Claridades. Revista de filosofía

vol. 17 | núm. 2 | 2025 | páginas 11-37

Teología y género en la crítica al monacato forzado de Arcangela Tarabotti

Theology and Gender in Arcangela Tarabotti´s Critique of Forced Enclosure

Agustín Gabriel Bianchi

Universidad Nacional de General Sarmiento | Argentina

Fecha de envío: 19/02/2024 | Fecha de aceptación: 08/07/2024 | DOI: 10.24310/crf.17.2.2025.19017

Introducción

Elena Cassandra Tarabotti nació en 1604 en Venecia, hija de Stefano Tarabotti y María Cadena. Se presume que su padre la mandó al convento benedictino de Sant´Anna a los once años de edad debido a una malformación congénita (una pequeña cojera). La razón de su decisión habría sido la dificultad de casarla ventajosamente con ese defecto, ya que ninguna de sus hermanas fue recluida en un convento. Este es un primer punto importante, pues nos permite introducir una constante en la producción escrita de nuestra autora: la remisión a su propia experiencia vital a la hora de criticar a la sociedad en la que vive y a la hora de reflexionar sobre aspectos centrales de su teoría como la libertad y la igualdad de las mujeres.

Al respecto, debemos tener en cuenta la malformación congénita de la autora, crucial en su biografía, cuando leemos la condena categórica a la práctica de los padres a forzar a sus hijas a entrar en un convento por razones económicas o aduciendo dificultades al introducirlas en el mercado matrimonial

[Los padres] no dan por esposa a Jesús las [hijas] más bellas y virtuosas; sino a las más repugnantes y deformes. Y si en sus familias se encuentran cojas, jorobadas, tullidas o imbéciles, como si el defecto de la naturaleza fuese culpa de ellas, son condenadas a estar en prisión durante toda su vida. (Tarabotti, 1654: 63)1.

Sobre su padre Stefano no encontramos ninguna mención en los escritos de la joven veneciana, mientras que a su madre la recuerda en su muerte —1649— en una carta dirigida a su amiga Betta Polani, en quien busca consuelo (Panizza, 2007: 351).

A la edad de dieciséis años tomó los votos de pobreza, castidad, obediencia y de stabilitas loci. Este último distingue a la Orden Benedictina de las demás y consistía en la obligación de permanecer en el mismo convento durante toda la vida, pero también en la muerte, es decir, debía ser enterrada allí2. A partir de este hecho, sor Arcangela —el nombre que utilizará al tomar los hábitos— fue recluida definitivamente en contra de su voluntad en el convento y el único contacto que tuvo con el exterior desde entonces fue mediado por cartas y libros (Aguilar González, 2011: 101). Moriría en 1652, encerrada toda su vida en lo que ella misma denominó «prigione» e incluso «inferno monacale»3.

A pesar de esto, la vida de Arcangela en el convento de Sant´Anna se caracterizó por la rebeldía y los contactos que tejió con importantes personajes de la vida política y cultural de la república veneciana. Desde un comienzo se negó a vestir el hábito religioso y a cortarse el cabello como estaba prescripto a las monjas. Estas actitudes de rebeldía son fundamentales para comprender la producción teórica de Arcangela, pues su obra, principalmente la que será objeto de nuestro estudio, se encuentra marcada por la distancia entre el rol que le es asignado (monja venedictina) y su conciencia de sufrir una injusticia por parte de sus padres y la sociedad que le adjudicó ese rol sin tener en cuenta su libertad y voluntad. Sumado a ello, debemos mencionar la relación de la benedictina con la Academia Veneciana de los Incogniti, particularmente con su distinguido fundador Gian Francesco Loredan y su secretario académico, Ferrante Palavicino. Esta prestigiosa academia tenía fama de promover el anticlericalismo y varios de sus miembros eran conocidos como libertinos, lo que hace aun más curioso el hecho de que una monja benedictina, por rebelde que fuese, haya sido la única escritora mujer en gozar de la compañía y el apoyo financiero de la academia de Loredan (Panizza, 2007: 351).

En las obras que escribe Tarabotti, principalmente en la que será objeto de nuestro análisis, La semplicità ingannata o Tirannia paterna4, publicada póstumamente en 1654, encontramos por primera vez una denuncia abierta a la estructura patriarcal de la sociedad que resulta en beneficios económicos, sociales, políticos y culturales a los hombres como grupo en detrimento de las mujeres5. Sumado a ello, Tarabotti realiza una labor de conceptualización sobre las causas de esta desigualdad. El problema principal que Tarabotti aborda en sus escritos es la denigración de las mujeres por parte de los padres, los eruditos, las autoridades políticas e incluso las instituciones eclesiásticas. Esta crítica al orden establecido, tanto en sus vertientes sociopolíticas como económicas y culturales, la hace merecedora de ser considerada una clara precursora del feminismo moderno (Santos Uriarte, 2023: 49).

El propósito de este artículo es analizar la particular lectura que realiza Arcangela Tarabotti del texto bíblico, especialmente del Génesis, en su obra más célebre, Tirannia paterna. Es por ello que en los siguientes apartados profundizaremos en la convergencia entre teología, política y crítica social que lleva a la práctica Tarabotti en su denuncia de la tiranía patriarcal de su época. En el estudio introductorio a su traducción al inglés de Tirannia paterna, Letizia Panizza señala la necesidad de explorar, entre otros varios temas, la teología y la interpretación bíblica tarabottianas (Cfr. 2004: 29), por lo que nuestra intención es realizar un aporte hacia esa dirección. En este sentido, la tesis que defendemos es que en la crítica tarabottiana al monacato forzado, la teología y la exégesis bíblica ocupan un lugar central en su argumentación.

Para cumplir con nuestro propósito, en primer lugar analizaremos el lugar que ocupa el tratado Tirannia paterna en la producción escrita de Tarabotti. En una segunda instancia, realizaremos una aproximación a la práctica del monacato forzado en la Venecia del siglo XVI y XVII. A continuación, abordaremos las críticas que la autora dedica al monacato forzado y el modo en que utiliza tanto argumentos teológicos como socio-políticos en su denuncia de esta infame práctica. Por último, examinaremos su reinterpretación de la creación de la mujer en Génesis, donde puede observarse la manera en que la mujer aparece como más noble, refinada, fuerte y digna que el varón no solo por el modo en que fue creada, sino también por ser la causa de que el género humano alcance la perfección. Asimismo, indagaremos sobre la importancia de la figura de Eva, la cual, según la visión de Tarabotti, es valorada por representar la sed de conocimiento de todas las mujeres.

1. El Tratado Tirannia Paterna (1654) y su lugar en la obra tarabottiana

Siguiendo a Mantioni, el corpus tarabottiano puede dividirse en tres grandes bloques (2014: 104). En primer lugar, una trilogía sobre la condición monacal: Tirannia paterna, obra publicada póstumamente en 1654 y con un título más «suavizado», La semplicità ingannata. A pesar de todo, esta obra se incluirá en el Index librorum prohibitorum del Vaticano en 1660 (Panizza, 2004: 25). Inferno monacale, que nunca se publicaría, y, por último, Paradiso monacale, esta obra sí publicada en 1643.

El segundo bloque consta de un díptico proto-feminista: l´Antisatira, compuesta en 1644 como respuesta a una sátira de Francesco Buoninsegni de Siena (amigo de Loredan), en la cual el escritor se burlaba del supuesto exceso de amor a los lujos por parte de las mujeres6; y el tratado también polemista Che le donne siano della spezie degli uomini. Difesa delle donne, publicado en 1651 con el pseudónimo Galerana Barcitotti y en respuesta a una obra de 1647 titulada Che le donne non siano della spezie degli uomini. Discorso piacevole, atribuido a Orazio Plata Romano7.

Por último, en 1650 se publican las Lettere familiari e di complimento, la correspondencia de Arcangela con varias figuras relevantes de la vida pública veneciana, dedicada a su editor y benefactor Loredan.

