenta a un coro de actores griegos en las ruinas de un anfiteatro invocando tras sus máscaras a los dioses para que les ayuden a narrar el drama que se va a desarrollar ante los fascinados ojos del espectador. Sírvanos el inicio de esta película para explicar el origen del  término “personalidad” que procede del latín: “persona”, y que se refiere originariamente a la máscara que usaban los actores en el teatro para representar su papel. Por lo tanto, podemos considerar que la elección de esta temática puede ser especialmente acertada para indagar cómo somos y cómo esto es reflejado en los personajes de la gran fábrica de sueños.

Son múltiples las definiciones que existen sobre la personalidad. Por su importancia, destacamos la de Millon:

“Un patrón complejo de características psicológicas profundamente enraizadas, que se expresan de forma automática en casi todas las áreas de la actividad psicológica. Es decir, la personalidad es un patrón de características que configuran la constelación completa de la persona” (2006, p. 2).

Otra definición a tener en cuenta es la de Caballo: “una mezcla de factores temperamentales (determinados por la biología) y caracteriológicos (determinados por el medio ambiente)” (2004, p. 27).

Sería fácil caer en la tentación de considerar la personalidad como algo estático, seducidos por la simplicidad de análisis de  un determinismo fatalista, en el sentido de que: “el destino de un hombre está en su carácter”. Sin embargo, las investigaciones científicas actuales contravienen este aserto y, si bien es cierto que el papel biológico juega un papel muy relevante, no lo es menos que la interacción con el medio conforma y perfila a lo largo de nuestra existencia esas tendencias que arrastramos desde la cuna.

Como síntesis, proponemos definir la personalidad como la predisposición de un individuo a desarrollar unos  patrones básicos de  conducta tanto  interna como externa, resultantes de la interacción de tres factores:

A. Biológicos: aspectos morfológicos y estructurales del sistema nervioso de una persona

B. Caracteriológicos: determinados por el ambiente.

C. Perceptivos: tendencia a percibir e interpretar el entorno conforme a ciertos patrones que le asignan unas creencias y esquemas de pensamiento a  la información recibida.

Desde este punto de vista, la personalidad sería el producto resultante del trabajo conjunto de determinantes innatos, genéticos y constitucionales (lo que denominamos temperamento) que actuarían como un armazón que predetermina y filtra la información sensorial que va a llegar a nuestro cerebro en un contexto sociocultural específico (el carácter).

 

2.1. Trastornos de personalidad y cine

Existen al menos dos obras en España que han realizado una aproximación a las relaciones entre la psicología y el cine. Una hace un esquema básico de patologías acompañadas de la ficha técnica de algunas cintas (Molina & Del Nogal, 2013), y otra, desde una interesante y desenfadada perspectiva literaria, plantea un paseo por la psicología a través del séptimo arte (Moreno & Muiño, 2003). Hay otra obra, de solidez académica y excelente estructura conceptual (Sánchez-Escalonilla, 2014), que analiza algunos aspectos psicológicos en la construcción de personajes cinematográficos.

No descubrimos nada extraordinario afirmando que todos tenemos nuestras peculiaridades,  nuestras pequeñas rarezas. Podríamos incluso hablar de nuestras “manías” a la hora de desenvolvernos en nuestro medio habitual. No dejamos de ser “gente corriente”, y como tal ciudadanos con una convivencia aceptable. Son estas características las que suelen hacernos sujetos muy poco interesantes para el cine. No creemos que pudiéramos citar muchas películas que se dediquen a desarrollar la vida de personas anónimas en situaciones cotidianas –quizá con excepción de la reciente Boyhood (Richard Linklater, 2014), o la menos conocida La curva de la felicidad (Les femmes… ou les enfants d’abord…, Manuel Poirier, 2002). Por el contrario, el séptimo arte gusta de colocar a personajes normales y anónimos en circunstancias extraordinarias.

El cine muestra una especial atracción por personalidades fuera de lo común, llamativas y usualmente trastornadas que no se ajustan a los patrones ordinarios del comportamiento, convirtiéndolas en motivo en sí mismas de sus guiones o en elementos clave en torno a los cuales hacer pivotar tramas cómicas, de intriga o tensión inusitada. Puesto que este es el tema del presente artículo conviene que hagamos algunas precisiones que ayuden a tener algunas claves con las que poder entender mejor estos fenómenos.

 

2.2. ¿Qué es un trastorno de personalidad?

No es tarea fácil ni simple establecer los límites entre una personalidad sana y otra trastornada en unas pocas líneas, por lo que será más útil centrar nuestro análisis sobre  qué aspectos comunes a diferentes tipos de personalidad serían los que nos permitirían establecer la frontera entre lo normal y lo patológico.

Hablaríamos de trastorno cuando la persona muestra una rigidez e inflexibilidad mental que le impide ajustar su comportamiento a los condicionantes del ambiente y, de manera reiterada y contumaz se empeña en repetir comportamientos con los que obtener objetivos poco o nada realistas, a la vez que se le hace especialmente difícil aprender de su propia experiencia y extraer conclusiones que le permitan percibir la realidad de manera objetiva. Este ejemplo queda muy claramente reflejado en la película El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, David O. Russell, 2012), en la que el padre de Pat (interpretado por Robert de Niro), tuerce una y otra vez el significado de los acontecimientos para ajustarlo a las trampas mentales de  sus obsesiones. Y cuando parece que ya ha aceptado la realidad, de nuevo el guionista hace emerger los trucos sibilinos de su mente para volver a conducir las conductas de los demás hacia sus irrenunciables metas.

Un observador no versado, al reparar en  las acciones a veces aparentemente “absurdas” o carentes de una razón evidente, podría suponer que los individuos con Trastorno de Personalidad serían personas que han perdido el juicio, que están lo que vulgarmente se entiende por “locas”. Es decir, que no son dueñas de sus actos y que sus conductas  se rigen por percepciones de un universo que no es el real, padeciendo lo que en términos clínicos se denomina un trastorno psicótico.

La estupidez y maldad de algunas de esas acciones hacen pensar a la gente sin este tipo de trastornos que es imposible que una persona normal pudiera perpetrar algunos episodios que luego nos parecen aberrantes o vergonzosos. Entonces, llevados tanto por  la necesidad de dotar de algún sentido al mundo que nos rodea como por la ignorancia y a veces las buenas intenciones, se les atribuyen motivaciones que entran dentro del universo de la psiquiatría más propia del siglo XIX que de la actual centuria. Después de todo, ¿cómo explicarnos la horrorosa violencia gratuita de la que hace gala el protagonista de La naranja mecánica? (A Clockwork Orange, Stanley Kubrick, 1971). Basta sólo con pensar que pueda haber gente a nuestro alrededor con esa fría crueldad para que un incómodo desasosiego nos inquiete hasta el punto de buscar  alguna  explicación plausible ante tanta maldad.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Los individuos con Trastorno de Personalidad razonan y perciben el mundo tan perfectamente como cualquier persona normal, aunque también pueden presentar otros problemas psicológicos.

En definitiva, podemos apreciar cómo además de todos los diversos patrones de disfuncionalidad en la conducta de las personas con este tipo de problemas, hay un denominador común que se mantiene en todos ellos: la férrea persistencia de dichos patrones por encima de la especificidad  de cada tipo de trastorno y de cada persona en particular. Esta situación queda muy bien ejemplificada con el personaje –basado en hechos reales– que protagoniza Mat Damon en El soplón (The Informant!, Steven Soderbergh, 2009), cuando parece que tras su prolongado paso por intervenciones psiquiátricas y por la cárcel se ha rehabilitado… pero la última secuencia desconcierta al espectador, que queda inoculado con el virus de la sospecha y la carcoma de la duda.

La diferencia entre las invenciones del protagonista de El Soplón y el mundo del protagonista de Una mente maravillosa (A Beautiful Mind, Ron Howard, 2001), basada en la vida del célebre Premio Nobel John Nash, es que el primero simula y fabula hechos que no cree, poniendo esas patrañas al servicio de la preservación de su ego, de la defensa a ultranza contra cualquier tipo de cuestionamiento de la estructura esencial de sí mismo, como si en ello le fuese  su propia supervivencia.

Por el contrario, el actor Russell Crowe, en el papel del matemático creador de la Teoría de los Juegos, sí cree en lo que dice ver y oír (aunque no sea cierto y sean producciones de su mente enferma). El protagonista se afana en disimular las percepciones que le atormentan para que no se noten de cara al exterior. El primero, simula fabulaciones, el segundo disimula alucinaciones. Uno miente, el otro es sincero. Tales son algunas de las diferencias sustanciales entre un trastorno de personalidad y un trastorno psicótico como la esquizofrenia paranoide que tortura a Russell Crowe (en el papel de Nash) en el oscarizado film. Uno vive manipulando concienzudamente las circunstancias (más allá de cualquier principio moral) para lograr sus fines, el otro deambula por un mundo subjetivo que confunde con la realidad.

 

2.3. Tipos de trastornos de personalidad y cine

Pero volviendo al tema que nos ocupa, y una vez sentadas las bases sobre qué es la personalidad y qué es un trastorno de personalidad, procederemos a explorar los tipos de trastornos más importantes y cómo han podido ser reflejados en el cine de manera que un análisis -aunque breve-, nos ayude a una mejor comprensión de los mismos.

Damos por válida la taxonomía de Millon respecto a los estilos de personalidad y sus correspondientes trastornos (Millon, 2006: 157-168) y hemos catalogado catorce tipos de trastornos de personalidad, todos ellos reflejados en el cine.