En este artículo, sólo analizaremos el tratado Tirannia paterna8, pero si hay una característica transversal a toda la producción tarabottiana es el hecho de que hace de las circunstancias de su propia vida —siendo la clausura involuntaria el acontecimiento capital de su experiencia vital— el «punto de apoyo de una crítica de su sociedad y el trampolín para una visión original de la igualdad y la libertad de las mujeres» (King, 1991: 89). En su crítica a la sociedad veneciana, Tarabotti no duda en acusar directamente y sin eufemismos a los padres que encierran a sus hijas en los conventos sin su consentimiento. El lenguaje utilizado por la escritora veneciana es visceral y condenatorio cuando se trata de denunciar las injusticias cometidas contra las mujeres (Aguilar González, 2011: 101).

Pero retornemos al distorsionado comienzo ¿Cómo es posible, oh engañadores, que encierren en su seno corazones tan crueles que no sufran de atormentar el cuerpo de sus hijas, que son, sin embargo, de sus propias entrañas? Con la consecuente pérdida de sus almas, cuya naturaleza es tan noble, que sea para salvar a una sola, Cristo descendería de los cielos y regresaría a la cruz si fuese necesario […].

Cuando veo a una de estas desventuradas jovencitas traicionadas por sus propios padres, me parece ver lo que le sucede al pajarito que, en su pura inocencia, ahí en los frondosos árboles y en las orillas de los ríos, deleita el oído con dulce susurro y gentil armonía, consolando el corazón de quien oye, cuando he ahí que es capturado por las redes insidiosas y privado de la preciosa libertad. […] y así enterrarlas vivas en los claustros para toda su vida, atadas con votos indisolubles (Tarabotti, 1654: 44, 46-47)9.

Pero estas críticas no van dirigidas solamente a los padres: Tarabotti apunta también a las instituciones religiosas y políticas que avalan estas prácticas10. En su condición de monja benedictina, la crítica global a las instituciones de su época, desde la familia, pasando por la Iglesia hasta el Estado político fue especialmente sangrante porque es emitida por alguien que se encuentra dentro del sistema y sufre sus injusticias en carne propia (Aguilar González, 2011: 109). Esta fue una de las circunstancias que llevó a que, como se mencionó, su obra haya terminado en el Index librorum prohibitorum.

Tirannia paterna se divide en tres libros. A lo largo de la obra, de contenido fuertemente teológico y político, se denuncia el crimen del monacato forzado como un delito contra Dios. Se afirma también que tanto varones como mujeres por igual fueron creados con intelecto, memoria, voluntad y, principalmente, libre albedrío; y para justificar esta idea realiza una interpretación protofeminista del relato del Génesis y de la creación de Eva. Principalmente en el tercer libro, se realiza un elogio de la Virgen María como modelo de virtud para todas las mujeres y, en palabras de Panizza, se realiza también una lectura feminista del Nuevo Testamento con el fin de establecer la igualdad de género como una doctrina cristiana fundamental (2004: 23).

Otro aspecto interesante que quisieramos remarcar de la crítica tarabottiana en Tirannia paterna, a la par de los mencionados anteriormente, es el desenmascaramiento de las causas sociales, económicas y políticas del enclaustramiento femenino que lleva a cabo. En efecto, la sumisión de las mujeres, la supresión de su libertad, educación y dignidad como seres humanos responde, según el analisis tarabottiano, a una lógica de gobierno; es decir, es producto de un interés político y, en particular, obedece al provecho masculino de sostener un sistema que los beneficia en detrimento de sus pares mujeres (Santos Uriarte, 2023: 56).

2. Inferno monacale: Una aproximación a la práctica del monacato forzado en la Venecia del siglo XVI-XVII

Antes de adentrarnos de lleno en el contenido del tratado Tirannia paterna, conviene detenernos sobre las características generales de la práctica del monacato forzado que se crítica allí.

El convento, esto es, el establecimiento que aloja a una comunidad religiosa, en tanto dispositivo para controlar una población femenina excedente, es una institución propia del occidente medieval cristiano. No se encuentra presente ni en la antigüedad, ni en Asia, ni tampoco en la religión islámica (King, 1991: 81).

En el lugar y período que nos interesa, la Venecia del siglo XVI-XVII, tanto la institución monástica como la matrimonial se encontraban fuertemente ligadas entre sí. En muchas ocasiones, para los padres era más rentable social y económicamente mandar a sus hijas al convento que casarlas y pagar los costosos dotes matrimoniales al novio: en estos casos, las razones laicas tenían más peso que las devocionales. Por este motivo, tener en cuenta las políticas matrimoniales son fundamentales para comprender el fenómeno del monacato forzado.

Según Margaret King (1991: 83) y Susanna Mantioni (2016: 279), la mayor parte de las mujeres que vivían en los conventos tenían un origen patricio justamente porque estos establecimientos eran una solución cuando las familias no podían enfrentar los gastos de dotar a todas sus hijas. Ahora bien, esta tendencia se encontraba más manifiesta en la república veneciana que en otros lugares: en 1581, cerca del 54% del total de las mujeres aristocráticas eran monjas, mientras que el número de conventos se elevaba a treinta y siete hacia finales de la República11.

Sumado a ello, Mantioni remarca una peculiaridad de la legislación veneciana: una ley promulgada por el Senado en 1501 prohibía la renuncia de los votos monásticos sin la aprobación de las autoridades laicas. Esto quiere decir que, incluso cuando se consiguiera la aprobación de la autoridad eclesiástica romana, la anulación del voto monástico podía ser impugnada por las autoridades laicas de Venecia. Mantioni trae a colación el caso de Lucrezia Barbarigo en 1627, cuya renuncia a los votos fue obstaculizada por todos los medios por parte del Senado veneciano, aun habiendo conseguido la aprobación desde Roma (Cfr. Mantioni, 2016: 290). Este caso nos informa sobre la importancia política que tenía la clausura femenina para el poder laico de Venecia.

No debe extrañar, por lo tanto, los casos de conducta ilícita por parte de mujeres que pertenecían de manera involuntaria a la comunidad de los monasterios y cuyas salidas eran impedidas tanto por los padres como por las autoridades civiles. Sobre todo, en la República de Venecia, la «inconducta conventual» era un problema que era reconocido incluso por las autoridades eclesiásticas y laicas.

Quizás en ninguna parte el problema de la mala conducta conventual excedió al de Venecia. […] En los siglos XIV y XV, treinta y tres conventos se vieron involucrados en uno o más procesamientos por fornicación con monjas. Nueve de ellos tuvieron entre diez y cincuenta y dos procesamientos. El caso más escandaloso fue el del convento benedictino de Sant´Angelo di Contorta, poblado por mujeres de las familias venecianas más ilustres. Entre 1401 y 1487, enfrentó cincuenta y dos procesos por delitos sexuales (King, 1991: 85).

Estos testimonios de rebeldía permiten defender, como lo hace Mantioni, que el silencio y la obediencia en los monasterios femeninos son una ficción más que una realidad (2014: 300), y que existieron espacios de resistencia —de autoafirmación y modesta posibilidad de acción, más que de emancipación— frente a los mecanismos de poder patriarcal que operaban en los conventos (2014: 10-11).

Ahora bien, aun teniendo en cuenta los casos de rebeldía monástica por parte de mujeres, no podemos estimar certeramente la magnitud del problema del monacato forzado debido a que dependemos exclusivamente de los casos que han sido procesados y archivados por la justicia veneciana. Es lícito pensar, incluso, que muchas mujeres sin vocación religiosa aceptaron resignadamente su destino conventual. Lo cierto es que incluso con los documentos disponibles en los archivos venecianos y de otras regiones, la historiografía tendió a ignorar las respuestas que las mujeres han dado a su propia opresión (Mantioni, 2014: 12). Es por esta razón que el caso de Arcangela Tarabotti resulta tan excepcional, pues es un importante testimonio que otorga voz a muchas de esas mujeres injustamente despojadas de su libre albedrío.

Durante el siglo XVII, Venecia era una de las pocas republicas que gozaban de libertad política en la península itálica y sus ciudadanos se jactaban de ello. Y, sin embargo, esta ilustre república, libre de cualquier coerción externa, practicaba en su seno la «más execrable tiranía contra sus propias mujeres» (Panizza, 2004: 16). Esta tiranía llevada adelante por los hombres de la república, señala Tarabotti, no sólo era un crimen contra sus congéneres, sino también contra la voluntad de Dios, quien otorgó el regalo de la libertad tanto a sus hijos como a sus hijas.

La malicia de los hombres no podría inventar un crimen más grande, que aquel de oponerse directamente a las determinaciones de Dios, que deberían ser irrevocables, y he aquí que no cesan de violarlas diariamente con acciones interesadas.

Entre tales excesos culposos, ocupa el primer lugar la audacia de aquellos que sin tener en cuenta el libre albedrío concedido por Su Divina Majestad tanto a los hombres como a las mujeres, y con pretextos en apariencia santos, pero en realidad malvados, encierran a las inocentes mujeres, forzosamente y con engaño, entre las cuatro paredes de un monasterio, haciéndolas residentes perpetuas de una prisión […] (Tarabotti, 1654: 1)12.

Esta tiranía, denominada tirannia paterna por Tarabotti, se sostenía en un complejo entramado estructural que operaba a partir de varios planos superpuestos: teológico, político, social, e, incluso, psicológico (Panizza, 2004: 16). La tarea que se propone la autora veneciana en Tirannia paterna no es otra que restaurar, aunque sea en una suerte de contra discurso, la libertad de las mujeres que, como ella misma, fueron condenadas al aberrante crimen del monacato forzado. Esta tarea, que estudiaremos en los siguientes apartados, cobra toda su relevancia pública y política en la obra de la benedictina pues, mientras se continúe llevando adelante este crimen, la propia República de Venecia no será auténticamente libre.

3. Teología y exégesis bíblica al servicio de la causa de las mujeres: crítica a la tiranía del patriarcado en Arcangela Tarabotti

Una de las afirmaciones más provocadoras de Arcangela Tarabotti en el tratado Tirannia paterna es que el convento es, para aquellas mujeres forzadas a permanecer allí sin vocación propia, un infierno, un entierro en vida.

El lugar de estas infelices (hablo siempre de las monjas involuntarias) no se puede comparar (cosa verdaderamente horrible de oír, pero verdadero) sino a un infierno. Sólo el infierno se asemeja con la infelicidad de estas forzadas siervas de Cristo (Tarabotti, 1654: 60)13.

Tarabotti es consciente de que su descripción de la situación de estas mujeres es terrible y, sin embargo, necesaria de incluir en el debate público porque, en primer lugar, la perpetuación de esta realidad injusta pone en peligro la libertad de la cual la república veneciana se jacta; y, en segundo lugar, porque significa la condena al eterno tormento de los ciudadanos y ciudadanas cómplices de esta execrable tiranía.

En este sentido, la escritora compara el crimen del monacato forzado que práctica la República de Venecia con los tiranos más grandes de la historia: Nerón y Diocleciano, ambos implacables perseguidores del cristianismo en el Imperio romano. Pero he aquí que los crímenes de sus conciudadanos venecianos son peores que el de estos emperadores, pues estos atormentaban el cuerpo de los mártires, mientras que aquellos no sólo cometen sus delitos contra su propia sangre —la de sus hijas y hermanas—, sino que también condenan el alma de estas mujeres al violentar su voluntad y forzarlas a llevar una vida que se asemeja más a una muerte en vida14.

Ahora bien, el infierno monacal descripto por Tarabotti no sólo es la expresión de una política tiránica y de una sociedad corrompida e hipócrita; sino también, y fundamentalmente, un delito contra la voluntad divina.

En las perfecciones de este gran edificio, en tan altos misterios, no encuentro que, ni simbólica ni realmente, aparezca una sola sombra, desde la cual cualquier intelecto perspicaz pueda aceptar como signo, de que Dios hubiese deseado que en este mundo haya monjas forzadas; estas no son producto sino de la sola humana —o más bien inhumana— invención (Tarabotti, 1654: 15)15.

Otro aspecto a destacar del pasaje anterior es que las monjas forzadas, así como los conventos que las alojan, no son producto de la Providencia ni de un plan divino, sino la invención de algunos hombres malvados. Según Tarabotti, estos hombres no sólo se oponen a Dios, sino que también se burlan de él al nombrar una cosa por otra.

En suma, esta es una impía, engañosa y maliciosa invención de los hombres que, no sin burla hacia Dios, el cual quería que Adán impusiese el nombre a todas las cosas, asignaron el nombre de monjas a estas infelices almas […] (Tarabotti, 1654: 16)16.

Tarabotti es precisa al señalar que la invención del monacato forzado y la interpretación misógina del texto bíblico acarrea la hipocresía de los hombres y, asimismo, desemboca en una situación de ventajas y privilegios para ellos17. Es decir, la autora del siglo XVII es consciente del carácter político y de género de estos posicionamientos.

Un ejemplo de esto último puede encontrarse en una lúcida página de Tirannia paterna, en donde Tarabotti se pregunta por la razón de que los votos matrimoniales puedan ser disueltos y los votos religiosos que toman las monjas no. Al ser ambos sacramentos, no habría razón para tal diferencia. Y, sin embargo, la autora veneciana sugiere ingeniosamente que la razón de fondo en la aceptación del divorcio y en la negación de conceder la libertad a las monjas que se hayan arrepentido de sus votos es la hipocresía.

Si en el sacramento del matrimonio, contraído en el Paraíso en estado de inocencia, efectuado y confirmado en las personas de tantos Patriarcas y Profetas, corroborado por la asistencia de Cristo y autenticado por el ejemplo de la misma santísima Virgen, aunque por fuera de la ley ordinaria, y sin ofensa de su candor virginal, con justas causas se concede el divorcio, y nudo tan santo y tan estrecho, puede sin embargo de alguna manera desatarse, o al menos por la muerte de una de las partes, ¿por qué deben ser condenadas las monjas con inapelable decreto en el sacramento de su profesión, a observaciones eternamente irrefragables? (Tarabotti, 1654: 48-49)18.

Continuando con su feroz crítica al orden político imperante que otorga ventajas y privilegios al varón, Tarabotti afirma desde el convento que la falta de educación, cultura y participación política de las mujeres no es una condición de su naturaleza, sino el producto histórico de una sociedad patriarcal y del interés político y las decisiones egoístas de los hombres.

También yo confieso que el ser idiota es una cualidad de nuestra condición, en la cual vivimos gracias a las determinaciones de ustedes, hombres, que nos quieren ignorantes en supremo grado. Pero hacen muy bien, según su política, en mantenernos alejadas de las operaciones científicas del intelecto, como quienes conociendo que, sumando las ciencias a la naturaleza y a la disposición espiritual de las mujeres, llegarían a usurparles los honores y las ganancias, que con medios ilícitos ustedes adquirieron, ejerciendo las profesiones de jurisconsultos y abogados: profesiones que, si fuesen practicadas por las mujeres, las causas se decidirían con más justicia, y los clientes no quedarían despojados de riquezas como lo hacen ustedes con tanta avaricia (Tarabotti, 1654: 153)19.

Tarabotti no niega que las mujeres aparezcan más idiotas que los varones; sin embargo, esto no se debe a algún temperamento o particularidad intelectual del sexo femenino, sino a la voluntad masculina de mantenerlas incultas y analfabetas impidiendo su acceso a la educación y la cultura. Con este movimiento, Tarabotti desplaza la desigualdad de facultades y capacidades entre varones y mujeres que podrían verificarse en su sociedad desde un plano biológico-natural —posición que era justificada a partir de la biología aristotélica y la teoría de los humores hipocrático-galénica, aun vigentes en el siglo XVII20— hacia un horizonte histórico-político y, por lo tanto, contingente, es decir, posible de ser modificado.

Pero también la naturaleza, en tanto obra divina, es utilizada por Tarabotti como crítica hacia la práctica del monacato forzado y la supuesta inferioridad de las mujeres. En este sentido, Tarabotti elogia la varietas de la naturaleza, cuya diversidad fue prescripta por Dios para deleitarse en su obra y revelar su omnipotencia a los hombres. Para que haya armonía debe haber diferencia; y si todas las creaturas fuesen iguales entre sí, si todos los seres humanos se inclinasen con misma voluntad a las mismas cosas, la naturaleza perdería su maravilla y la operación divina su potencia.