Seguiremos una estructura en la que analizaremos cada trastorno según los siguientes pasos:

1º Expondremos el personaje de una película que nos aproxime al estereotipo de personalidad, y en ocasiones mencionaremos otro film que apoye al citado en primer lugar. Este estereotipo es el patrón clásico que estamos habituados a ver y que no incluye necesariamente componentes clínicos.

2º Incluiremos un esbozo literario de este arquetipo, tal y como podemos reconocer en el cine.

3º A continuación describiremos los principales componentes que permiten identificar los rasgos esenciales del trastorno desde una perspectiva psicológica.

 

3. El prototipo esquizoide

En Bailando con Lobos (Dances with Wolves, Kevin Costner, 1990), el teniente John J. Dunbar (encarnado por Kevin Costner) recibe órdenes de hacerse cargo de un lejano y solitario puesto fronterizo, destino que encajará bien con la personalidad del militar unionista, que pone de manifiesto en el arranque de la película, al cabalgar en dos ocasiones delante de las líneas confederadas buscando la muerte –o dándole igual morir-, en un acto de extremo valor –o de supina insensatez-, sin que los continuos disparos enemigos consigan abatirlo.

Las Aventuras de Jeremías Johnson (Jeremiah Johnson, Sydney Pollack, 1972) sería otro film que reflejaría este trastorno a través del antiguo soldado Jeremías Johnson (interpretado por Robert Redford), que cansado de vivir en la civilización, se retira a las montañas, donde deberá desarrollar las técnicas de supervivencia de los tramperos para desenvolverse en un medio inhóspito.

Pensemos en un western en el que el protagonista es un tipo duro, de pasado aparentemente misterioso, tan parco en palabras como en gestos, con una mirada fija e impenetrable, siempre oteando el lejano horizonte. No parecen afectarle el hambre, la sed ni el frío. En su rostro inalterable apenas se marca un mueca de dolor o de venganza mientras le extraen una bala o una flecha india. Es un individuo autosuficiente que sabe sobrevivir perfectamente en la pradera o en las montañas. No expresa emociones, ni siquiera la nostalgia fruto del desarraigo al tener que irse sin apenas un gesto de despedida de la chica que lo ama. Inmune a los comentarios de ella que le reprocha su distante frialdad, su dificultad para conectar afectivamente y le pronostica una vida solitaria sin el calor de un hogar. Carece de lazos familiares o de ningún otro tipo. Parece estar tan sólo casado con su errante destino. Aislado en el extremo de la barra de la cantina, apura su whisky, ajeno a los comentarios y miradas que puedan posarse sobre él. Sabe relacionarse mejor con una vaca o con su dócil caballo que con la mujer que queda prendada de él, pues si ella le besa presa de un arrebato de pasión, él apenas le devolverá el gesto con un modesto ósculo en los labios.

Nos hallamos ante un sujeto de personalidad esquizoide.

Estas personas las reconoceremos por su inalterable inexpresividad: parecen inanimados. En su trato se muestran indiferentes y remotos, rara vez saben responder a los sentimientos de otras personas. Prefieren la soledad o el aislamiento desempeñando actividades en las que los marcos familiares, sociales y laborales quedan en un segundo plano.

Sus razonamientos son pobres, de naturaleza e índole circular, desconectados de objetivos claros y de una lectura empática del entorno social en el que se desenvuelven.

Su inteligencia intrapersonal es muy pobre: apenas son conscientes de los sentimientos y pensamientos que puedan estar gestándose en su interior. Dan la impresión de hacer gala de un sabio estoicismo que no esconde sino el vacío en la oquedad de su cabeza.

Indiferentes al halago o a la crítica, sus conductas parecen seguir extrañas motivaciones ajenas al reconocimiento social.

Sus análisis del mundo suelen ser literales, descriptivos, afirmando, constatando y relatando  hechos de forma abstracta o impersonal, de manera más propia de un cronista que del protagonista de la película. La percepción de su historia personal es esquemática, más semejante a retazos de un documental que a una historia bien hilvanada.

Su impasibilidad refleja un mundo emocional carente de calidez, distante y monótono, con una pobre orientación tanto hacia sus deseos y necesidades sexuales como hacia el establecimiento de lazos de apego con las personas más próximas. La misma dificultad que muestran para expresar el dolor la presentan para manifestar el placer derivado de cubrir el hambre, el frío, la sed, el sexo… La tristeza, la alegría, la ira o la calma son polaridades que no logran acceder a un interior impermeabilizado contra cualquier reacción afectiva.

 

4. Trastorno evitativo

En La vida secreta de Walter Mitty (The Secret Life of Walter Mitty, Norman Z. McLeod, 1947), el joven e histriónico Walter Mitty vive anulado por su sobreprotectora madre, lo que le obliga a desarrollar una desbordante fantasía para escapar de una vida cotidiana asfixiante y controladora, ya que en lugar de enfrentarse a su progenitora se refugia en una desbordante imaginación, en un rico mundo interior.

Con una sonrisa, contemplamos en la pantalla un primer plano de un sujeto con aspecto de contable a la antigua usanza: tembloroso, aislado socialmente, de hábitos rutinarios y convencionales. De corta estatura y con gafas, juguetea con sus manos a la altura del pecho manipulando un bolígrafo o cualquier otro objeto de naturaleza trivial. Súbitamente echa mano de un frasco y consume unos tranquilizantes. Una voz en off le habla internamente bien reprochándole supuestas torpezas bien cuestionándole su aspecto y el impacto que pueda generar en los demás en una próxima cita. Mientras, otro personaje real o imaginario se dirige a él tranquilizándole para bajar su nivel de nerviosismo. En otras tomas se dirige a la cámara y le habla al espectador mientras pone en duda sus propias capacidades o destaca sus defectos. De pronto, su atención pasa a ser captada por diferentes malestares físicos de índole difuso: ardor de estómago, cefaleas... comienza a preguntarse si alguna enfermedad grave está gestándose y aún no ha dado la cara. De inmediato procede a tomarse la temperatura y la presión.

Hemos topado con la personalidad evitativa.

Estas personas destacan por su actitud vacilante y por una expresión ansiosa y preocupada. Agitadas e inquietas, parecen estar corroídas por el temor y el desasosiego. Cualquier evento social se convierte en una prueba de fuego en la que corren el riesgo de hacer el ridículo. Esta predisposición les conduce a establecer un trato distante y reservado como mecanismo de defensa para protegerse de la sensación de sentirse rechazados o humillados. Una crítica se convierte en una señal de desaprobación por parte del grupo. Tan sólo se atreverán a mantener relaciones más personales si se les firma “un certificado de garantía” de que serán aceptados incondicionalmente y que gustarán a todo el mundo Como esto no es posible, se refugiarán en su torre de marfil para evitar el insoportable dolor de sentirse cuestionados.

Sus pensamientos tienen un carácter discontinuo, dado que con frecuencia se ven impulsados a dirigir su atención a un chequeo del entorno para comprobar que no están haciendo el ridículo o que nadie los está criticando. Esta conducta les hace sufrir pensamientos inoportunos que cortocircuitan el orden de otros razonamientos necesarios para atender menesteres más necesarios. De esta manera, sus relaciones sociales se tornan pobres y distantes, al tener que mantener un doble discurso: el de su interlocutor y el interno con sus ideas intrusas.

Su mundo interior tiende a recluirse en imaginaciones y fantasías con las que satisfacer las necesidades que en la vida real no se atreven a cubrir. Intentan así compensar sus frustraciones y la rabia contenida que éstas les generan.

Con frecuencia se retrotraen a recuerdos dolorosos en los que se sintieron cuestionados. A partir de ahí, anticipan experiencias catastróficas en un futuro próximo agudizando su ansiedad.

Ante esta angustia, nuestro protagonista no encuentra nada más que las salidas de la evitación o el escape de esas situaciones tan amenazantes para su maltratado ego. Así, embotado afectivamente y carente de recursos con los que afrontar y manejar las nuevas oportunidades que el devenir le depara y en las que podría sentirse cuestionado, va quedando recluido en un mundo de fantasías compensatorias y de malestares físicos con los que evitar los riesgos y retos personales. Nuestro atribulado personaje transita por una existencia jalonada por la tristeza, la autoconmiseración, su deseo de afecto y su temor al rechazo, su necesidad de protagonismo y el miedo a la burla

 

5. Trastorno depresivo

Las Horas (The Hours, Stephen Daldry, 2002), conecta a tres mujeres en diferentes planos temporales a través de la novela Mrs. Dalloway de Virginia Woolf. La actriz Nicole Kidman (con un maquillaje que la asemeja bastante a la escritora) interpreta a V. Woolf en un momento de la vida de la escritora en el que sus problemas psicológicos se acentúan y se ahonda el foso que la separa de su marido, lo que la sume en una sensación de vacío existencial.

El arquetipo literario cinematográfico sería el siguiente: en pantalla contemplamos una tarde de otoño. Ella, demacrada, sin maquillar, con el cabello lacio cayendo sobre sus macilentas mejillas deja vagar su inexpresiva mirada a través de la ventana. Sus pupilas parecen concentrarse en un punto invisible. Como sonido ambiente una música de instrumentos de cuerda se mezcla con el repiqueteo de la lluvia tras los cristales y del viento en el jardín. Sobre la mesa un libro de Sartre o en la pared una reproducción del Grito de Munch forman parte del decorado. Tras un prolongado silencio, con voz monótona y apagada se cuestiona el sentido de la existencia o lo absurdo de las relaciones humanas utilizando unas argumentaciones de lógica aparentemente irrefutable. Sus gestos transmiten una desconsolada sensación de desamparo y remota inaccesibilidad que a los demás les parece imposible traspasar. Necesitada de recibir cariño es incapaz de devolver ternura.

Nos hemos topado de bruces con el trastorno depresivo de personalidad.