Dios no dispensó a todos de una misma voluntad, un mismo deseo, un mismo impulso, porque si bien es invariable e inmutable en sí mismo, sin embargo, se deleita en la variedad de las cosas. Diferentes son los humores pecaminosos, y si la máquina de este mundo, hecha con tanta arquitectura y magisterio del Eterno Artífice, no estuviese llena de diversidad casi infinita, sino que todas las cosas fuesen iguales entre sí, no resultaría en tanta admiración para quien la observase. Pues, como dice el Poeta: Sólo por su variedad la naturaleza es bella.

Si todas las creaturas humanas, que son de la misma sustancia y con prefijado número de miembros iguales, fuesen también semejantes en todo aspecto —tamaño, colores, proporciones y belleza—, se arruinaría el fundamento de la maravilla creada por la obra divina, y razonablemente se podría omitir decir: Maravillosas son tus obras, Señor (Ap 15:3) (Tarabotti, 1654: 65-66)21.

Si tenemos en cuenta este encomio de la variedad y la diversidad en la obra divina, podemos comprender la dimensión del crimen de aquellos que, sin tener en cuenta la voluntad y la variedad de capacidades de los seres humanos en general y de las mujeres en particular, suprimen la libertad de las jóvenes venecianas y pretenden encerrarlas en los conventos. Como mencionamos, esta práctica es, a los ojos de Tarabotti, principalmente un crimen contra Dios y su obra.

Sólo la variedad y la diversidad, tanto en los hombres como en sus inclinaciones, en las bestias, aves, peces, plantas, flores y frutos, causa asombro a la inteligencia humana, y revela a nuestros ojos la omnipotencia divina. ¿Por qué, entonces, tú quieres contradecir las obras del Justísimo, queriendo que todas las mujeres vivan conforme al hábito, en el mismo recinto, en la misma mesa, y en todas las operaciones, mientras el Señor de Señores muestra un milagro de su infinita sabiduría al haber creado todas las cosas diversas entre sí? ¿Por qué quieres modificar a tu antojo esta voluntad de que la naturaleza ha sido creada en diversidad? Esto es querer alterar y corregir las obras de quien no puede errar (Tarabotti, 1654: 66-67)22.

Lo dicho hasta aquí justifica plenamente la caracterización de la sociedad moderna patriarcal como «un estado de guerra permanente contra las mujeres» (Santos Uriarte, 2023: 54), una guerra que se declara en diferentes planos: político, teológico, socio-económico, simbólico. La propia Tarabotti hace alusión a esta declaración de guerra por parte de los hombres hacia las mujeres: «Haced la guerra a las inocentes a partir de vuestras malicias, en detrimento de vuestras carnes malnacidas, que finalmente resultará en vuestras inicuas almas en llamas y tormentos eternos» (Tarabotti, 1654: 206)23. Creemos, asimismo, que la perspectiva de la escritora veneciana se acerca al planteo contemporáneo de la antropóloga argentina Rita Segato, para quien la guerra contra las mujeres en la sociedad actual se desarrolla principalmente de manera informal y, por lo tanto, sin tregua, tanto en el plano moral-simbólico como en el plano corporal-material (Cfr. 2016). En este punto, no podemos dejar de destacar el importante lugar que ocupa la obra tarabottiana en la protohistoria del feminismo.

4. La creación de la mujer en el relato del Génesis según Arcangela Tarabotti

A continuación examinaremos la reinterpretación de la creación de la mujer relatada en el texto bíblico y la exégesis tarabottiana de la figura de Eva y su importancia en el argumento de la escritora veneciana en defensa del sexo femenino y en contra de la práctica del monacato forzado.

Ciertamente, una de las características de la crítica al monacato forzado y de la defensa del sexo femenino que lleva adelante Arcangela Tarabotti es la utilización de las Sagradas Escrituras, incluso en contra de lo establecido por el canon de las instituciones eclesiásticas y por los padres de la Iglesia. La estrategia de Tarabotti es poner de su lado la Palabra de Dios en contra de las auctoritates que defienden la desigualdad entre el varón y la mujer: una autoridad divina, incapaz de error, contra una autoridad terrenal, proclive a la incorrecta interpretación del texto bíblico.

En el siguiente pasaje, Arcangela no duda en sostener que la «alta Providencia» ha concedido, tanto a la mujer (donna) como al varón (huomo), tanto el libre albedrío como la tríada intelecto, memoria y voluntad24.

Abuso grandísimo, error inexcusable, resolución inicua, temeridad evidente, cuando se ve claramente que aquella alta Providencia concedió a la creatura, sea del uno o del otro sexo, no menos a la mujer que al hombre, el libre albedrío, el intelecto, la memoria y la voluntad. Con estas tres facultades pueden escapar del mal evitable y seguir el bien elegible, sin temor servil […] (Tarabotti, 1654: 3-4)25.

Ambos sexos poseen idénticas facultades (libre albedrío, intelecto, memoria y voluntad) y, por lo tanto, no hay razón para postular una desigualdad que se apoye en el género. En momentos de su defensa del género femenino, Tarabotti sostiene la paridad entre el varón y la mujer apoyándose en el texto bíblico. La mujer, dice la autora veneciana, fue dada al varón como «ayuda semejante a él» (Adiutorium simile sibi) (Tarabotti, 1654: 19). Basándose en este análisis textual, Tarabotti concluye que, con la palabra «semejante» (simile), Dios quiso que la mujer tenga tanta dignidad y mérito como el varón. Dicho de otra manera, que la mujer haya sido creada en tanto ayuda, no quiere decir que sea inferior, sino que comparte el mismo estatus ontológico que el primer hombre26. De hecho, en otro pasaje de Tirannia paterna se aclara un poco más el significado que para Arcangela Tarabotti tenía esta caracterización de la mujer como «ayuda semejante a él»: Dios creó a la mujer no en tanto subordinada al varón, sino en tanto compañía (compagna), a fin de que lo enriquezca de méritos27. De ahí que Tarabotti se dirija a los hombres malvados de su época que disponen de las jóvenes a su antojo de la siguiente manera:

Si te fue dada como ayuda, no fue para servirte como esclava, como injustamente vas sofisticando a tu favor, aduciendo razones contrarias a las Sagradas Escrituras y a las palabras de quien no puede mentir: Crezcan y multiplíquense; llenen la tierra y dominen a los peces del mar, a las aves del cielo y a todas las bestias que se mueven sobre la tierra (Gn 1:28), dice el Creador de todo tanto al hombre como a la mujer.

[…] No le dice a Adán: dominarás a la mujer (Tarabotti, 1654: 22-23)28.

Hasta aquí parecería que Tarabotti defiende la paridad entre el varón y la mujer. No obstante, la crítica tarabottiana al trato de las instituciones hacia sus congéneres la conduce a realizar una lectura radical del texto bíblico que defienda, esta vez, la superioridad del género femenino respecto al masculino.

En contraposición a aquellos que conciben a las mujeres como «el sexo enfermo, débil y frágil» (sesso infermo, debile e fragile) (Cfr. Tarabotti, 1654: 21), en la interpretación tarabottiana del Génesis la mujer aparece como más «noble, refinada, fuerte y digna» (nobile, delicata, forte e meritevole) que el varón (Tarabotti, 1654: 11), principalmente por tres razones. Estas tres razones se encuentran íntimamente ligadas al modo en el cual la primera mujer fue creada por Dios en el relato bíblico.

En primer lugar, por el momento en el cual la mujer fue creada. Dios reservó la creación de la mujer para el final de su obra en virtud de «privilegiarla, dar testimonio de su gracia hacia ella y alegrar al mundo entero con su esplendor»29. Por lo tanto, al ser la última en ser creada, la mujer es la creatura más excelente y el más bello adorno del mundo30.

En segundo lugar, la mujer es más excelente que el varón a causa del lugar en que una y otro fueron creados. En efecto, según una antigua tradición que Arcangela retoma, Adán fue creado en el Campo de Damasco (lugar cercano a la ciudad de Damasco), mientras que Eva fue formada en el Paraíso Terrestre, esto es, en el Jardín del Edén. Al ser un sitio más sagrado, la mujer alcanza una nobleza superior respecto del varón: «Formó al soberbio hombre en el Campo de Damasco, y de una de sus costillas formó a la mujer en el Paraíso Terrestre»31.