Antes de continuar, conviene puntualizar que no es lo mismo una depresión (trastorno del estado de ánimo al que cualquiera puede verse sometido bien por circunstancias externas o por variables fisiológicas) que un trastorno depresivo de personalidad. Éste último es una manera de ser que hace más probable que la persona pueda sufrir una Depresión. Es a este último tipo individuos al que dirigimos nuestra atención en este epígrafe.

Su expresión de abatimiento y sombría mirada nos muestran a unas personas en la que han hecho presa el decaimiento, la desdicha y el desánimo. Su desvalida apariencia incitará a los demás a prestarles cuidados y protección mientras ellas verbalizan una profunda sensación de abandono y demandan un  eterno afecto. A estas atenciones del entorno ellas responderán con un estado de ánimo agrio, triste y desabrido, dando la impresión estas personas de estar sumidas en profundas cavilaciones

Sus pensamientos se focalizan en lo negativo. Con una actitud fatalista, se especializan en esperar de cada evento lo peor y de generar profecías autocumplidas que confirmen su expectativas de fracaso. Activan mecanismos aprendidos de indefensión que les hacen desestimar cualquier posibilidad de esfuerzo o lucha por cambiar o mejorar las cosas.

Su actitud negativa provoca un estado de ánimo abotagado que  les mueve o bien a despreciar los pequeños placeres que la existencia nos depara o bien a negarse el derecho a disfrutarlos si éstos se presentan. Su devaluado autoconcepto les incita a considerarse como seres inútiles e incompetentes. Al pensar así sobre sí mismas, su autoestima se deteriora hasta el punto de “no quererse”, considerando que son  merecedoras de las más aceradas críticas cuando no de un rotundo desprecio. Ante esta situación es frecuente que consideren la posibilidad de actos autopunitivos incluido el suicidio.

Frente al dicho que reza: “cualquier tiempo pasado fue mejor” (que responde a patrones de sesgos selectivos de la memoria), estas personas filtran interpretaciones siempre pesimistas y negativas del pasado, al que evocan como un páramo desolado repleto de privaciones afectivas. Arrastran así una trayectoria vital desprovista de ilusiones y esperanzas, sin energía.

 

6. Trastorno dependiente

Rebeca (Rebecca, Alfred Hitchcock, 1940) es la película que refleja a la perfección este trastorno. La señora Winter (interpretada por Joan Fontaine), casada en segundas nupcias con el adinerado Maximilian de Winter, sufre el desprecio y constante acoso psicológico por parte de una casi siempre hierática ama de llaves, Mrs. Danvers (interpretada por Judith Anderson), que le recuerda constantemente lo especial en todos los aspectos que era su primera señora (Rebeca Winter), fallecida trágicamente. Es memorable la agobiante secuencia en la que la maquiavélica ama de llaves le muestra a la apocada esposa el dormitorio de la primera señora Winter, que ella mantiene en perfecto estado, como si la muerte no se la hubiera llevado y fuera a aparecer en cualquier momento; y en esa secuencia del dormitorio, la segunda esposa aparece como una mujer vulnerable, frágil desde un punto de vista psicológico y retraída físicamente, con un lenguaje no verbal que expresa constante temor y que, como se ve a lo largo de la película, necesita sentirse respaldada y querida por su marido en cada momento.

Otro ejemplo sería Solas (Benito Zambrano, 1999), en la que Rosa, una mujer mayor (interpretada por María Galiana) visita en el hospital a su celoso y machista marido, convaleciente tras una intervención, y sufre el desdén de éste y sus humillantes comentarios. Asimismo, Rosa deberá ayudar a su hija –alcohólica y embarazada–, a superar una penosa situación personal.

De pie frente a un hombre apuesto y altanero o ante una señora opulenta y déspota a la que sirve como dama de compañía, vemos a una joven aseada y austera, de aspecto frágil, vestida con una sencilla falda y una rebeca, zapatos planos y sin pretensiones; afanada en complacer a su interlocutor. Su mirada tiene un aire mitad implorante mitad interrogante, su expresión refleja preocupación y deseo de agradar. Con sus piernas ligeramente flexionadas, permanece con su tronco inclinado hacia la otra persona, mientras sujeta sus manos trémulas frente al pecho y respira entrecortadamente. Podría ser una chica de Galerías Preciados (Las muchachas de azul, Pedro Lazaga, 1957), del tipo de chicas voluntariosas que emergían solícitas tras el mostrador deseosas de contentar a la clientela. Ella vive para satisfacer al jefe, para no defraudar al novio celoso y violento que la espera a la salida del trabajo, para atender a sus padres… en definitiva: para los demás. La expresión “sin ti no soy nada” entonada como una especie de lastimera salmodia, sintetizaría uno de los aspectos esenciales del trastorno dependiente de personalidad.

Si nos topamos de frente con tan servicial persona, puede que estemos dando de bruces con un trastorno dependiente de personalidad.

Son “niños pequeños adultos” a los que aterran las responsabilidades, por lo que necesitan buscar la ayuda de los demás. Su aspecto dócil y pasivo mueve a la protección y el apoyo. Dubitativos, inseguros, necesitan la figura del mentor que los guíe y oriente en el proceloso mar de la vida (repleto de riesgos y responsabilidades). Por este motivo se subordinarán de buen grado a un preceptor que adopte el papel de guía. A cambio, las personas dependientes le ofrecerán su más tierna sumisión y el cumplimiento de todas las pequeñas minucias con las que puedan hacer su vida más agradable y satisfactoria. Todo sea por mantener junto a sí a quien les hace sentirse seguros, protegidos y amparados.

Con tal de no perder esa compañía se convierten en personas ingenuas, fáciles de engañar (o de hacerse víctimas cómplices del engaño tal y como reza la canción: “miénteme otra vez”) tendiendo a ignorar la -a veces dura- realidad objetiva y las situaciones interpersonales conflictivas. Sin ideas ni puntos de vista propios, se adaptarán a los criterios ajenos con tal de no provocar conflictos que pudieran poner en riesgo la relación con la persona de la que se sienten dependientes.

Su pobre autoconcepto y autoestima les hace valorarse como débiles, torpes, frágiles e incompetentes. Sus estrategias en la relación con los demás se basan en interpretaciones simplistas y en una confianza ingenua. Con pocas habilidades sociales y escasa asertividad, poco o nada competitivas, de trato cálido y afectuoso, orientadas sobre todo a evitar cualquier tipo de conflicto o situación socialmente tensa, estas personas suelen ser víctimas de quienes buscan cómo aprovecharse de sus congéneres.

En esencia, su talón de aquiles radica en sus dificultades para adaptarse a las circunstancias cambiantes, a los problemas de la vida adulta, a lo elemental de los  recursos que pueden desarrollar para conducirse con autonomía.

 

7. Trastorno histriónico

Desayuno con diamantes (Breakfast at Tiffany’s, Blake Edwards, 1961) ejemplifica este modelo psicológico, pues la joven Holly Golightly (interpretada por Audrey Hepburn), que aspira convertirse en actriz, lleva una vida alocada, extravagante, mientras oculta y niega llegado el momento un aspecto capital de su vida: que está casada con un hombre mayor. Holly querrá vivir sin ataduras y en un ambiente de lujo, idealizando su existencia, dejándose enamorar por los hombres con quienes se cruza.

El arquetipo cinematográfico sería el de una persona atractiva, de porte elegante e intensa vida social. Con sus chispeantes movimientos oculares, conversación divertida y  encantador trato encandila a todo aquél que se le cruza por el camino. Lisonjera, cariñosa, superficial, bromista y algo veleta suele ser el centro de atención de todas las reuniones en las que participa. Enamoradiza, romántica, apasionada e inconsistente, con su aire sensual atrapa la atención de toda persona incauta susceptible de caer en sus seductoras redes. Sus salidas de tono, sus acciones un tanto irreflexivas son fácilmente disculpadas en cuanto despliega sus zalameras estratagemas y pone en funcionamiento sus encantadores ardides. Todo sea con tal de lograr sus caprichosos deseos, normalmente a costa de los demás.

Incapaz de planificar, exaspera a sus rendidos enamorados que, más razonables y previsores, se afanan por solventar los problemas que la rutina cotidiana exige atender. En una simbiosis imposible de mantener en el tiempo -salvo en la pantalla. Nos emocionaremos con historias de amor en las que esa “cabecita loca” aporta diversión y ruptura de la monotonía en la vida de otras personas sesudas y responsables que velan por el buen funcionamiento de las cosas.

En la tómbola del mundo nos ha tocado el trastorno histriónico de personalidad.

Como el propio nombre indica, nos encontramos con personas inquietas y melodramáticas, de reacciones impulsivas y emotividad lábil. Su vida es una constante performance. Dado que su principal objetivo es captar la atención ajena para recibir el aplauso del grupo (independientemente de quién o quiénes lo formen), una apariencia física atractiva se convierte en un componente fundamental de su arsenal de recursos.  Con  dicha apariencia, normalmente muy sexualizada, intentan atraer a conocidos y crear círculos de personas que –cual satélites- orbiten a su alrededor. Es típico de estas personas que les guste “tunear sus cuerpos” con provocativos o sugerentes atuendos, adornos profusos, o utilizar llamativos vehículos de alta gama que obliguen a los transeúntes a volver la cabeza a su paso. De carácter voluble, se entusiasman con la misma facilidad con la que se aburren y se alegran con la misma prontitud con la que se enojan. Sus opiniones y actos también son extremadamente cambiantes y están al servicio de la obtención de los beneplácitos del medio con el que en cada momento se relacionan, al margen de otros criterios  morales o juicios de valor.

Su inconstante emotividad las convierte en unas personas superficialmente románticas y enamoradizas que cambian frecuentemente de pareja. Bajo su frivolidad y coquetería se oculta un gran vacío existencial y miedo a sentirse solas y desamparadas. Este malestar de fondo les puede conducir a implicarse en adicciones y comportamientos autodestructivos que enmascaren las incómodas emociones derivadas de dicho vacío. El pensamiento introspectivo, analítico y profundo les produce alergia, orientándose hacia el aprendizaje de conceptos generales que no requieran una reflexión excesiva. Por este motivo, sus conocimientos tienden a ser dispersos y sus juicios poco o nada meditados. Su carácter camaleónico y voluble y su necesidad de sintonizar  en cada momento con el entorno social en el que se encuentren, les induce a cambiar frecuentemente de fachada, aspecto y trato

Sus recuerdos son superficiales, sesgados y anecdóticos. Establecen relaciones lógicas en las que el non sequitur es una característica frecuente. La trivialidad de sus percepciones, la insustancialidad de sus opiniones y la dispersión de sus pensamientos les hace ser especialmente irrelevantes en la toma de decisiones de las organizaciones en las que se inserten.

En definitiva, independientemente de su inteligencia tienen lo que vulgarmente llamamos la cabeza llena pájaros.

 

8. Trastorno narcisista

En El demonio se viste de Prada (The Devil Wears Prada, David Frankel, 2006), Miranda, directora de una afamada revista de moda, es una mujer de gran eficacia profesional que somete a sus subordinados a una constante presión para que cumplan sus objetivos y para satisfacer el más pequeño de sus caprichos, pues su monumental ego no tolera el más mínimo fallo, considerado una deslealtad imperdonable. El lujo en el que vive Miranda y la ropa de marca que luce son exponentes de su elevado estatus, y su lenguaje verbal y –sobre todo- no verbal expresan el desprecio con el que trata a sus colaboradores, que son vistos por ella como seres cuya única finalidad es servirla.

El cine histórico ha tratado con profusión estas personalidades, como Patton (Franklin J. Schaffner, 1970), en la que el celebérrimo militar estadounidense hace gala de su arrogancia y egolatría en numerosas ocasiones tanto ante periodistas como compañeros de armas. La película arranca con una poderosa imagen: un discurso del general ante una gigantesca bandera de las barras y estrellas, donde queda patente su consideración de encarnar a la nación norteamericana y su visión del mundo.

El prototipo en el cine sería el de un hombre con aire de estar pagado de sí mismo, mentón prominente, con aires de grandeza y gélida sonrisa. Nuestro protagonista va despojándose en un impúdico striptease de su personalidad,  de las diferentes capas con las que se recubre. Cual lobo con piel de cordero, poco a poco van emergiendo las claves ocultas de un personaje que al principio nos atrapa con sus seductoras maneras y que termina subyugándonos con su pérfido maquiavelismo y las retorcidas tramas que urde para conseguir sus metas. Sin cortapisas morales ni miramientos, nuestro protagonista despliega un gran arsenal de arteras artimañas con las que manipular a los demás y  lograr sus exclusivos fines de medro. La pantalla nos permite observar desde una posición privilegiada cómo funciona en privado y qué ocultas motivaciones alientan sus aparentemente desinteresadas conductas. Nos muestra su verdadero rostro cuando se acicala ante el espejo, mientras despliega una doble vida de cara a los demás. Con su actitud arrogante y altanera da la impresión de vivir presidiendo un permanente desfile que se celebrase en su honor.

Espeluznados, asistimos al encuentro con el narcisista en estado puro.

Imperturbable, indiferente y con fingida tranquilidad, de primeras parece un optimista a ultranza que nos conducirá hacia el éxito. Con arrogancia se dirige hacia sus víctimas. Convencido de estar por encima del bien y del mal, apenas logra disimular su desdén hacia el resto de los vulgares mortales. Al igual que Roy Bean (interpretado por Paul Newman) en El juez de la horca (The Life and Times of Judge Roy Bean, John Huston, 1972), el narcisista dicta estrictas normas que regulan la conducta de los demás, pero no las suyas. Dado que se considera un ser especial, su relación con los animales y personas es objetal, es decir: son un mero instrumento de usar y tirar para conseguir sus caprichosas metas.

Es interpersonalmente explotador, por lo tanto muestra una absoluta falta de empatía y una presuntuosa indiferencia respecto a los derechos, necesidades o sentimientos de quienes considera que están a su servicio. Por el contrario, montará en cólera o se sentirá muy dolido cuando entienda que es a él a quien manipulan o explotan. Después de todo es “dios” y los demás le deben vasallaje.

Imagina situaciones de éxito y gloria para él en cualquier orden de la vida: económico, aspecto físico, relaciones sociales… Siempre presumirá de mantener estrechas relaciones con personas relevantes en los más diversos ámbitos sociales. Su desmesurado autoconcepto le hace considerarse especial y acreedor de la más rendida admiración ajena. Y si bien los demás terminan calándolo y valorándolo como un fatuo egocéntrico merecedor de risa o desprecio, el narcisista  nunca se dará por aludido de manera contundente o duradera.

Mentiroso y manipulador impenitente, no duda en recurrir al engaño para mantener vivas sus fantasías e ilusiones a veces delirantes. Esas falacias no se dirigen sólo hacia los demás, también las aplica hacia sí mismo como mecanismo de racionalización. Elabora así complejos argumentos con los que justificar su egocentrismo y su desconsiderada conducta respecto a los demás. Siempre encontrará una coartada o una explicación no sólo para exculparse, sino también para quedar indiscutiblemente por encima de las reclamaciones de aquellos a quienes utiliza. Como un siempretieso imposible de derribar ante las evidencias, una y otra vez justificará rápidamente sus errores y volverá a reafirmarse.

Su memoria, esclava de su ego, le induce a montar continuas estrategias defensivas ante posibles ofensas o amenazas a su dignidad. Monta así historias a partir de recuerdos ilusorios y sesgados, o directamente con invenciones. Todo vale con tal de cuadrar sus vivencias con su inflada narración personal.

 

9. Trastorno antisocial

Pulp Fiction (Pulp Fiction, Quentin Tarantino, 1994) es una panoplia de personajes con esta trastornada personalidad, pero quien la encarna mejor es Vincent Vega, un sicario recién llegado de Ámsterdam (una ciudad que le ha encantado por su facilidad para consumir drogas) al que le gustan las conversaciones banales –a las que él les da un barniz trascendental-, y que cuando debe matar lo hace sin titubear, sin que ello le produzca escrúpulos de conciencia. Destaca la secuencia en la que, dentro de un coche, se le escapa un tiro, le vuela la cabeza a un traficante y lo único que le preocupa es que el ensangrentado interior del automóvil quede limpio en un corto espacio de tiempo para no llamar la atención de la policía.

Recordemos a Catherine (interpretada por Sharon Stone) como mujer fatal en el más famoso cruce de piernas de la historia del cine en Instinto básico (Basic Instinct, Paul Verhoeven, 1992). Ella, valiéndose de su cautivadora presencia, va tejiendo la tela en la que atrapar a su víctima, como en el fatal beso de la mujer araña. O a Stanley (al que da vida Marlon Brando) en Un tranvía llamado deseo (A Streetcar Named Desire, Elia Kazan, 1951), que encarna a un tipo rudo, hercúleo, impulsivo y pendenciero que con su presencia cargada de testosterona subyuga a la mujer y con su desafiante mirada la arrastra hacia el abismo de sus infiernos. Porque eso es lo que suelen conseguir estos individuos: convertir la vida de quienes les rodean en un infierno que, dependiendo del grado de afectación que presenten en su trastorno, las situará en el primer círculo o en el séptimo del averno de Dante. De este modo, las buenas personas, como corderos, pueden caer en las fauces de quienes presentan la personalidad antisocial.

Como una salvaje fuerza de la naturaleza no sometida a las normas sociales, dejan escapar sus deseos de manera incontrolable e impetuosa. Con tal de satisfacer sus más inmediatos apetitos, se precipitarán en cada momento en pos de sus antojos, cortocircuitando la más elemental lógica y prudencia, sin importarles nada las consecuencias de sus actos.

Interpersonalmente irresponsables, son individuos poco de fiar en los diferentes órdenes de la vida: conyugal, paterno-filial, laboral, económico, etc. En cada momento someterán sus compromisos a sus apetencias más básicas. A quienes les rodean les darán la impresión de ser personas carentes de valores, y no les faltará razón. Violarán directa o taimadamente los derechos ajenos, transgredirán las normas y llevarán a cabo fraudes y manipulaciones de diversos tipos. Para ellos las normas y convenciones sociales son trabas absurdas que están ahí para ser ignoradas y poner injustificados límites a sus legítimas ansias de libertad.

Carentes de empatía, no experimentarán sentimientos de culpa ni remordimientos que les induzcan a no repetir sus dañinos actos en el futuro. Por el contrario, el advertir signos de debilidad en sus víctimas se convierte en un acicate que los animará a persistir en sus abusos. Con un estado de ánimo duro, insensible, desafiante e irritable, tienden a ignorar los principios del civismo. Carentes de miedo, presentan una gran dificultad para extraer conclusiones de las experiencias adversas que se derivan de las consecuencias de sus felonías y aprender de sus errores. Sus comportamientos imprudentes  pueden poner en riesgo su seguridad o la de los demás sin que ellos le den la más mínima importancia.

En su discurso, aludirán a términos como derecho a disponer de su libertad, necesidad de romper con las rutinas, espontaneidad para justificar sus exabruptos… Todo eso no son sino argucias para justificar su estilo de vida explotador y desconsiderado.

Con un pobre autocontrol y baja tolerancia a la frustración, muestran un hedonismo desenfrenado buscando en cada momento la obtención de bienes materiales que en la sociedad exigen de  un importante esfuerzo para conseguirlos.