En tercer lugar, la mujer es más perfecta respecto al varón a causa de la calidad del material con el que fue formada. Esto se desprende del fragmento citado anteriormente: mientras que el varón fue formado a partir del polvo de la tierra, Dios hizo a la mujer a partir de la costilla del varón, es decir, de un material más perfecto32. A partir de estas razones, Arcangela concluye que la mujer es el compendio de todas las perfecciones de la creación y la causa de que el ser humano en general alcance la perfección.

De esto, si no fuese mujer, deduciría el argumento de que, tanto por la calidad de la materia como por el sitio en el cual fue creada, la mujer es más noble, refinada, fuerte y digna que el hombre (Tarabotti, 1654: 11)33.

5. La figura de Eva y su significado en la defensa tarabottiana del sexo femenino

Una de las figuras más denostadas por la tradición fue la de la primera mujer del relato bíblico, Eva. Por esta razón, aquellas y aquellos que pretendieron realizar un encomio del sexo femenino frente a la misoginia de la tradición, tuvieron que ocuparse de esta figura. Tarabotti no es una excepción y, ciertamente, Eva ocupa un lugar importantísimo en su defensa del sexo femenino34.

Primeramente, nuestra autora debe lidiar con la acusación que se realiza a Eva de haber sido la culpable de la caída del género humano entero por el hecho de probar el fruto del árbol que Dios había prohibido comer. Este tópos clásico de la tradición será rebatido por Tarabotti a partir de una lectura ad litteram del Génesis.

El supremo motor, justísimo y perfecto en todas sus operaciones, no puede errar. Después del incidente de la manzana, no llamó primero a la mujer para castigarla, como principal culpable y primera causa del pecado; sino que dijo: Adán, ¿dónde estás? (Gn 3:9) No por otra razón sino para inculparlo como principal causa de nuestro daño (Tarabotti, 1654: 25)35.

Tarabotti parte de los siguientes supuestos: el relato de la creación en la Biblia es fiel a los hechos y Dios es incapaz de errar debido a la perfección de sus operaciones. A partir de ello, Tarabotti señala que, luego del incidente de la manzana, Dios se dirige a Adán, no a Eva, porque el primero es el responsable del pecado según la omnipotencia divina. Por esta razón, el género humano heredó el pecado original de Adán, no de Eva. Arcangela se hace eco de una tradición para la cual la prohibición de comer del fruto fue dada a Adán, no a Eva, porque ésta aún no había sido creada cuando Dios pone en palabras la proscripción36. Por esta misma causa, si ambos hubieran pecado, Adán lo hizo con conocimiento de que lo hacía; mientras que Eva, si se considera que pecó, lo hizo por ignorancia y engañada37.

Asimismo, el hecho de que la serpiente haya decidido engañar a Eva indica que ella era juzgada como la creatura más excelente de la creación, y, por lo tanto, una afrenta mayor a la potestad del Dios judeocristiano. En la lectura tarabottiana, es un hecho elogioso de la cualidad femenina que la serpiente engañe a Eva diciendole que comiera del fruto prohibido porque, al hacerlo, conseguiría sabiduría. En efecto, teniendo en cuenta este elemento, Arcangela Tarabotti hace de la sed por el conocimiento (brama di sapere), es decir, el deseo de aprender, la principal característica de Eva y, por extensión, del género femenino in toto.

No de otro modo la serpiente infernal sugirió a Eva que comiera la manzana prohibida, sino sólo suponiendo que ese fruto era apto para aprender la sabiduría. «Seréis, le dijo, conocedores del bien y del mal» (Gn 3:5), y así ella, por esta sed de conocimiento, sin culpar a quien es como es, complació al maldito tentador. De esto surge cierto argumento: que las mujeres no son tan torpes que no aprecien la inteligencia, como ustedes sirvientes salvajes andan publicando. Y si bien las infelices están excluidas de la posibilidad de aprender las artes perfectamente, debido a vuestra temeraria tiranía; sin embargo, tienen un estímulo continuo de su lado, que las espolea a profesarlas (Tarabotti, 1654: 171-172)38.

Así pues, Arcangela valora la figura de Eva no por el pecado de comer la manzana, sino por representar la sed de conocimiento de todas las mujeres. En el marco de esta valoración presente en la cita anterior, Tarabotti denuncia la desigualdad en el acceso a la cultura entre varones y mujeres. La causa de esta desigualdad, se desprende del argumento tarabottiano, no es una supuesta condición natural que limita intelectualmente a las mujeres; todo lo contrario, pues las mujeres cuentan con un «estímulo continuo» a profesar las artes. La causa de esta desigualdad, en cambio, se encuentra en la expulsión del sexo femenino de los espacios de la cultura; marginación perpetuada por la tiranía del varón. En otras palabras, Tarabotti denuncia ya a mitad del siglo XVII uno de los fundamentos que sostienen al patriarcado, y lo hace reinterpretando a uno de los principales personajes que alimentaron los argumentos misóginos durante siglos: la primera mujer del relato bíblico.

6. A modo de conclusión

En el presente artículo hemos explorado las críticas de Arcangela Tarabotti a un problema social relevante de su tiempo: el monacato forzado de Venecia en el siglo XVII. Observamos el desenmascaramiento que ofrece la autora sobre la matriz patriarcal de la sociedad en la que vive, y la índole de los argumentos que utiliza para sostener su posición.

En efecto, Tarabotti muestra con toda claridad que el monacato forzado responde a una lógica de gobierno patriarcal que ofrece ventajas sociales, económicas, políticas y culturales a quienes ejercen esta tiranía. La consciencia del carácter político y la perspectiva de género que lleva a la práctica la escritora veneciana del siglo XVII no deja sorprender en este punto y ya tuvimos la oportunidad de destacarla como un claro antecedente del feminismo moderno.

Hemos observado cómo Tarabotti comienza postulando la igualdad entre varón y mujer a partir de sus características en común (libre albedrío y las tres facultades: intelecto, memoria y voluntad), para luego sostener la superioridad del género femenino en virtud del orden cronológico (última en la creación), el sitio (el Paraíso Terrenal) y la calidad del material (la costilla del primer hombre) a partir de la cual fue creada. Luego hemos tenido la oportunidad de analizar la valorización de Tarabotti respecto a la figura de Eva y cómo la primera mujer viene a representar el deseo de saber de todas las mujeres, en contra de la tradición canónica que privilegiaba la lectura de Eva como ingenua y culpable del pecado original y la pérdida de gracia de la humanidad.

El hecho de que utilice argumentos teológicos y la exégesis bíblica para sostener la paridad de género y criticar la práctica del monacato forzado también es algo a subrayar respecto a Tarabotti, y bien la puede hacer merecedora de anticipar, en líneas generales, la corriente de teología feminista de fines del siglo XIX y mitad del siglo XX39. En efecto, según Arcangela Tarabotti no hay que desechar o desautorizar la Palabra de Dios para enfrentarse a aquellos que la utilizan para denostar al género femenino, sino reinterpretarlo y utilizarlo en su contra.

Al imputar a los hombres de su época un crimen a la vez político y teológico, Tarabotti pone en cuestión los fundamentos más firmes que sostenían la realidad social de su época, pues se atrevió a dudar de la supuesta libertad de la que se jactaban ciudadanos y gobernantes de la serenissima república de Venecia. Por ello, el contra discurso que ofrece la escritora desde el convento benedictino resulta, como ha señalado Susanna Mantioni (2014: 300 y ss.), uno de los episodios de autoafirmación y resistencia frente al poder patriarcal más importantes de los albores del pensamiento feminista en la Modernidad.

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Agustín Gabriel Bianchi: Profesor Universitario de Educación Superior en Filosofía y Especialista en Filosofía Política por la Universidad Nacional de General Sarmiento. Actualmente se encuentra realizando el Doctorado en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires y es becario doctoral del CONICET. Su investigación se centra en las influencias neoplatónicas y herméticas de la antropología bruniana.