Con tendencias sexuales bizarras, son proclives a la promiscuidad y a mantener relaciones inestables y  pasajeras salpicadas de agresividad y en medios degradados.

 

10. Trastorno paranoide

El tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, John Huston, 1948) es un claro exponente del trastorno que nos atañe, pues el mendigo Fred Dobbs emprende la aventura de la búsqueda de oro junto a otros dos socios para salir de la miseria. El hallazgo de una importante cantidad de metal precioso en una mina despierta en Fred la desconfianza hacia sus compañeros y la sensación de que conspiran para quitarle su parte de oro. Los intentos de robo por parte de bandas de ladrones incrementará la paranoia de Fred hacia sus socios, de manera que no se fiará de ellos en ningún momento y vivirá atormentado.

Con los ojos abiertos de par en par y sin pestañear, atento a la más mínima incidencia, el protagonista mira alrededor en este arquetipo cinematográfico. Sus cinco sentidos están siempre prestos a detectar cualquier amenaza procedente del mundo exterior. Muy sensible ante cualquier comentario por trivial que sea, sospecha de todo y de todos, pues considera la posibilidad de que se le esté cuestionando. La atmósfera del hipotético film pasa del asfixiante y opresor entorno de un complot a las hilarantes situaciones de un tipo que, como el comisario Juve (interpretado por nuestro Louis de Funes[1]), vive situaciones tensas y ridículas mientras persigue a fantasmas como el malvado Fantomas (Fantômas, André Hunebelle, 1964). Porque fantasmas y otras entidades protoplasmáticas es lo que nuestro protagonista crea en su cerebro, proyectándolas hacia fuera y convirtiéndolas en realidades. De modo que el espectador no sabe muy bien cuándo se trata de la febril mente del personaje o de la realidad real que lo circunda. Se oculta, espía, vigila posibles amenazas, elucubra sobre conspiraciones contra él… vivirá en un continuo estado de alerta. Siempre ojo avizor, dispuesto a contrarrestar los ataques de un mundo hostil.

Nos adentramos en el truculento territorio del trastornado paranoide.

Extremadamente resistente a los consejos o intentos de apoyo de los demás, tenderá a tomarlos como ataques o complots con los que intentan manipularlo y engañarlo. Autosuficiente y altivo, se muestra celoso de su honor. “Nadie se va a reír de mí”, “nadie va a conseguir engañarme”, se dice internamente o comenta en voz alta con tono admonitorio o directamente amenazante. Rencoroso y pendenciero, de trato hostil y provocativo, mantiene relaciones inquisitoriales en las que continuamente indaga sobre las ocultas y aviesas intenciones ajenas. Se considera un ciudadano ejemplar, y un leitmotiv será la venganza de pasados agravios. Gustará de violentas películas en las que el protagonista se toma la justicia por su mano mientras se recrea en sangrientos ajustes de cuentas. Tendrá así la oportunidad de descargar o desplazar su ira contenida y su frustrada necesidad de ser resarcido.

Su desconfianza y cinismo hacia cualquier iniciativa de los demás le lleva a no hacer diferencias entre amistades, familiares, compañeros de trabajo… Con todos buscará ocultos significados a sus más insignificantes acciones o iniciativas. Su mundo se ciñe a “los nuestros” y “el resto”. Con una aproximación sectaria de su modelo de convivencia, que incluye desde las amistades íntimas hasta al cónyuge, entenderá que “todo el que no está conmigo, está contra mí”. Sus relaciones se basan en permanentes pruebas de lealtad para ganar su precaria confianza.

La envidia, las celotipias y las suspicacias los hacen vivir en un permanente estado de resentimiento.

Rígidos e inflexibles, su universo interno se conforma a partir de prejuicios y presuposiciones inflexibles e incuestionables, resistentes a cualquier análisis o razonamiento crítico.

Se autoevalúan con extrema indulgencia, justificando cualquier acción inadecuada como un acto de legítima defensa. Por el contrario, se mostrarán tensos, irascibles e hipercríticos con los demás. Proyectando sus defectos y sus numerosas miserias morales sobre los otros.

Su autoconcepto es inviolable, presentan ideas de autorreferencia que les hacen canalizar cualquier evento -por más neutro que sea- como dirigido hacia su persona. Dado que no confían en nadie, son incapaces de trabajar en equipo, argumentando que tan sólo están preservando su independencia. De este modo, construyen un universo cerrado en el que encapsularse preservando su identidad y autonomía.

 

11. Trastorno agresivo o sádico

La novela Misery de Stephen King fue fielmente adaptada al cine bajo el mismo nombre (Misery, Rob Reiner, 1990), y en el film, Annie Wilkes, una enfermera, rescata tras un accidente de automóvil a Paul Sheldon, un célebre autor de novela del que ella es una rendida admiradora. Annie, que vive sola, cerca de un pueblo, cuida en su casa al maltrecho escritor sin comunicarle a nadie el accidente y que lo está curando, pues ella pretende que él escriba un último libro bajo su supervisión. Annie, que resulta ser una antigua asesina en serie, somete a Paul a unos brutales castigos físicos (lo deja lisiado), y en varias escenas asistimos a drásticos cambios de humor y a explosiones de ira de esta mujer.

Como una tormenta a punto de estallar en la que no se sabe cuándo se descargará el primer rayo provocando un sobresalto, la atmósfera del film nos introduce en un entorno denso y turbio. El espectador asiste sobrecogido y con sensación de impotencia,  a la escena en la que rifle en mano, desde su puesto de mando y parapetado tras sus gafas de sol, el guardián impecablemente uniformado observa al grupo de reclusos, presto a disparar al más mínimo movimiento sospechoso. O bien nos presenta a un atildado director que desde la ventana del despacho, da siniestras instrucciones con las que torturar a un preso, mientras indispone al resto del grupo contra él. O vemos a un engominado Obersturmbannführer de las SS que, en el campo de concentración, decide acabar con los integrantes de un barracón.

Si se trata de una mujer, aparece en pantalla tocada con su cofia una enfermera de acerada mirada que, impasible, prepara la inyección con la que someterá la voluntad del desafortunado interno, el cual va quedando reducido a la categoría de un inerte zombi a merced de sus malvados designios.

Es la personalidad sádica, también conocida en términos clínicos como agresiva.

De expresión inalterable e impávida, presentará bruscas e intensas explosiones emocionales de ira ante nimias contrariedades, o cuando considere que se está desafiando su autoridad. Aparentemente insensible al dolor y al castigo (sobre todo ajeno), asumirá decisiones arriesgadas con tal de mantener su estatus.

De trato áspero, encuentra una fuente de satisfacción en la intimidación, la coacción y la humillación de los otros. Gusta de hacer comentarios socialmente humillantes con los que demostrar su posición de dominio ante el grupo.

Persona dogmática e intolerante, de pensamiento rígido y cerrado, se obstina en mantener sus prejuicios y no enmendarlos con tal de preservar su posición  en la escala  jerárquica. De gatillo fácil, es proclive a súbitos estados de irritación, gustando de la controversia, la polémica o la discusión. No es extraño que llegue a la beligerancia física si se tercia el caso, todo sea por hacer prevalecer sus criterios.

No le importa el impacto que sus arbitrariedades puedan tener, considera  a sus víctimas meros objetos sin valor de los que abusa a su antojo y capricho. Si se resisten gusta de perseguirlas hasta darles su merecido por haber osado desafiarlo.

Se valora a sí mismo como un individuo competitivo, enérgico y voluntarioso, superior a los demás: seres inferiores en la escala evolutiva a los que debe dirigir y pastorear. En realidad es una persona de malvadas inclinaciones, carente de empatía y de sentimientos de culpa, con una gran cantidad de energía y agresividad reprimidas desde su infancia.

Su afectividad se suele reducir a una genitalidad explosiva que, cuando emerge, resulta difícilmente controlable.

 

12. Trastorno autodestructivo

Perdición (Double Indemnity, Billy Wilder, 1944) constituiría un buen ejemplo merced a Phyllis Dietrichson, la sensual esposa que no sólo convence a Walter Neff, un agente de seguros para que le haga una póliza de accidentes a su marido, sino que, tras surgir entre ellos dos una irresistible atracción sexual, la mujer planea con él cómo asesinar al marido simulando un accidente para cobrar la indemnización. La seductora Phyllis manejará a Walter como a una marioneta, pues éste, fascinado por ella, ve anulada su capacidad de juicio y no duda en ejecutar un plan homicida con tal de gozar de los favores sexuales de ella.

En un primer plano, apreciamos cómo sus ojos de perdida colapsan la voluntad de su extenuado amante que, agotado, tan sólo implora  que lo dejen en paz. Da la impresión de pertenecer a una estirpe diferente, marcada con el estigma de la desgracia y la renuncia. El espectador presiente que el resultado de esa desigual batalla está ya fatalmente decidido. Cual trágica princesa que siempre sabe cómo hacerle daño, entre la cirrosis y la sobredosis arrastra al protagonista en su largo viaje. A éste tan sólo le queda la opción de deshacerse de su mortal abrazo si no quiere sucumbir también en el abismo.

En otras ocasiones nos encontramos con el artista incomprendido, el viejo perdedor de espíritu atormentado que, entre el humo perenne de un cigarrillo, se bebe una destilería de whisky mientras se abraza a un piano o emborrona papeles o lienzos presa de un torturado frenesí. A ella se le reserva el papel de sufrir en silencio, mientras se devana la sesera pensando cómo podría protegerle de sí mismo y rescatar su pasmosa creatividad y ese genio potencial que tan sólo necesitaría un poco de calma para eclosionar con epatantes obras maestras.