Publicaciones recientes: «El concepto de anima mundo en el Renacimiento: Nicolás de Cusa, Marsilio Ficino y Giordano Bruno» en la revista Ingenium (en prensa); «El tiempo en suspensión: aspectos teológico-filosóficos de la idea de שבת Shabat» en Revista Iberoamericana de Teología (2025); «Naturalismo, política y religión en Giordano Bruno» en Cuadernos de Filosofía. Revista del Instituto de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires (2023); «Una pensadora renacentista: Christine de Pizan y la construcción de un sujeto político femenino en La ciudad de las damas (1405)», en Juan Rearte y Guadalupe Marando (comp.); La lengua literaria como activismo político de las mujeres y las disidencias en la modernidad europea (2023); «Tullia d´Aragona: una lectura feminista avant la lettre del neoplatonismo renacentista» en la revista Cuadernos del Sur Filosofía (2023).

Líneas de investigación:

– Filosofía del Renacimiento y la temprana Modernidad.

Correo: agustinbianchi19@gmail.com


1. Tarabotti (1654: 63): «non danno per ispose à Giesù le più belle, e virtuose; mà le più sozze, e defformi, e se nella lor famiglia si rittrovano zoppe, gobbe, sciancate, ò scempie, quasi ch’il diffetto della natura, sia diffetto d’esse, vengono condennate à starsi prigione tutte il tepo della lor vita». Todas las traducciones de Tirannia paterna son de nuestra autoría.

2. Al respecto, comenta Santos Uriarte: «Quedó eternamente atrapada bajo los muros de un convento que le robó lo que ella más apreciaba: la libertad y la salvación» (2023: 51).

3. En su obra La semplicità ingannata, cuyo título original era Tirannia paterna, Tarabotti afirma que en las puertas de los conventos podría inscribirse aquello que Dante leyó antes de entrar al Infierno: «lasciate ogni speranza, voi ch´entrate» (Inf. 3.9). (Cfr. Tarabotti, 1654: 60).

4. En nuestro trabajo, decidimos utilizar este segundo título, que por otra parte es el que la autora pensó en un principio, debido a que según nuestro juicio se adecua más a la intención y la vehemencia con la cual la autora denuncia las injusticias de su tiempo.

5. En el marco de este artículo, entendemos por patriarcado tanto a la subordinación de lo femenino a lo masculino como también la estructura social, económica, política y cultural que sostiene este orden jerárquico entre lo masculino y lo femenino. Sobre este concepto véase el clásico estudio de Lerner (1986).

6. Hay traducción al castellano tanto de la obra de Francesco Buoninsegni de Siena como de la respuesta de Arcangela Tarabotti. Véase Tarabotti, 2013a.

7. Obra tarabottiana también traducida a nuestro idioma. Véase Tarabotti, 2013b.

8. Sobre el análisis de las demás obras de Tarabotti teniendo en cuenta la división expuesta en los párrafos anteriores, véase Mantioni (2014: 115 y ss.).

9. Tarabotti (1654: 44, 46-47): «Mà torniamo all´incominciato distorso. Com´è possible, ò ingannatori, che chiudate in seno un cuore cosi crudele, che soffra di tormentar il corpo delle vostre figliuole, che pur son vostre viscere, con perdita sorse della lor anima, la cui natura è tanto nobile, che per salvarne una sola se bisognasse, Christo di nuovo discenderebbe dal cielo in terra, e tornerebbe à partir morte di croce [...]

Parmi, quando veggio una di queste fuenturate fanciulle, cosi tradite da proprii genitori, di veder quello, ch’aviene all’augelletto , il quale nella sua pura simplicità là trà le frondi de gl´alberi , ò lungo le rive de’ fiumi, và con dolce sussurro , e con gentil’ armonia allettando l’orecchio , e consolando il cuore di chi l’ascolta, quand’ ecco viene da rete insidiosa allacciato, e privo della cara libertà. [...] e cosi sepelirle vive ne´chiostri, per tutta la lor vita, legate d´indissolubili nodi [...]».

10. En su crítica a estas prácticas, las mujeres con verdadera vocación para el monacato son excluidas e incluso elogiadas por la propia Arcangela: «Porto una santa invidia allo stato di quelle consacrate à Dio, che chiamate dalle divine inspirationi seguono la vocatione con tanti buoni essempii, & opere sante, [...] queste meritano di goder in cielo la virginal corona». [Tengo una santa envidia al estado de aquellas consagradas a Dios, llamadas por inspiración divina a seguir la vocación con tantos buenos ejemplos y santas obras, […] estas merecen gozar la virginal corona en el Cielo]. (Tarabotti, 1654: 58).

11. Quince de ellos agustinos, diez benedictinos, ocho franciscanos, dos dominicanos, uno carmelita y uno servita. Cfr. King, 1991: 83.

12. «Non poteva la malitia de gli huomini inventar la più enorme sceleratezza, che quella d´opponersi immediatamente alle determinationi di Dio, che dourebbero effer´irrefragabili, e pur eglino con attioni interessate non cessano giornalmente di violarle. Frà tali eccessi di colpe, tiene il primo luogo l´ardire di coloro, che non preguidicio del libero arbitrio de S.D.M. concesso, tanto a´i maschi, quanto alle femine, con pretesti in apparenza santi; mà in realtà maluagi, chiudono con inganno forzatamente frà quattro mura d´un Monastero le semplici donne, facendole in perpetuo habitatrici d´una prigione [...]».

13. «La stanza di queste infelici (parlo sempre delle involontarie monache) non si può paragonare (cosa in vero horribile da sentirsi; ma vera) che ad un´inferno. L´inferno solo hà similitudine con l´infelicità di queste sfortate serve di Christo».

14. Cfr. Tarabotti, 1654, 44-45: «Ustedes merecen los eternos tormentos más que Nerón y Diocleciano, los mayores tiranos del mundo. Porque ellos, masacrando y atormentando cruelmente los cuerpos de los santos mártires, no afectaron a tal punto sus almas» [Più de´ maggiori Tiranni del mondo, più dico de´ Neroni, e Diocletiani, voi meritate gli eterni cruccii, poich´essi, truccidando, e tormentando, crudelmente i corpi de´ santi martiri, non pregiudicavano loro punto nell´anima].

15. «Nelle perfettioni di questa gran fabrica, ò in questi cosi alti misterii, non trovo, che simbolicamente, ò realmente apparisca pur un´ombra sola, che da qual si voglia inteletto perspicace potesse esser´accennata per segno, che Dio havesse desiderio, che in questo mondo ci fossero monache sforzate, le quali sono effetti non d´altri, che della sola humana, anzi più tosto dishumana inventione».

16. «Insomma questa è un´empia, ingannevole, e malitiosa inventione de gli huomini, che non senza onta di Dio, il quale volle, che Adamo imponesse il nome à tutte le cose, assignarono il titolo di monache à queste infelici [...]».

17. Cfr. Tarabotti, 1654, 3: «Pero estos no sólo no lamentan este inconveniente [el encierro de sus hijas]; por el contrario, los más católicos y espirituales, o mejor dicho los más hipócritas, tienen como máxima ofrecer a Dios con injusto sacrificio aquellas criaturas para no degradar sus intereses». (Mà questi non solo non piangono tal´ inconveniente, anzi i più Catolici, ò spirituali, ò più tosto i più Ippocriti, per non degradar i loro interessi, hanno per massima d´offrire à Dio con ingiusto sacrificio quelle creature). Subrayado nuestro.

18. «Se nel sacramento del matrimonio, contratto nel Paradiso in istato d´innocenza, effequito e confirmato nelle persone di tanti Patriarchi, e Profeti, corroborato dall´assistenza di Christo & autenticato dall´essempio della medesima beatiβima Vergine, benche fuori della legge ordinaria, e senza offesa del suo candor virginale, con giuste cause si concede il divortio, e tutto che sia nodo cosi santo, e cosi stretto, può nondimeno in qualche maniera scioglersi, ò almeno per la morte d´una delle parti finire; perche denno esser condennate le monache con inappellabile decreto nel sacramento della loro proffessione, ad osservationi eternamente irrefragabili?».

19. «Anch´io però confesso, che l’esser idiota è qualità nostra propria, nella quale allevate viviamo, mercè le determinationi di voi altri huomini, che ne volete ignoranti in supremo grado Ma benissimo operate, secondo la vostra politica, in tenerci lontane dall’ operationi scientifiche dell’ intelletto, come quelli, che conoscendo, ch’agiunte le scienze alla naturale e spiritosa dispositione delle donne, arriverebbero ad usurparui gli honori, e guadagni, che con mezi illeciti acquistate, esercitando le professioni di jurisconsulto, ed’Avocato: funtioni, che se fossero praticate dalle femine con più giustitia, certo sariano decise le cause, & i clienti non rimarebbero spogliati da noi con tanta avaritia come sono da voi».

20. Sobre la medicina en la temprana Modernidad europea remitimos a Lindemann (1999).

21. «Iddio non dispensò à tutte una volontà, un desiderio, un fomite, perche se bene è invariabile in se stesso, & immutabile, si diletta nondimeno della varietà delle cose.
Diversi sono gl’humori peccanti, e se la machina di 
questo mondo fatta con tanta architetura, e magistero dall’ artifice eterno, non fosse piena di quasi infinite diversità; mà che tutte le cose fossero fra di loro simili, non riuscirebbe di tanta vaghezza à chi la mira, poiche, come dice il Poëta. Solo per variar natura è bella. Se tutte le humane creature, che sono d’una medesima sostanza, col prefisso numero di membra equali, fossero in tutto, e per tutto nella sembianza, grandezza, colori, proportioni, e bellezze simili, sarebbe rouinato il fondamento della maraviglia generata dall’ opere divine, e raggionevolmente potrebbessi tralasciar di dire. Quam mirabilia sunt opera tua Domine?». El Poeta citado podría tratarse de Serafino dell´Aquila (Aquilano), poeta petrarquista de finales del siglo XV.

22. «Solo la varietà, e dissimilitudine, tanto ne gl’huomini, quanto nelle inclinationi loro, nelle fiere, uccelli, pescipiante, fiori, e frutti genera stupore all’ humana intelligenza, e palesa à gl’ occhi nostri la divina omnipotenza: perche dunque vuoi tu contrafar’ all’ opere del giustissimo, con voler, che molte donne vivano tutte conformi nell’ habito, nell’ habitatione, nella mensa, & in ogni operatione; mentre il Sign. de’ Sign. mostra un miracolo della sua infinita sapienza nell’ haver create tutte le cose frà di loro dissimili? Perchè vuoi agiustare à tuo talento quei voleri, che la natura hà creati discordi? Questo è un voler’ alterar, e correger le operationi di chi non può errare».

23. «Fate guerra all’innocenti con le vostre tristitie, à pregiudicio delle vostre mal nate carni, che finalmente poi il tutto rissulterà per l’ inique anime vostre in incendii, e tormenti eterni».

24. Esta tríada entre intelecto, memoria y voluntad (intelligentia, memoria, voluntas) es de raigambre agustiniana y demuestra el amplio conocimiento tarabottiano del vocabulario filosófico medieval. Estas tres facultades son la imagen del misterio trinitario presente en el alma humana: por medio de ellos somos imagen de Dios y nos asemejamos a su naturaleza (Cfr. San Agustín, c. s. Arrian., XVI, 1990: 308-310). Para Agustín, estas tres facultades no son tres sustancias separadas, sino una única esencia inseparable en analogía con las personas de la Trinidad divina: un Dios, tres personas (Padre, Hijo, Espíritu Santo); un alma, tres facultades (intelecto, memoria y voluntad) (Cfr. San Agustín, trin. X, 11, 18, 1956: 605 y ss.). Es de destacar que, teniendo en cuenta este bagaje doctrinal agustiniano, Tarabotti haga explícito que tanto al varón como a la mujer les fuera concedido estas tres facultades que, juntas, hacen de ambos imagen completamente análoga de la naturaleza divina.

25. «Abuso grandissimo, errore inescusabile, rissolutione iniqua, temerità evidente, quando si vede chiaro, che quell´alta Providenza hà conceduto alla creatura, sia ò dell´uno, ò dell´altro Sesso, il libero arbitrio, e dottò non meno la donna, che l´huomo, d´intelleto, memoria, e volontà, acciò con queste trè potenze fuggisse il mal evitabile, e seguisse il ben´elegibile, non timor servile [...]».

26. Debemos señalar que el término original hebreo para «ayuda», עֵזֶר ʿēzer, aparece en otros lados en el texto bíblico, pero respecto del auxilio de Dios hacia el pueblo de Israel. Véase por ejemplo en Sal ١١٥: ٩ («Oh Israel, confía en Jehová; Él es tu ayuda y tu escudo») y en Os ١٣: ٩ («Te perdiste, oh Israel, más en mi está tu ayuda»), entre muchos otros lugares. En ambas citas, en la Vulgata se traduce el עֵזֶר ʿēzer por auxilium. Esto nos permite inferir que el análisis de Tarabotti se encuentra en lo correcto en la medida que brindar auxilium no implica necesariamente una condición ontológica menor respecto a quien lo recibe.

Otro término relacionado con adiutorium y auxilium es el de humilitas. Siguiendo a Magnavacca (2005: 332): “Los escolásticos, en general, la han entendido como la virtud que impide tender inmoderadamente a lo que está más allá de las solas fuerzas humanas. De este modo, implica de suyo la relación con Dios y el reconocimiento de la necesidad que de Él se tiene”. Así pues, la humilitas consiste en el reconocimiento de las propias debilidades y limitaciones y tiene, como contraparte, la condición de superbia u orgullo. En Tarabotti, la primera cualidad, en tanto virtud, es dada a la mujer: Eva es engañada por el demonio por su inocencia (semplicità). Mientras que la segunda, en tanto vicio, es dada al varón. Es, en todo caso, el pecado adámico, caracterizado por Tarabotti como temeridad audaz (temerità audace) y orgullo (superbia) (Cfr. Tarabotti, 1654: 30-31).

Muchas mujeres, a su vez, utilizaron la humilitas como estrategia para ingresar a los estamentos masculinos. Para aludir a solo un par de ejemplos, podemos mencionar a Hildegarda de Bingen y a Christine de Pizan. Para un análisis de estas dos cualidades (humildad y orgullo) en la construcción de la identidad religiosa femenina de los siglos XVII y XVIII, véase Guinot (2018).

27. Cfr. Tarabotti, 1654: 8: «Sin la mujer, él [el varón] habría sido el epígono de todas las imperfecciones; pensando [Dios] dijo: no es bueno que el hombre esté sólo; hagámosle una ayuda semejante a él. Y así quiso fabricarle aquella compañera, que debía enriquecerlo de méritos y ser la gloria universal de toda la humanidad.» (Senza la donna egli farebbe stato l’epilogo di tutte l’imperfettioni, pensando disse Non esse bonum hominem esse solum; faciamus ei adiutorium simile sibi. E cosi volle fabricargli quella compagna, che dovea arricchirlo di meriti & essere la gloria universale di tutta l´humanità).

28. «[...] Se t´è data come aiuto, non t´hà da servire per schiava, come ingiustamente vai sofisticando à tuo prò, & adducendo raggioni contrarie alla sacra Scrittura, & alle parole di chi non può mentire. Crescite, et multiplicamini, et replete terram, et dominamini piscibus maris, et volatilibus caeli, et universis animantibus, quae moventur super terram, disse il Creator del tutto, tanto all´huomo, quanta alla donna.

[...] Non disse ad Adamo, signoreggerai la donna».

29. Cfr. Tarabotti, 1654: 10: «Havendo l´omnipotente risservata nel fine di cosi bell´opra la creatione della donna, volle privilegiarla, autenticar le di lei gratie e rallegrar´ il mondo tutto col di lei splendore».

30. Cabe señalar que este mismo argumento aparece en el tratado De nobilitate et praeccellentia foemini sexus de Cornelius Agrippa, publicado en 1529: «Toda la sabiduría del creador y todo su poder fueron concluidos y consumados en la mujer, más allá de la cual no puede imaginarse ninguna otra criatura. […] Así, mientras se creaba el mundo, la mujer fue la última creación, pero la primera en autoridad y dignidad, conforme a la concepción de la mente divina» (2011: 79). Tenemos noticias de que Arcangela accedió a una traducción italiana de la obra de Agrippa (Cfr. Panizza, 2004: 16).