El incauto navegante ha arribado a las tenebrosas orillas de la personalidad autodestructiva.

Su apariencia discreta, cumplidora y frugal, siempre en un segundo plano, engaña a primera vista. Su expresión de abatimiento le hace parecer una víctima de oscuras circunstancias que le impiden disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Pese a contar con gente valiosa que le aprecia y le quiere, nuestro protagonista -como tocado por un maleficio- se aleja de ellos y se aproxima a personas canallas y viles que lo vejan y humillan, haciendo inútiles los intentos de ayuda por parte de quienes de verdad lo aman.

 Su enfoque de la vida es pesimista y negativo, juega a perder y a fe suya que lo consigue. Convirtiéndose en una perniciosa fábrica de profecías autocumplidas se pone la venda para anticipar sus fracasos vitales. Manteniéndose en la decepción como tono vital cree ponerse a salvo del dolor de las inevitables frustraciones que la vida nos tiene a todos preparadas. Refugiándose en el paraíso perdido de su memoria, juega a combinar supuestos agravios pasados con el esplendor en la hierba de lo que pudo ser y no fue. Todo ello con la vana intención de mantener una homeostasis imposible entre su mundo ideal y la realidad.

Con un autoconcepto denigratorio, considera que nunca estará a la altura de lo que se espera de él. Goza devaluando cualquier cosa que haga y quitándose todo tipo de mérito como persona. Atrapada en un continuo conflicto que es incapaz de resolver adecuadamente, parece vivir en paz con los hombres y en guerra con sus entrañas. Busca de este modo mecanismos compensatorios con los que generarse dolor como vía para satisfacer sus sentimientos de culpa. Tiende a confundir las vías entre el placer y el malestar, incurriendo en agridulces conductas de carácter claramente autodestructivas que también generan sufrimiento entre sus allegados y personas más próximas.

 

13. Trastorno negativista o pasivo-agresivo

La película que vamos a citar puede parecer paradójica respecto a este trastorno de personalidad, ya que pertenece al género de la comedia, pero pocas cosas hay tan terapéuticas como el sentido del humor. Nos referimos a El guateque (The party, Blake Edwards, 1968), en la que el actor indio Hrundi V. Bakshi –despedido de una película en la que actuaba tras protagonizar una escena bochornosa-, recibe por error una invitación para asistir a una fiesta a la que acude el mundillo de Hollywood. Hrundi, sin apenas hablar, debido a su desesperante comportamiento, arruinará la velada nocturna tras una serie de disparatados y desastrosos actos que él provocará con su aparente indolencia.

Otra película que merece ser reseñada es Blue Jasmine (Blue Jasmine, Woody Allen, 2013), en la que Jasmin –o Janette-, una atractiva mujer de mediana edad que había llevado una vida opulenta en Nueva York gracias a su marido, de repente se ve abocada a la miseria y viaja a San Francisco para ver a su hermana Ginger, una mujer de clase obrera, que le da acogida en su humilde casa. Jasmin se niega a aceptar su nueva situación socioeconómica, recuerda con amargura su pasado y trata de casarse con un hombre adinerado que le devuelva su opulenta vida. Jasmin, incapaz de sentir agradecimiento, no cesará de despreciar a su hermana y de cualquier cosa relacionada con su vida, pues la considera inferior a ella en todos los aspectos.

Como una crisálida, encapsulada, una persona observa el ajetreo del mundo exterior. Su mirada implorante acecha al incauto viandante que pase por allí dispuesto a ayudar y tenderle una mano a tan desvalida criatura. Si el viandante, movido de las buenas intenciones, comete el imprudente gesto de alargar el brazo, correrá el riesgo de ser arrastrado al interior de una enmarañada caverna de emociones encontradas de piedad y rabia, en la que descubrirá con espanto los restos momificados de otros muchos que antes también cedieron ingenuamente a tan noble impulso. Rodeado de un halo de indolencia nos encontraremos a este peculiar personaje aquejado del trastorno negativista de personalidad.

Resentidos y serviles, estos sujetos son los que ostentarían el máster en procastinación[2]. Otra de sus especialidades consiste en socavar el ánimo y la moral de quienes les rodean. Su estilo relacional oscila entre una aquiesciencia pueril y un tono reivindicativo de carácter efímero y abrupto. Cuando más suelen hacerse patentes sus problemas de personalidad es en los entornos laborales, o en los que se necesita de la cooperación y el trabajo en equipo. En estas situaciones muestran actitudes y conductas obstructivas y criticonas (que no críticas), que ocultan profundos sentimientos de rabia elicitados por una envidia disimulada y una intensa apatía y desidia. Su tono relacional se caracteriza por refunfuñar, quejarse y hacer comentarios cáusticos sobre cualquiera que sea más competente o afortunado que ellos. Una de las actividades en las que se centran consiste en devaluar los logros ajenos, sin que parezca que ése es su propósito.

Su manera de interpretar la realidad se cimenta en cuatro pilares básicos: el cinismo, la duda, el escepticismo y la desconfianza.

Sus procesos de análisis suelen estar desenfocados, centrándose en lo accesorio e ignorando lo importante. En destacar la anécdota por encima de la categoría.

Incapaces de expresar abiertamente su descontento, utilizarán mecanismos de desplazamiento con los que poner palos en la rueda de cualquier empresa en la que participen. Para ello se valdrán de recursos  como: retrasos sistemáticos e injustificados, centrarse en tareas irrelevantes como si fuesen muy importantes, posponer lo urgente, descontextualizar palabras y acciones del grupo, pequeñas mentiras,  realizar tareas con ineptitud reiterada, alegar excusas como el olvido o modificar torticeramente las palabras de los demás para tergiversar lo previamente acordado. Todo vale con tal de que los objetivos no se cumplan. Podríamos decir que su objetivo es el no cumplimiento de objetivos. Paradójicamente esta actitud los hace especializarse en el autoboicot de sus propias metas vitales, lo que coloquialmente suele denominarse “pegarse un tiro en el pie”, conduciéndolos a reiterados fracasos en el ámbito laboral y social.

Su capacidad de planificación y gestión del tiempo es muy escasa, si no nula. Desnortados, sus energías las orientan más a defenderse de supuestos atentados del entorno contra su libertad y autonomía, que a esforzarse por conseguir logros útiles. Incapaces de definir metas, solicitarán ayuda de los demás, mas cuando estos se la presten reaccionarán airadamente exigiendo que no se inmiscuyan en sus vidas y que no los tiranicen. De este modo, someten a ellos mismos y a sus allegados a una tempestad de emociones contradictorias que, como en el Perro del hortelano, les hacen sentir a uno y a otros que están perdiendo la razón.

Una vez llegados a este punto, los sentimientos de autoconmiseración y de pena por ellos mismos los conducen a mostrarse desvalidos, abandonados y maltratados por una vida injusta y un aciago destino. Este es el momento en el que las almas caritativas que puedan pasar por su lado, pueden correr mayores peligros.

 

14. Trastorno compulsivo

En La vida de los otros (Das Leben der Anderen, Florian Henckel von Donnersmarck, 2006), ambientada en las postrimerías de la RDA, Gerd Wiesler, capitán de la Stasi, es un funcionario ejemplar en el cumplimiento del deber. Dirige la formación técnica de los agentes de la Stasi y realiza todas las operaciones de espionaje que le encomiendan sus superiores. El hierático y cerebral Gerd lleva una vida solitaria y anodina y no se replantea su lealtad al dictatorial régimen comunista hasta que le mandan vigilar a un dramaturgo, Georg Dreyman, y a su novia, una actriz de teatro. El capitán Wiesler experimentará una catarsis y decidirá encubrir al escritor teatral –acusado de ser un enemigo de la RDA- para que no sea detenido y encarcelado, lo que le hará ser degradado por sus superiores.

El capitán Bligh, en Rebelión a bordo (Mutiny of the Bounty, Frank Lloyd, 1935) sería otro buen exponente de este trastorno de personalidad debido a su severidad en el trato a marineros y oficiales y en su seguimiento a ultranza de las ordenanzas militares, lo que le conduce a ejercer el mando de forma despótica con tal de que se cumplan sus órdenes y se sigan a pies juntillas las normas establecidas.

Conviene hacer una precisión aprovechando el juego de palabras con el film de título antónimo que protagoniza Jack Nicholson en Mejor imposible (As Good as It Gets, James L. Brooks, 1997). Aquí se presenta un trastorno obsesivo-compulsivo (lo que usualmente es conocido con las siglas de TOC), caracterizado por presentar manías que hacen que la persona tenga que repetir rituales compulsivamente. Este tipo de patologías pertenecen a los trastornos de ansiedad y somos susceptibles de sufrirla cualquiera de nosotros, independientemente del tipo de personalidad que tengamos. Así, por ejemplo, Melvin Udall (encarnado por Jack Nicholson) en la antes citada película sería un tipo de carácter histriónico y narcisista que está aquejado de este problema. En Durmiendo con su enemigo (Sleeping with the enemy, Joseph Ruben, 1991), se nos muestra la personalidad de Martin, un psicópata que también presenta el trastorno obsesivo-compulsivo. Sin embargo, el trastorno compulsivo de personalidad es una manera de ser que incluye otros muchos patrones que lo hacen más vulnerable a esa alteración del estado de ánimo de carácter ansioso, aunque podría darse el caso de que no la padeciese. Mientras que los que sufren TOC suelen ser víctimas de pensamientos intrusos y desagradables que se esfuerzan por combatir, las personalidades obsesivas validan todas sus creencias y cogniciones (salvo que se encuentren aquejados de un TOC). Una vez hechas estas salvedades, procedamos a su análisis.

En la pantalla se proyecta a un personaje, gris, anodino, austero, extremadamente disciplinado, inexpresivo y con una vida en la que nunca ocurre nada digno de mención. Podría ser un contable, un burócrata, el encargado de una biblioteca, archivero, personal de un laboratorio… son algunos de los estereotipos de los que el séptimo arte se ha valido para caracterizarlos

Individuos de aspecto tenso, responsable, preocupado y triste. Son muy disciplinados, regulan su vida según pautas estrictas para garantizar la precisión de sus acciones. El perfeccionismo en los detalles interfiere con lo importante y cortocircuita sus procesos de toma de decisiones sobre objetivos vitales de carácter general. Su seriedad crónica les hace tener escaso o nulo sentido del humor. Muestran una presencia siempre respetable y convencional. Son muy respetuosos y correctos, hacen gala de una alta escrupulosidad en el cumplimiento de las normas sociales y ostentan un persistente empeño en que se acaten las reglas impuestas por la autoridad correspondiente. Su vida parece estar normalizada según un manual de procedimientos en los que se estandariza desde el uso del tiempo dedicado a las tareas cotidianas hasta la relevancia de las mismas. Su existencia se rige por el espíritu de la sensatez, por lo que no hay espacio para una acción poco meditada o imprudente.

Su obstinación y rigidez mental, al chocar con los cambios que la vida nos depara, les conduce a estados de bloqueo y al intento de pautar, estructurar y reglamentar todo lo que de nuevo pueda emerger constituyéndose en una amenaza para su necesidad de control y seguridad.

En su interior se libra una intensa lucha entre sentimientos prohibidos y no aceptados socialmente y el imperativo que les exige obedecerlos y cumplirlos que les conduce a un larvado estado emocional de soterrada y difusa irritación, frustración y rabia. Como mecanismo de defensa niegan dichos conflictos emocionales, los cuales pueden adoptar otras vías de canalización a través de problemas de carácter psicosomático.

Sus recuerdos quedan catalogados y estructurados, como si de un álbum familiar se tratara, en el que se elimina cualquier fotografía mal hecha o de temática poco conveniente.

De trato frío y formal, experimentan dificultades para expresar o recibir afecto (aunque lo vivencien internamente). Su existencia tiende a girar en torno al trabajo y tienen tendencia a volverse adictos al mismo. Pese a estar sometidos a un fuerte ritmo laboral, el ocio y el descanso les producen una intolerable sensación de culpabilidad -por no estar haciendo algo útil o productivo- que paradójicamente incrementa  su  estrés.

Destacan en el ámbito profesional siendo muy valorados en los niveles intermedios, pero encontrándose con “un techo de cristal” que les impide ascender en la escala jerárquica. Este límite  surge cuando, debido a su focalización en controlar todos los detalles, encuentran dificultades en  la gestión de objetivos y la toma de decisiones de carácter estratégico. Si promocionan por encima del nivel en el que su capacidad de atención puede mantener el control sobre las tareas, es probable que se sientan desbordados y colapsen en cuadros de confusión y ansiedad.

 

15. Trastorno esquizotípico

En Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or The unexpected Virtue of Ignorance, Alejandro G. Iñárritu, 2014), el actor Riggan Thomson prepara el inminente estreno de una obra teatral con la esperanza de que le devuelva el favor del público y logre conquistar a la crítica, ya que vive obsesionado con recuperar la celebridad que tuvo en un tiempo, bien es cierto que representando a un superhéroe, de manera que Riggan quiere demostrar que es un buen actor dramático, capaz de superar el papel facilón que antaño le dio fama. Riggan tiene muchas veces un comportamiento raro, estrambótico, y el espectador de la película tiene la sensación de que tiene poderes especiales, mágicos, cuando en realidad sufre una acusada esquizofrenia.

Su aire enigmático y su porte distante ejercen una mágica atracción sobre el espectador. Su indescifrable expresión y su hierática sonrisa, similar a la de un kuroi griego, suscita en nosotros respuestas similares al impacto que habríamos podido experimentar al salir de la choza y toparnos de frente con el chamán de la tribu tres mil años atrás. Parco en palabras, de mirada fija e inexpresiva, ejecuta acciones extravagantes que el observador tenderá a atribuir a algún arcano motivo. Como nuestro antropólogo accidental no encontrará razones evidentes o plausibles que expliquen esa conducta, es probable que se incline a considerar la posibilidad de que esté dotado de un sexto sentido que le permite conectar con un mundo inaccesible al resto de los mortales.

Hemos dado un paso dentro del abracadabrante mundo de las personalidades esquizotípicas.

De aspecto atípico y de trato reservado y extraño, su expresividad resulta excéntrica para quien no los conoce. En las relaciones con los demás predominará la privacidad y el aislamiento, inclinándose por actividades laborales de carácter periférico y marginal que les permitan mantener dicho tono relacional. Serían el clásico guardián del faro, el pastor trashumante o el anacoreta que viven aislados del mundanal ruido. En las relaciones sociales mostrarán incomodidad, suspicacia y desconfianza. Su apariencia transmitirá apatía, falta de alegría o un aspecto apagado y distante.

Una persona no ducha en estos temas psicológicos podría afirmar que presenta algún tipo de trastorno del espectro autista o un síndrome de Asperger, dadas las dificultades que muestra para entender las relaciones interpersonales y la comunicación no verbal. Sus percepciones sociales le hacen focalizar la atención sobre aspectos secundarios o irrelevantes, obviando otros más dignos de tener en consideración. Les cuesta separar la realidad de la fantasía y su razonamiento tiende a perderse en consideraciones anecdóticas y en ensoñaciones que le hacen proclive a desarrollar un pensamiento de carácter mágico, con ilusiones y creencias raras y rayanas en lo delirante o en lo sobrenatural.

Con frecuencia viven en un estado de disimulada angustia, luchando contra ocultos y  perversos pensamientos que les animan a cometer fechorías que moralmente rechazan. Para conjurar dichos impulsos, recurrirán a rituales con el exorcizar sus demonios internos. De esta manera tienden a deambular en el entorno social con un aspecto enajenado, mientras experimentan perturbadoras ilusiones de despersonalización y disociación[3].

Su representación del mundo se orienta así a una adaptación provisional e improvisada con la que resolver las pequeños retos de la vida cotidiana, encontrando grandes dificultades para organizar pensamientos más elaborados con los que diseñar un plan de vida estructurado a largo plazo. Bajo situaciones de presión o estrés, los límites de su yo tienden a diluirse y fusionarse con elementos del entorno, perdiendo las referencias mínimas de su identidad y quedando desubicados e inermes. Esta predisposición los hace más vulnerables a presentar cuadros de carácter  delirante o directamente psicótico.

 

16. Trastorno límite

Centremos nuestra atención en ¿Quién teme a Virginia Woolf (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, Mike Nichols, 1966), donde Martha (interpretada por Elizabeth Taylor) y George (un profesor alcohólico encarnado por Richard Burton) componen un matrimonio que se odia y cuya convivencia es un infierno. Martha tiene un genio explosivo y no duda en soltar hirientes andanadas verbales a su esposo o manipular a otras personas con tal de hacer sufrir a su marido. Martha es una bella mujer presa de una vorágine de infernales sentimientos que con su penetrante mirada nos arrastra hacia un volcán emocional en el que seremos irremisiblemente consumidos por un magma en el que bullen, a partes iguales, amor y odio. La mente del perplejo espectador se sumirá en un profundo estupor al preguntarse a qué vienen tan apasionadas, repentinas y arrebatadas reacciones. ¿Es una persona admirable por su genuina sinceridad? ¿Se trata de alguien desequilibrado que goza torturando los sentimientos ajenos?...  A lo largo de la película sentiremos que nos han embarcado en una montaña rusa de imprevisible recorrido y en la que apenas hallaremos un momento de respiro[4].

Con explosiones inesperadas de energía incontenible, su voluble estado de ánimo transita de un polo emocional a su opuesto: alegría desbordante y tristeza, admiración y desprecio, etc. Su inestabilidad hace  usual que aparezcan en ellos episodios de ira muy intensa e injustificada que pueden alternar con otros de aparente normalidad. Presentan súbitos arranques emocionales que los convierten en sujetos imprevisibles en los que no se sabe cuándo puede aparecer el fantasma del suicidio o la autolesión.

Son muy vulnerables al miedo a la soledad y al sentimiento de abandono. Pero su trato manipulador y voluble deviene en unas relaciones interpersonales paradójicas y desconcertantes en las que a la vez que demandan atención y afecto, rechazan de manera iracunda cualquier muestra de cariño, esgrimiendo un virulento desprecio. En este juego de toma y daca si quien esté a su lado se aleja, entonces se arrojarán frenéticamente en sus brazos implorando su compañía.

De pensamientos fugaces y emociones cambiantes, dan la impresión de ser sujetos caprichosos víctimas de intensos conflictos internos. De esta manera generan angustia, inseguridad y reacciones vacilantes en quienes tratan de ayudarles.

Poco dotados para soportar el estrés y la incertidumbre, los adultos con esta problemática personalidad reaccionan con respuestas más propias de adolescentes, cuando no de desvalidos niños incapaces de afrontar las exigencias de una vida responsable y madura.

Su identidad resulta difusa y cambiante y suele acompañarse de profundos sentimientos de vacío existencial. Dado que sus actos suelen ser impulsivos y precipitados, experimentan a posteriori dolorosos sentimientos de culpa que tratan de redimir a posteriori con efusivas muestras de arrepentimiento o con conductas autolesivas, como mecanismo de expiación.