31. Tarabotti, 1654: 10: «Formò l´huomo, ch´è cosi superbo nel Campo Damasceno, d´una delle cui formò la donna nel Paradiso Terrestre». Un argumento similar ya se encontraba en La cité des dames (1405) de Christine de Pizan: «¡Cómo Naturaleza, discípula del Divino Maestro, iba a tener más poder que quien le confiere su autoridad! Dios tuvo en su pensamiento eterno la idea del hombre y de la mujer. Cuando quiso sacar a Adán del limo de la tierra en el campo de Damasco, así lo hizo y llevóle hasta el Paraíso Terrenal, que era y sigue siendo el sitio más hermoso de este mundo. Allí lo dejó dormido y formó el cuerpo de la mujer con una de sus costillas para significar que ella debía permanecer a su lado como su compañera, no estar a sus pies como una esclava, y que él habría de quererla como a su propia carne» (٢٠١٣: ٤٣). Es de remarcar el conocimiento que tenía Tarabotti de esta tradición, pues la localización del Paraíso Terrestre se encuentra en varias obras enciclopédicas medievales tales como Speculum historiale de Vincent de Beauvais (s. XII-XIII) y Legenda aurea de Jacobus de Voragine (s. XIII). Esta tradición es retomada también, entre otros, por Niccolò da Poggibonsi en el relato sobre su viaje a Tierra Santa en el Libro d’oltramare (1345), por Franco Sacchetti en su Sposizioni dei Vangeli (1378-1381), por Giovanni Boccaccio en su apartado dedicado a Eva en De mulieribus claris (c. 1361) y el propio Cornelius Agrippa en su ya citada obra de 1529. Estas dos últimas parecen ser las fuentes principales de nuestra autora respecto a la localización del Paraíso Terrenal.

32. Nuevamente, una posible fuente de este argumento se encontraría en Cornelius Agrippa: «Supera la mujer al varón por la materia de creación, porque no fue creada a partir de algún objeto inanimado o del vil lodo, como el hombre, sino a partir de una materia purificada, vivificante y animada, es decir, del alma racional que participa de la inteligencia divina. El varón fue hecho por Dios a partir de la tierra, que por su propia naturaleza produce los seres animados de cualquier género con la ayuda del influjo celeste. Por el contrario, la mujer fue creada por Dios solo, por encima de toda acción del cielo y de la naturaleza, sin que cooperara ninguna fuerza, concorde consigo misma en todo, íntegra y perfecta» (2011: 83).

33. «Da ciò, se non fossi femina, dedurrei argomento, che, e per la qualita della materia, di cui fù formata, e per riguardo del sito in cui fù creata, la donna sia più nobile, delicata, forte, e meritevole, che non è l´huomo».

34. Tarabotti no es la primera autora italiana en tratar la figura de Eva y las implicaciones de su pecado. La veronesa Isotta Nogarola había dedicado todo un diálogo al tema en 1451, defendiendo, al igual que nuestra escritora, que el pecado de Adán es más grave que el de la primera mujer (Cfr. Nogarola, 2013).

35. «Il supremo motore, che, giustissimo e perfetto in ogni sua operatione, non può errare; dopo il fallo del violato pomo, non chiamò prima la donna per riprenderla ò castigarla, come principalmente rea, e prima cagione del peccato; ma disse: Adam ubi es? Non per altra cagione che per publicarlo origine principale del nostro danno». Señalamos aquí que en varios de los fragmentos que citamos de Tarabotti, la autora veneciana demuestra conocer el vocabulario filosófico aristotélico-tomista de las causas para referirse a Dios. En la teología tarabottiana, Dios es entendido tanto como causa formal, final y eficiente. En los pasajes que elegimos para ilustrar el pensamiento de Tarabotti, Dios apareció como supremo motor del Universo, es decir, aquel que produce el movimiento o cambio. Asimismo, Dios se manifiesta como justísimo y perfecto en todas sus operaciones. En este sentido, Dios es el bien supremo, fuente y origen de todas las esencias y perfecciones de la creatura. Por último, nuestra autora también se refirió al Creador como un artesano o artifice eterno respecto de su obra (edificio [fabrica], máquina del mundo, arquitectura). Magnavacca señala, al respecto, que el término artifex durante el Renacimiento se comenzó a aplicar metafóricamente al Dios Creador (2005: 96). Todos estos sentidos se solapan en la teología tarabottiana. Otras referencias a Dios en Tirannia paterna son sommo fattore (1654: 5), facitore dell’universo (1654: 9), Benedetto Creatore (1654: 15), Celeste Creatore (1654:17) y eterno Benefattore (1654: 282).

36. Mientras que la proscripción de comer del árbol aparece en Gn 2:17, la creación de la mujer a partir de la costilla de Adán se relata en Gn 2:22.

37. Este mismo argumento aparece en De nobilitate et praeccellentia faemini sexus de Cornelius Agrippa: «la bendición le fue otorgada gracias a la mujer, en cambio, la ley, ley de ira y de maldición, gracias al varón. Al varón le había sido prohibido el fruto del árbol, no a la mujer, que todavía no había sido creada; en efecto, a ella Dios la quiso libre desde el principio. Por eso el varón pecó al comer, no la mujer; el varón causó la muerte, no la mujer. Y todos nosotros hemos pecado por Adán, no por Eva, y contraemos el pecado original no a partir de la primera mujer sino del primer varón». (٢٠١١: ١٠٤-١٠٥).

38. «Non con altri mezzi suggerì il serpente infernale ad Eva il cibarsi del vietato pomo, se non solo col suporle, che quel frutto fosse atto à far apprendere la sapienza. Eritis, le diss´egli, scientes bonum, et malum, e cosi ella per questa brama di sapere, non biasimeuole in chi si sia, compiacque al maledetto tentatore. Da ciò cavasi certo argomento, che le donne non siano cosi stollide, che non apprezzino l´intelligenza, come voi altri intendenti selvatici andate publicando. E se ben le infelici sono escluse dal poterle perfettamente apprendere, per la vostra temeraria tirannide, con che loro il dinegate: tengono elle però un continuo stimolo à fianchi, che le sprona al proffesso delle dottrine».

39. Sobre la teología feminista véase Gibellini (1998: 445-476).

Resumen

En esta lectura, su reinterpretación de la creación de la mujer y de la figura de Eva ocupan un lugar central y servirán como argumento en su defensa del sexo femenino in toto y, particularmente, en su condena del monacato forzado —práctica muy en boga en la Venecia del siglo XVII e, incluso, padecida por la misma autora—. En la interpretación tarabottiana la mujer aparece como más noble, refinada, fuerte y digna que el varón no solo por el modo en que fue creada, sino también por ser la causa de que el ser humano en general alcance la perfección. A su vez, en la visión de la monja veneciana la figura de Eva es valorada por representar la sed de conocimiento de todas las mujeres.

Palabras clave

ISSN: 1889-6855 ISSN-e: 1989-3787 DL.: PM 1131-2009

Asociación para la promoción de la Filosofía y la Cultura en Málaga (FICUM) y UMA Editorial

Tarabotti; Venecia; teología; protofeminismo; convento.

Abstract

Keywords

In this article I aim to analyse the particular reading of Genesis realized by Arcangela Tarabotti (1604-1652) in her most famous work, Tirannia paterna. In this reading, both her reinterpretation of the creation of woman and the figure of Eve occupy a central place and serve as arguments in her defence of the female sex in toto and, in particular, in her condemnation of forced enclosure a practice that was very fashionable in the 17th century´s Venice and even suffered by the author herself. In the Tarabottian interpretation, the woman appears more noble, refined, strong and dignified than the man not only because of the way she was created, but also because she is the reason why the human being as whole attains perfection. Likewise, in the vision of the Venetian nun, the figure of Eve is valued for representing the thirst for knowledge of all women.

Tarabotti; Venice; theology; protofeminism; convent.