Su representación de la realidad es rudimentaria, polarizada, anecdótica y extemporánea. Sus estrategias para la resolución de conflictos se basan en conductas precipitadas y en análisis superficiales, así como en intentos fallidos por reprimir sus descontrolados impulsos. La falta de consistencia y congruencia son rasgos que caracterizan su discurso, planteando patrones perceptivos de la realidad desenfocados e inconexos que pueden culminar en episodios psicóticos cuando el estrés se acentúa.

Este prototipo de personalidad está indefectiblemente ligado a Elizabeth Taylor, que da la impresión de ostentar su monopolio. No sólo ciertos aspectos de su manera de ser y de su vida, sino también algunas de las películas que interpretó parecen reflejar muy bien este trastorno. De la época de su  tormentosa relación con Richard Burton surgen algunos de sus mejores exponentes cinematográficos. Desde la ya citada ¿Quién teme a Virginia Woolf? (que sería su más célebre interpretación del mencionado prototipo), hasta Identikit (The Driver’s Seat, Giuseppe Patroni Griffi, 1974), en la que hace el papel de una mujer que tras desarrollar una serie de relaciones tormentosas busca a alguien que la mate. Mencionaremos asimismo La mujer indomable (The Taming of the Shrew, Franco Zeffirelli, 1966), que reflejaría a este tipo de personas. Como colofón, merece la pena recordar la película Ángel (Angel, François Ozon, 2007), en la que se desarrolla un argumento original de la propia Liz Taylor –la actriz moriría en 2011- donde se vuelven a apreciar con todo detalle muchos de los rasgos de este tipo de personalidades.

 

17. Conclusiones

El catálogo de trastornos de personalidad reflejados en el cine que hemos presentado puede tener una utilidad poliédrica, al ser varios los ámbitos y las disciplinas donde es susceptible de ser aprovechado.

Las aplicaciones en el terreno de la Psicología son evidentes, pues el terapeuta tiene la posibilidad de recurrir a algunas de las películas mencionadas como un recurso a emplear en psicoeducación. Asimismo, en másteres o programas de tercer ciclo de Psicología o de Medicina, los alumnos, mediante esta manera de presentar los trastornos de personalidad, no sólo pueden asimilarlos de forma eficaz, sino también reconocer con más facilidad los efectos que causan en las personas afectadas y en su entorno. Sería, en definitiva, explotar más aún las enormes potencialidades del cine en su doble vertiente de espejo de la realidad y batiscafo de la mente.

En el marco general de la docencia del Bachillerato y de la universidad las aplicaciones del cine son ya un clásico para muchos profesores y alumnos, pero esta manera de abordar los trastornos de personalidad cinematográficamente es novedosa, puesto que lo usual es que se haya prestado mucha atención a la psicopatía (y sus derivaciones criminales) y a la depresión, tal vez por las implicaciones mediáticas de la primera (y el formidable éxito comercial de personajes como el doctor Hannibal Lecter en El silencio de los corderos) y el arraigo en la literatura y en el cine de personajes melancólicos, depresivos.

En los estudios históricos más recientes se recurre a incorporar análisis interdisciplinares para tratar de esclarecer las raíces del comportamiento en la esfera colectiva y dilucidar qué elementos concurren en las personas a la hora de tomar decisiones. Así, el concurso de un historiador y un psicólogo (Neitzel y Welzer: 2012) ha posibilitado comprender mejor los marcos de referencia en que estuvieron inmersos los soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, es decir, las estructuras sociales y culturales y los valores éticos que influyeron en los combatientes del Tercer Reich, lo que supone enriquecer el estudio de la Historia con aportaciones antropológicas y psicológicas y abordarla desde nuevos enfoques. Este ensayo histórico podría complementarse con la película El hundimiento (2004), en la que los delirios paranoides de Hitler son asumidos por sus últimos fanáticos seguidores durante la batalla de Berlín.

Así, el análisis del cine histórico por medio de herramientas conceptuales psicológicas permite aquilatar mejor las conductas de sus protagonistas y entenderlas en un doble plano: en el contexto de la época que reconstruye y desde nuestro tiempo. A este respecto, podríamos citar Cromwell (Kenneth Graham Hughes, 1970), en la que el Lord Protector (interpretado por Richard Harris) vive encorsetado por la rigidez moral del puritanismo. En Aguirre, la cólera de Dios (Aguirre, der Zorn Gottes, Werner Herzog, 1972), Klaus Kinski borda el papel del conquistador iluminado, codicioso y violento. El Salieri de Amadeus (Milos Forman, 1984) sería un hombre tan reconcomido por el resentimiento y la envidia que viviría fatalmente obsesionado por Mozart. En Juana de Arco (The Messenger: The Story of Joan of Arc, Luc Besson, 1999), el director ofrece la imagen de una heroína poseída por delirios místicos de índole paranoica y drásticos cambios de comportamiento. En Múnich (Steven Spielberg, 2005) se nos presenta un magnífico repertorio de terroristas y hombres de organizaciones criminales que actúan movidos por ideología o dinero y que, en su mayor parte, sufrirían trastornos de personalidad.

Sería interesante revisitar el cine histórico a la luz de lo planteado en este artículo para ver hasta qué punto, los protagonistas y actores de reparto están aquejados de trastornos de personalidad… o son personas equilibradas mentalmente.

Señalamos también que los catorce trastornos de personalidad reflejados en el cine que hemos presentado, podrían relacionarse con la tipología básica de temperamentos de personajes (Sánchez-Escamilla, 2014: 224-349), en el sentido de analizar qué temperamentos (ira, odio, compasión, temor, etc.) despiertan las personalidades trastornadas tanto en los personajes con los que interactúan como en los espectadores.

De nuevo acudimos al magisterio de Antonio Sánchez-Escamilla para constatar que el escritor en general y el guionista en particular han de ser personas cultivadas, formadas en el ámbito de las Humanidades, de la literatura clásica de raíz grecolatina (Sánchez-Escamilla, 2014: 58-60), e igualmente han de manejar con soltura herramientas conceptuales de las Ciencias Sociales, pues de ese modo dispondrán de una adecuada formación para la construcción de personajes.

Como última aportación, queremos destacar la necesidad de que, al igual que sucede en otros campos (en el mundo académico sobre todo) y en otros países, en España se normalice la creación de equipos interdisciplinares de guionistas, o que en éstos se integren asesores especializados que participen activamente. Profesionales procedentes del terreno de la Historia, la Psicología y la Antropología, aportarían rigor y verosimilitud no sólo a series televisivas, a documentales y a películas de producción nacional, sino que, en calidad de prescriptores, podrían ejercer funciones de liderazgo de grupos o de diseño de estrategias donde el cine, a través de la personalidad de sus protagonistas, tiene mucho que ofrecer a nuestra sociedad.

 

Referencias gibliográficas

Altman, R. (2000). Los géneros cinematográficos. Barcelona: Paidós Ibérica.

Biskind, P. (2006). Moteros tranquilos, toros salvajes: la generación que cambió Hollywood. Barcelona: Anagrama.

Caballo, Vicente E. (2004). Manual de trastornos de la personalidad: descripción, evaluación y tratamiento. Madrid: Síntesis.

Camporesi, V. (2014). Pensar la historia del cine. Madrid: Cátedra.

Font, L. (2002). Personalidad: esbozo de una teoría integradora. Psicothema, vol. 14 (4), pp. 693-701.

Fuentes, J. B. y Quiroga Romero, E. (2005). La relevancia de un planteamiento cultural en los trastornos de personalidad. Psicothema, vol. 17 (3), pp. 422-429.

Gubern, R. (2014). Historia del cine. Barcelona: Anagrama.

Millon, T. (2006). Trastornos de personalidad en la vida moderna. Barcelona: Elsevier España.

Molina, J. A. y Nogal, M. (2013). Aprender psicología desde el cine. Bilbao: Desclée de Brouwer.

Moreno Martín, F. y Muiño L. (2003). El factor humano en pantalla. Un paseo por la psicología desde el patio de butacas. Madrid: Editorial Complutense.

Neitzel, S. y Welzer, H. (2012). Soldados del Tercer Reich. Testimonios de lucha, muerte y crimen. Barcelona: Crítica.

Pozueco, J. M. (2010). Psicópatas Integrados: perfil psicológico y personalidad. Madrid: EOS Gabinete de Orientación Psicológica.

Sánchez-Escamilla, A. (2014). Estrategias de guión cinematográfico. El proceso de creación de una historia. Barcelona: Ariel.

Sánchez Noriega, J. L. (2006). Historia del cine. Madrid: Alianza Editorial.

 

                                                                   

Cómo citar:, Reyes Martos, J. y Lara López E. L. (2015). “Trastornos de personalidad y cine”. Fotocinema. Revista científica de cine y fotografía, 11, pp. 286-324. Disponible: http://www.revistafotocinema.com/   

 


[1] Lo de nuestro lo decimos porque Louis de Funes era hijo de padres españoles (su progenitor era sevillano). Quizá de ahí le venga parte de su exagerado gracejo al representar a su gendarme.

[2] La procastinación es un problema de comportamiento consistente en dejar para mañana lo que se puede hacer hoy, es decir, demorar indefinidamente la realización de tareas y obligaciones.

[3] Serían sensaciones similares a ver el mundo desde detrás de una mampara aislante de cristal, verse a sí mismo desde fuera o escuchar las conversaciones como si estuviese metido dentro de un recipiente de cerámica.

[4] Conviene no confundir este trastorno de la personalidad con el trastorno bipolar o maniaco-depresivo. Este segundo es una alteración de carácter bioquímico que afecta a la conducta y genera alteraciones bruscas del estado de ánimo. Pero no afecta al conjunto de la personalidad del sujeto, de manera que diferentes tipos de personalidad serían susceptibles de padecer este problema médico en el que la intervención psicológica puede ser de gran ayuda.